domingo, 15 de noviembre de 2015

"¡Matadlos a todos! ¡Dios reconocerá a los suyos!"

Lo que pasó con una comunidad de europeos de la edad media que decidieron vivir en tolerancia y respeto: un estudio paralelo a raíz del viernes 13 francés. 

Por Freddy Ortiz Regis
“Todos los ríos van al mar, pero el mar no se llena.  Al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.  ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará, pues nada hay nuevo debajo del sol.” (Eclesiastés, 1:7, 9)


No es fácil procesar los recientes acontecimientos que han enlutado al pueblo francés. Debemos evitar llegar a conclusiones sesgadas, que no tengan en cuenta las complejas variables que se han entrecruzado en el origen de estos sangrientos episodios.
Una de las primeras cosas que hay que considerar es que en el problema se mezclan factores históricos, económicos, étnicos y religiosos, además de otros con menor incidencia.  Por lo que no resulta descabellado encontrar los orígenes de la confrontación entre el medio oriente y occidente en los albores del surgimiento de las naciones y de sus correspondientes marcos culturales y religiosos. Los descendientes de Abraham -que serían como las estrellas del cielo- al parecer no solamente han heredado la disponibilidad para disputarse entre sí el brillo en el firmamento sino también la hegemonía en la Tierra.
Las noticias de la matanza de París -que seguramente habrá de catalogarse como el 13-N- me llegaron cuando me encontraba en la mitad de la lectura de un hermoso libro titulado Los cátaros, la herejía perfecta. Esta obra -escrita en el año 2000 por el canadiense Stephen O'Shea- es la historia de una comunidad de creyentes cristianos que tuvo su apogeo en los siglos XII y XIII en la región conocida como el Languedoc que abarcó el sur de Europa y comprendió a parte de los territorios de las actuales España, Italia y Francia.


Las personas que vivían en esta región estaban unidas por las relaciones comerciales y sus diferencias religiosas habían pasado a un segundo lugar. Católicos, judíos y cátaros podían coexistir en paz en una región en donde la tolerancia era su hábitat. La religión católica había perdido influencia entre esas comunidades y, gracias a ello, habíase ido gestando un movimiento espiritual cátaro que desconocía la autoridad del papa romano y, en cuanto le resultaba posible, denunciaba pacíficamente no solo la inmoralidad en la que se encontraba sumida la curia católica sino también su vocación por lucrar con las creencias y los principios de la fe.
Stephen O'Shea, en un lenguaje claro y profundamente motivador, describe esta situación en los siguientes términos: “Radicales en sus creencias e impregnados de una profunda espiritualidad, los cátaros protagonizan un período de suma importancia para Occidente en la historia de las ideas. Estos rebeldes de la Edad Media calificaban de fraudulentos los poderes terrenales, rechazaban el materialismo, trataban a las mujeres en términos de igualdad, aceptaban la diferencia de credo, defendían el amor libre y afirmaban que el infierno no existía. Pero, sobre todo, los cátaros pusieron en entredicho la autoridad de la iglesia y su concepción del bien y del mal, provocando con ello que se tambaleara el sistema de valores impuesto. Ante la amenaza del catarismo, Inocencio III, apoyado por los señores feudales, promovió una serie de campañas bélicas que desde 1209 hasta 1229 realizaron con éxito una sangrienta misión: el exterminio del catarismo”.
Para alcanzar ese éxito, el papa Inocencio III, organizó una cruzada para exterminar a otros cristianos. Sí, aunque le parezca mentira, las cruzadas no solamente fueron empresas religioso-castrences dirigidas a acabar con los musulmanes que tenían retenidos los lugares sagrados del cristianismo en el medio oriente, sino, también, fueron organizadas –en sucesivas campañas a lo largo del siglo XIII- para exterminar a otros cristianos -los herejes- que no adoraban a Dios como lo había diseñado la curia romana.
Estas cruzadas contra los cátaros fueron de una crueldad inenarrable. Un cronista anónimo -citado por O’Shea- describe lo que era la constante después de vencer a las ciudades del Languedoc sitiadas por meses. Así, refiriéndose a la caída de Marmande (pág. 116) relata: “Pero crecieron el clamor y el griterío, los hombres entraban en la ciudad con el acero afilado; empezó el terror y la matanza. Señores, damas con sus hijos, hombres y mujeres desnudados, todos aquellos hombres acuchillados y hechos pedazos con espadas cortantes. Carne, sangre y sesos, torsos, miembros y rostros partidos en dos, pulmones, hígados e intestinos arrancados y arrojados a un lado yacían en campo abierto como si hubieran llovido del cielo. Pantanales y buenas tierras, todo era rojo sangre. No quedó con vida ningún hombre ni mujer, ni viejos ni jóvenes, ninguna criatura viva, a menos que hubieran logrado ocultarse. Marmande fue arrasada y pasto de las llamas.” (1)
Fue así -además de los infames suplicios y hogueras de la Santa Inquisición- como se exterminó a miles de personas que en esta zona de Europa habían desafiado el sistema impuesto por la Roma papal y optado por vivir su fe de manera personal, abierta y sincera. Sus posesiones fueron arrebatadas y los mercenarios, soldados, señores feudales y la iglesia incrementaron sus riquezas materiales e influencias de manera consistente e incontrastable.
¿Por qué se trae a colación esta terrible y conmovedora historia de los cátaros? El propósito es mover a la reflexión sobre las consecuencias de la intolerancia; y, además, al hecho de que detrás de toda intolerancia religiosa subyace la intolerancia económica, cultural o política.
El poder -sea éste norteamericano, ruso, europeo o asiático- nunca permitirá que existan personas o comunidades que desafíen sus sistemas y cosmovisiones de la realidad. América Latina y el Oriente Medio son zonas en disputa por las grandes potencias.  Para las potencias el bienestar y el avance de las democracias en A.L. y O.M. se interpretan al trasluz de sus intereses económico-políticos.
Cuando surgió la primavera árabe, es decir el despertar de los pueblos de los países musulmanes exigiendo libertades y la caída de sus regímenes despóticos, las potencias se mostraron imperturbables. La oleada democrática que comenzó a recorrer el Mediterráneo amenazando con alterar el statu quo en el O.M. fue vista “de lejos” por las potencias; pero apenas se advirtieron los primeros desniveles en esta competición por las supremacías (cuyo escenario abarca el conflicto árabe-israelí, la lucha contra Al Qaeda, las diferencias entre chiíes y uñes, el programa nuclear iraní o la dependencia mundial del petróleo extraído en la región), las potencias –la OTAN y Rusia- intervinieron de manera violenta, arrasando a sangre y fuego, pretendiendo inclinar la balanza de las luchas internas en el O.M. a su favor.
Los occidentales –entre los cuales nos incluimos los latinoamericanos- nos hemos sentido horrorizados por los sucesos del viernes 13 francés. Pero la historia -como lo acabamos de repasar en lo sucedido con los cátaros de la edad media- nos informa que la capacidad de los seres humanos para masacrarnos entre nosotros, a fin de mantener el statu quo del poder, no tiene límites; y que los hechos pueden volverse a repetir, en distintos escenarios, con banderas religiosas, políticas o nacionalistas diferentes, pero con una común vocación por la hegemonía y la intolerancia.
La respuesta de occidente al viernes 13 francés será una cruzada de bombardeos y ataques contra las posiciones de sus enemigos, en donde inevitablemente perderán la vida centenares y hasta miles de civiles que -como los civiles franceses asesinados en París- son ajenos a las movidas y a los intereses del poder. Con esto, el círculo vicioso del horror se consolidará aún más, por lo que es de prever un escenario de atentados y represalias aún más hostil y abarcante.
Como se puede ver, el panorama de nuestro mundo es muy complejo y nos mueve hacia el pesimismo. No es fácil desafiar el statu quo impuesto por el poder. Los pueblos del mundo pareciera que tienen por destino integrarse al sistema o morir en la lucha por la libertad. Cristo murió por resistirse al poder económico, político y religioso imperante en el mundo, pero nos ha abierto el camino para vivir en libertad, en verdad y en amor.
¿Hay una salida? Sí la hay: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33)
En la medida que vivamos a Cristo en nuestras vidas -sea que creamos en él o no, desde un plano religioso-, en la misma medida transformaremos las condiciones de nuestro hogar, del país y del mundo entero, por un lugar en donde sea posible el amarnos los unos a los otros como Dios verdaderamente nos ama.  




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(1) O' Shea (2000:11) narra que al preguntársele al obispo Amaury cómo reconocer en las poblaciones entre los que eran cátaros y quienes no lo eran, éste respondió: «Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos». El único lema del conflicto cátaro que ha pasado a la posteridad se atribuye a Arnaud Amaury, el monje que dirigió la cruzada de los cátaros (también llamados albigenses). Un cronista refirió que Arnaud dio su orden fuera de la ciudad comercial mediterránea de Béziers, el 22 de julio de 1209, cuando sus guerreros cruzados, a punto de tomar la población por asalto tras haber abierto brecha en sus defensas, se dirigieron a él en busca de consejo sobre cómo distinguir al católico creyente del cátaro hereje. Las sencillas instrucciones del monje fueron obedecidas, y todos sus habitantes —más o menos veinte mil— asesinados indiscriminadamente. La destrucción y el saqueo de Béziers convirtieron la población en la Guernica de la Edad Media.


lunes, 14 de septiembre de 2015

Y nos hicieron el avión... Memorias de más de un fracaso.

Por Freddy Ortiz Regis
Por más de una semana el Festival Aéreo se anunció en todos los medios. En las redes sociales la publicidad con diseños de los más modernos aviones de guerra, hacía volar, en el imaginario de todos, la idea de que el domingo 13 íbamos a ver uno de los espectáculos aéreos más grandiosos de los últimos tiempos.
Mi nieto y yo ya habíamos planificado todo. El domingo nos levantaríamos temprano, desayunaríamos y emprenderíamos el camino hacia Huanchaco, que está a solo 12 Km de la ciudad. Los días previos al domingo, el Festival Aéreo era el único tema de conversación, y conforme las horas nos acercaban al gran día, la excitación se hacía mayor no solo en los niños sino también entre todos los adultos que compartimos con ellos el mismo techo.
Hasta que el día llegó. Mi nieto, Juan Andrés, me despertó con un grito en la oreja. “¡Hermano Freddy, hermano Freddy, ya es el día de los aviones!”. Yo salté de mi cama y vi la mesa del desayuno lista, y me aseé lo más rápido que pude. Sí, había llegado el día. Todos en casa estábamos felices. Y yo, que el día anterior había pasado la tarde metido en la cama con fiebre de 39, me sentía lleno de energía. La gripe parecía que había cedido a la energía de la esperanza y la alegría.
Cuando terminamos de desayunar era las 9:20 a.m. El Festival Aéreo había sido anunciado para las 10:00 a.m. Así que como todas las personas que somos puntuales -y creemos que los demás también lo son- tomamos la decisión de viajar en taxi hasta Huanchaco a fin de llegar a la hora programada. El taxi nos dejó en la explanada de la iglesia de Huanchaco que está en la parte más alta de este hermoso balneario trujillano.

Templo católico de Huanchaco y su explanada

Cuando llegamos a la explanada de la iglesia era más o menos las 9:40 a.m. Ya había gente esperando el comienzo del Festival. El día estaba nublado y el clima era muy agradable en ese momento. El campanero no cesaba de llamar a la misa de las 10:00 a.m. y el cura lanzó una imprecación -que a mí me pareció una maldición-: “¡Primero es la misa, y después los aviones!”.
Yo estaba muy ansioso. Estar en ese lugar había activado muchos recuerdos hermosos de mi niñez. Hasta ese templo católico subía con mis hermanos y amigos no solo a escuchar la misa de los domingos sino también a dárnosla de valientes: El reto consistía en subir hasta el campanario al que se llegaba por una escalinata que tenía no más de un metro de ancho, y cuya construcción data de la edad media. La oscuridad era casi total pues solo había dos claraboyas pequeñas que se abrían en la pared dejando pasar un poco de la luz proveniente del exterior. El olor que impregnaba la excursión era uno que no lo he vuelto a percibir en ningún lugar del mundo por el que he recorrido: era un efluvio mezcla de piedra antigua, humedad, musgo, y huesos de cadáveres. Estábamos en la edad en que nuestras mentes creían en los fantasmas, y teníamos en nuestras cabecitas toda una colección de historias que no solo nos habían transmitido nuestros padres y abuelos sino que también las habíamos heredado de nuestra memoria genética. Por eso, al momento de subir, los más valientes ocupaban el primero y el último lugar en la fila. Y solo los extremadamente valientes, podían subir sin acompañamiento hasta el campanario y tocar la campana (entre éstos últimos estaba mi hermano Carlos).

Recorrido lleno de misterio que va al campanario del templo

En esos recuerdos me encontraba sumido, mientras pasaba el tiempo, y el Festival Aéreo no comenzaba. Era ya las 11:00 a.m. y entre la gente –que llegaba por oleadas- comenzó a notarse cierto descontento, que fue morigerado por la presencia de los infaltables vendedores ambulantes ofreciendo toda clase de mercancías apetecibles al gusto. Desde la explanada de la iglesia se veía todo el pueblo de Huanchaco, Las Lomas, el cerro Campana y todo el inmenso mar azul del Océano Pacífico. Del pueblo de barro, caña y quincha que había conocido en mi niñez solo quedaba el trazo de las calles, pues en su lugar se han levantado construcciones de material noble, y edificios que poco a poco están limitando la vista del mar desde esta altura del pueblo.
Nosotros nos habíamos ubicado en un lugar estratégico de la explanada de la iglesia. Mi Juan Andrés no cesaba de preguntarme por los aviones. De cuando en cuando se aparecía un hombre en parapente motorizado y, también, un helicóptero que sobrevolaba toda la playa y se adentraba en el pueblo hasta llegar a la altura del lugar en donde nos encontrábamos. Nosotros levantábamos los brazos impetuosamente pero no para saludarlos sino para decirles en el lenguaje del deseo y de la desesperación que por favor se iniciara el Festival Aéreo…


El autor de estas memorias con sus adorados Juan Andrés y Dulce María,
en la explanada del tempo católico de Huanchaco.
Cortesía de Juan Pablo Mora Quiroz

Una señora más o menos contemporánea conmigo, que había ido acompañada de sus hijos y sus nietecitos, me dijo que hasta ella estaba emocionada con el Festival pues esto nunca había ocurrido en nuestro medio. Yo le corregí su apreciación y le dije que en el año 1969 sí había habido un despliegue de naves de guerra en esta zona de Huanchaco:
­“Yo tenía 11 años de edad, señora, y recuerdo que estaba en la escuela, y era más o menos las 10 de la mañana… De pronto nuestras carpetas comenzaron a temblar y un rumor ensordecedor nos obligó a taparnos los oídos con las manos. En esa época la escuelita primaria ocupaba el local de madera que ahora es la biblioteca municipal. La escuela solo tenía dos entradas, una por la calle Libertad y la otra por la calle Larco. Yo me encontraba cursando el cuarto año de primaria y mi profesora, a la sazón, la Srta. Ponce de León, al escuchar el terrible rugir de los aviones que sobrevolaban el pueblo cometió la imprudencia de colocarse en la puerta que da a la calle para -ella sola- contemplar el espectáculo aéreo. Digo que cometió un error porque nuestra aula inmediatamente fue invadida por los alumnos de las otras secciones que tenían como único objetivo alcanzar la puerta que daba a la calle. Ella cometió entonces un segundo error: ofrecer resistencia a la salida de los alumnos, quienes, como una horda salvaje, arremetieron contra todo lo que ponía como un obstáculo en su camino. Los alumnos la sobrepasaron y ella cayó al suelo mientras los cientos de chicos -que por cierto no eran tan chicos, pues, entre los huanchaquenses de fines de la década de los 60, hacer la primaria entre los 13 y 17 años de edad, no era nada anormal- pasaban por su encima enceguecidos por el anhelo de llegar hasta donde se hacían las prácticas aéreas. Yo fui el último en salir y pude ayudar a la profesora a levantarse y sacudirse el polvo que habían dejado sobre sus vestidos los centenares de pisadas. Después de mirar sus ojos verdes encendidos por la furia y preguntarle si se encontraba bien, salí despavorido hacia la calle, sin esperar su respuesta, y seguí la ruta de todos los chicos de la escuela que se encaminaban hacia el acantilado llamado El Boquerón.
El espectáculo fue único. Decenas de aviones a propulsión -que en esa época se les llamaba “aviones a chorro”- sobrevolaban en cuadrillas excelentemente formadas y haciendo acrobacias que deleitaban nuestra imaginación de niños y adolescentes. Iban y venían, y lo hacían con tal velocidad que no sabíamos si se trababa de los mismos aviones o de otros que se unían a las prácticas. Pero esto no fue todo. De pronto, el cielo se ensombreció por la presencia de cientos de helicópteros que, en conjunto, hacían un ruido ensordecedor. Nosotros no salíamos de nuestro asombro. Por un momento pensamos que nuestro país había entrado en guerra y que en Huanchaco se iba a decidir nuestro destino… Por eso, cuando, de las decenas de helicópteros, que no dejaban pasar la luz del sol, comenzaron a descender centenares de paracaidistas, nuestra algarabía llegó al paroxismo. Cuando descendieron, nosotros corrimos hacia ellos y los recibimos con abrazos que luego recompensaron regalándonos enormes balas de metralla. Todo esto que le cuento, señora, me parece ahora un sueño. Para esa exhibición no se hizo ninguna publicidad. Todo ocurrió de un momento a otro. Yo creo que fue una práctica de sorpresa, pues, ahora se sabe que la junta militar del general Juan Velasco quería hacer la guerra a Chile y no convenía hacer mucha luz sobre nuestra fuerza aérea y de su capacidad de combate... Y ya se imaginará, señora, lo que nos pasó en la tarde al retornar a la escuela. Los cinco profesores -incluyendo al director- no se cansaron de dejarnos las manos ampolladas por los golpes de la palmeta. “La Pollo” que así le decíamos a nuestra profesora porque sus ojos no se diferenciaban casi en nada de los de esas aves, nos dio, además, una doble ración de castigos, que, felizmente, no pudieron borrar la inolvidable experiencia vivida en el acantilado de El Boquerón…”.

Paracaidistas

Y llegó el mediodía y nada… Justo en ese momento la nubosidad fue desplazada por los frescos vientos provenientes del mar y llevada a no sé dónde, dejando pasar los rayos inclementes de un sol al mediodía. La intensidad del sol hizo correr a todos nuestros vecinos que se marcharon en medio de maldiciones y expresiones de desasosiego y frustración. Juan Andrés y Dulce María -los más pequeñitos de nuestra familia- comenzaron ya a sufrir los efectos no solo del intenso calor sino también de la muchedumbre que interminablemente iba llegando hasta la explanada del templo y ocupando también -por miles- el acantilado de Huanchaco que va desde el cementerio hasta el cerro de La Virgen. Decidimos esperar media hora más, hasta las 12:30 m. Si el Festival Aéreo no comenzaba, simplemente bajaríamos a Huanchaco a almorzar y luego retornaríamos a Trujillo.
Y las 12:30 m llegó, y entonces, más tristes que malhumorados porque nuestros pequeños se sentían profundamente defraudados, comenzamos a bajar la escalinata de piedra que nos lleva hasta el pueblo. Cuando llegamos al pueblo no podíamos creer lo que veían nuestros ojos. Miles de trujillanos -yo diría sin temor a equivocarme que eran unas 200 mil personas- se aglomeraban a lo largo de todo el malecón de la playa, esperanzados en ver un espectáculo fuera de lo ordinario.
Entramos a muchos restaurantes y no pudimos encontrar una sola mesa disponible para poder almorzar. El servicio público de transporte estaba colapsado. No nos quedaba otra cosa que retornar a Trujillo, pero encontrar un vehículo que nos llevara a la ciudad era casi imposible. Caminamos entre la gente que se agolpaba confusa y expectante. El hambre comenzaba a hacer sentir sus exigencias. Parecíamos refugiados de guerra que no sabíamos a dónde ir. Después de caminar por casi cuarenta y cinco minutos tratando de que alguien nos llevara a Trujillo, por fin encontramos un taxi, al que tuvimos que pagar -sin chistar- lo que se le antojó cobrarnos. Salir de Huanchaco, de la frustración, de la cólera, del calor y de la tristeza que nos ocasionaba que no solo nosotros sino también nuestros niños hayamos sido engañados, ¡no tenía precio!
Cuando subimos al taxi vimos en el cielo tres avionetas obsoletas que hacían acrobacias, y cautivaron la atención de Juan Andrés y Dulce María. Salir solamente de Huanchaco nos llevó casi quince minutos. A la izquierda, al otro lado de la autopista, una procesión de miles de automóviles, avanzaba lenta y penosamente, en dirección del lugar del que nosotros -prácticamente- huíamos. Y si no fuera porque el conductor del taxi -un hombre jovial y con apariencia de buena persona- tuvo la inteligencia de tomar la vía de evitamiento que pasa por Buenos Aires, llegar a Trujillo hubiera sido un viaje más largo y extenuante.
En el trayecto, mientras mis familiares conversaban, lamentando la burla a que habían sometido los organizadores (1) a miles de trujillanos con una publicidad engañosa, yo, en el lugar del copiloto, iba meditando y recordando un acontecimiento similar que me ocurrió hace ya algunos años, cuando apenas tenía 22, trabajaba en radio Star como director del radionoticiero y, además, pertenecía a una organización paraeclesiástica denominada La cruzada estudiantil y profesional para Cristo.
Eran los años de mi primer amor con Jesucristo, y los jóvenes que conformábamos La Cruzada (Filial de Trujillo), siempre estábamos pendientes de llevar el mensaje de salvación empleando los medios de comunicación. Uno de estos medios era la proyección de la película Jesús. Contábamos con dos modernos equipos de proyección, y, en grupos pequeños, solíamos dirigirnos a distintas zonas del país para proyectar la película, sensibilizar el corazón de todos quienes la veían ya sea al aire libre o en espacios cerrados, y luego presentar las Cuatro leyes espirituales para que aceptasen a Cristo como el Señor y el Salvador personal de nuestras vidas.
Un día, que nos encontrábamos sumidos en planes para hacer llegar la película a más personas, se nos ocurrió presentarla en el coliseo Gran Chimú de nuestra ciudad. La idea fue tan buena que nadie puso resistencia. Había que preparar una buena estrategia de publicidad y el resto era cosa de nosotros y de Dios. Como yo trabajaba en la radio, consideraron conveniente hacer un spot de publicidad a fin de promocionar la presentación de la película Jesús en el grandioso coliseo Gran Chimú.

Foto del ala este del coliseo Gran Chimú de Trujillo.
Cortesía de Cesar Alvarado Sam.


En la radio no me pusieron ningún inconveniente, y con la ayuda de Fernando Ivamache que era el jefe de audiciones y el visto bueno de la gerencia, el spot se hizo y se comenzó a propalar en radio Star, en esa época bajo la dirección de Julio Osmer. Mientras tanto, los amigos de La Cruzada, viendo que la cosa iba en serio y que en la radio de mayor sintonía en la ciudad no se paraba de anunciar “la proyección de la película Jesús en pantalla gigante”, redoblaron sus esfuerzos para que el evento sea todo un éxito. Se sacó la licencia municipal, se mandó hacer cientos de volantes, y se comenzó a confeccionar lo que sería el ecran para la proyección de la película. A decir verdad, éste fue el único escollo que encontramos: No había en todo Trujillo un ecran de tal envergadura que pudiera ser empleado en el interior del coliseo, que tiene una capacidad para doce mil personas y un área que bordea aproximadamente los 22 mil metros cuadrados. La única salida a este problema era construir un ecran uniendo sábanas blancas. No recuerdo cómo fue que nos agenciamos de las sábanas, pero una a una fueron llegando y, al mismo tiempo, con ayuda de las chicas, cosiendo, hasta formar un ecran que para nosotros era gigantesco.
Y llegó el día esperado. La proyección se había anunciado para las tres de la tarde. Ese día nos levantamos muy temprano. Nos reunimos en La Cruzada (en su local de la urbanización San Andrés) y pasamos la mañana organizándonos y en oración, para que todo salga bien. Después de almorzar llevamos los equipos al coliseo, así como también muchas cajas con biblias y folletos de La Cruzada. En un automóvil aparte llevamos el ecran, pulcramente enrollado y sobre el cual se iba a proyectar la película.
Era casi como las dos de la tarde cuando comenzamos a instalar los equipos de sonido y de proyección. En las puertas norte y sur la gente ya estaba esperando que se abriera el coliseo para entrar. Miles de padres de familia con sus hijos estaban ansiosos por ingresar y ver la película Jesús en pantalla gigante.
Extendimos el ecran sobre la división que separa el mezanine de la tribuna oeste, y todos nos sentimos estremecidos por una misma sensación: El ecran, en el contexto del coliseo, era una cosa insignificante… Era como si en un restaurante de 50 metros de largo hubieran puesto un TV de 14 pulgadas para ver un partido de fútbol.
Bajamos hasta la platea y la sensación de pequeñez del ecran se incrementó aún más. “¡Dios mío -nos dijimos- esto no es una pantalla gigante!”. Estábamos muy asustados y nuestro miedo se incrementó aún más cuando las puertas del coliseo se abrieron y la gente comenzó a entrar alegremente, tratando de encontrar la mejor ubicación. En menos de 40 minutos el coliseo tenía dentro de sí aproximadamente seis mil almas. Las puertas se tuvieron que cerrar pues solo se habilitó el ala este del coliseo, y muchos quedaron fuera.
Oramos y encendimos el proyector. La imagen y el sonido eran realmente ridículos ante la inmensidad del coliseo y el número de gente. No pasó ni veinte minutos y la gente comenzó a abandonar, frustrada, el coliseo. Los niños se aburrían y lloraban, y la gente nos miraba y rechinaba sus dientes contra nosotros. Cuando terminó la función, solamente los amigos de La Cruzada estábamos en el coliseo, conjuntamente con el personal encargado de la seguridad. Para nosotros fue un amargo fracaso. Se nos había abierto todas las puertas pero fallamos por un error de interpretación. Aunque nadie se fue sin llevar un Nuevo Testamento en la mano, esa experiencia quedó grabada en mi mente como un vívido ejemplo de cómo un error de cálculo, de contexto y de apreciación puede hacer la diferencia entre el éxito y el fracaso, aun en las cosas de Dios.
La Municipalidad de Trujillo y la Fuerza Aérea no han dado aún una explicación de este tremendo fracaso y de la burla y los riesgos a que ha sido sometida la población de Trujillo el 13 de setiembre de 2015. No quisiera pensar que hubo mala fe desde el principio y que se dio una publicidad engañosa solo para favorecer otras actividades que también estaban programadas ese día en Huanchaco. No quiero pensar eso porque -por experiencia propia- ahora sé que muchas veces no se desea quedar mal con nadie y que basta un error -solo un error de apreciación- para llevarnos al abismo.
Hoy en la mañana, antes de salir a la oficina, y de terminar de escribir estas breves memorias, le pregunté a mi Juan Andrés qué le había parecido la exhibición aérea del domingo, y me respondió:
-¡Lindo hermano Freddy, muy lindo, muchas gracias!
Yo dí gracias a Dios porque con estas palabras venidas de unos labios inocentes pude recién comprender que a pesar de nuestro fracaso en el Coliseo Gran Chimú, muchos habrán llegado a conocer a Cristo por medio de las publicaciones que, al menos, supimos poner en sus manos.


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(1) La Municipalidad Provincial de Trujillo y la Fuerza Aérea del Perú. 

sábado, 16 de mayo de 2015

Kazajtán (Memorias)

Memorias de mi estancia en la república de Kazajtán con la brigada de trabajo de la universidad Drushba Naródav de Moscú.

Por Freddy Ortiz Regis                                                                   PDF download




Cuando llegué a Moscú lo primero que tuve que enfrentar fue la famosa “cuarentena”. Como los astronautas recién llegados a la Tierra tienen que pasar un período de aislamiento, así también el grupo de peruanos que en 1979 llegamos a la capital de la entonces URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), tuvimos que afrontar un período de encierro en el pabellón de los recién llegados.
Eso nadie me lo había dicho, así que para mí fue una sorpresa; aunque tal vez algunos de mis compatriotas que llegaban por el partido comunista ya sabían cómo era la cosa.
Era de noche y estaba muy cansado. Veintiséis horas de vuelo, desde Lima, más el cambio de horario (nueve horas de diferencia), habían hecho mella en mi organismo. Después de que se nos asignaron las habitaciones en donde íbamos a pasar la cuarentena (que implicaba no salir a la calle por dos semanas) pasamos a un gran comedor ampliamente iluminado y con muchas mesas pulcramente arregladas para la cena.
Era aproximadamente las 11 de la noche. Para llegar al comedor pasamos por un sala de estar en donde había un televisor de veinticuatro pulgadas transmitiendo, en un idioma aún completamente ininteligible para nosotros, las noticias de la hora. Muchos de los latinos al ver el televisor no pudimos dejar de sobrecogernos: ¡era la primera vez que veíamos una TV a color!
Mi primera noche en Moscú fue una noche llena de excitación. Todo mi ser me revelaba que había llegado a un mundo nuevo. Sentimientos encontrados se agitaban en mi corazón: estaba a millones de kilómetros de mi casa y al mismo tiempo mi alma estaba ansiosa por conocer muchas cosas nuevas e interesantes.
No recuerdo qué cenamos en nuestra primera noche moscovita… El tiempo ha hecho estragos en mi memoria; pero lo que no se borró de mi mente, y ha soportado el paso del tiempo, fue el postre: un preparado a base de leche que en Rusia es la estrella de la gastronomía y que ellos llaman kefir 


Delicioso kefir ruso

La palabra kefir proviene de un vocablo turco que tiene varios significados. Puede ser “placer” o “salud”. Pero lo cierto es que todos los estudiantes extranjeros que habíamos llegado esa noche a la universidad, rechazamos el famoso kefir. Los rusos y los estudiantes antiguos que nos atendían se reían de nuestra reacción ante el kefir. “Con el tiempo van a amar el kefir”, nos decían con un aire de conmiseración.
Y no se equivocaron. Entre las razones más poderosas que me harían retornar a Rusia ―además de visitar las ciudades de Alma Atá y San Petersburgo, y abrazar a algunos amigos que dejé― está el volver a paladear el incomparable sabor del kefir.


Parte I: El lago



Las dos semanas de la “cuarentena” pasaron lentas, muy lentas. Exámenes médicos y sesiones de preparación para la vida universitaria ocuparon la mayor parte de nuestro tiempo. Ver la televisión a color estuvo entre las cosas que nos aliviaron el tedio y el anhelo de libertad. Aunque no entendíamos aún el idioma ruso, nos deleitábamos en las hermosas imágenes en color que la TV moscovita transmitía ininterrumpidamente. Cuando terminó la cuarentena, lo primero que se nos vino a la mente, fue visitar la Plaza Roja y la urna de Lenin, que se encontraba en el centro de la plaza y a un costado de los muros del Kremlin.


Histórica Plaza Roja de Moscú



Lenin embalsamado


Pronto, el mes de setiembre terminaba y el otoño cedía el paso al invierno con sus primeras nevadas. Coincidentemente también comenzaron los estudios generales y de idioma ruso en la universidad. Los sucesos de mi primer año en la facultad de estudios generales de la Universidad Drushba Naródav (Universidad de la Amistad de los Pueblos) serán motivo de la redacción de otras memorias, en las que describiré ―hasta donde mi memoria me lo permita― los momentos más impactantes de las alegrías y tristezas que hicieron de este tiempo inicial en Moscú un etapa crucial de mi existencia.



Universidad Drushba Naródav de Moscú


Mientras tanto describiré en estas memorias mi viaje a la república de Kazajtán al inicio del verano y término del primer año de los estudios generales.
El invierno nos había golpeado duramente ese año. Como nunca la temperatura alcanzó niveles que llegaron a -25 °C. Había sido un año muy intenso, dominado por emociones y experiencias completamente nuevas. Entre ellas el aprendizaje del idioma ruso, el adaptarnos a un clima de estaciones extremas y lidiar con la nostalgia de la patria, la familia y los amigos.
Cuando terminó el invierno y el verano volvía a calentar la ciudad, yo estaba feliz porque había culminado satisfactoriamente el primer año de estudios generales y me había ganado el derecho de alistarme en una brigada para trabajar fuera de la ciudad de Moscú.
La paga no era mala. En dos meses de trabajo recibiría lo que el gobierno ruso me daba como estipendio en medio año. Había brigadas para trabajar en el norte de Rusia, en el Mar Negro, en la región de los Urales, en el mismo Moscú, y en Kazajtán. Elegí este último porque había cupo solo para tres latinos, y los tres éramos peruanos.
Mi madre me escribía cartas dándome todas las indicaciones para pasar los peligros y no cometer imprudencias. Ahora que ya no la tengo físicamente, cuánto daría por volver a leer esas cartas, pero conjuntamente con fotos y otros souvenirs que guardaba celosamente como amuletos de mi destino, me fueron robados durante mi trayectoria por Europa occidental, luego de abandonar Rusia.
Y el día llegó. A las diez de la mañana estaba puntual en el aeropuerto de Sheremétievo la brigada que se dirigía a Alma Atá, la ―en ese entonces― capital de la república de Kazajtán. El calor era abrumador, pero ahí estaba el grupo conformado por aproximadamente treinta y cinco personas, entre ellas estudiantes rusos, asiáticos, africanos y latinos. Había en el grupo solo dos mujeres de nacionalidad rusa. Los latinos eran tres peruanos: Walter, Oswaldo y yo. Walter era de Lima, Oswaldo del Cusco y, yo, de Trujillo.
De los rusos no conocía a ninguno de ellos. Los estudiantes rusos que habían llevado conmigo los estudios generales o compartido la habitación habíanse alistado en otras brigadas. De los asiáticos solo conocía a un nepalés con el que no me llevaba muy bien (era mi vecino de habitación y siempre andaba refunfuñando). Y de los africanos también solo conocía a uno, que había sido mi compañero de aula, de nombre O’Kocha. Este africano (procedente de Lesoto) era de un hermoso carácter. Siempre tenía una sonrisa en los labios. Alto -aprox. 1.80 m- y de buen parecer, hablaba el ruso con gran fluidez, mejor que nosotros los latinos. Después me enteré que su papá era el ministro de economía de su país.
De las aproximadamente treinta y cinco personas que componían la brigada de Kazajtán, algo así como diecisiete eran rusos. Ellos tenían los cargos de mando y sus edades fluctuaban entre los 18 y 22 años. Solo dos de ellos, el capitán y su lugarteniente, aparentaban tener unos cuarenta años. Todos ellos procedían del servicio militar y habían ganado su derecho a estudiar en la Drushba Naródav gracias a su disciplina, inteligencia e integración con los principios del marxismo-leninismo. Así que ya podrán imaginarse, mis queridos lectores, cómo habría de ser el carácter y el talante que estos jóvenes imprimirían a nuestra brigada de trabajo en las lejanas tierras kazajas.
Cuando subimos al avión (era la segunda vez que subía a un avión en mi vida) todos nos sentamos agrupados por nacionalidades. El avión distaba en mucho del que nos había llevado desde Lima hasta Moscú. Éste no tenía las dimensiones de un avión intercontinental y no era a reacción sino que funcionaba con motores de hélices, las que se podían ver rotar vertiginosamente solo asomándose por alguna de las ventanas.
Walter, Oswaldo y yo cruzamos miradas ansiosas y, de pronto, ya estábamos cruzando los cielos de la URSS rumbo a la república de Kazajtán. El viaje fue algo accidentado. Un avión de hélices no es lo mismo que uno a reacción. Fueron más de tres horas de un viaje cargado de sobresaltos pues la ruta que une Moscú con Alma Atá era una ruta caracterizada por la presencia de grandes zonas de turbulencias que hacían que la nave se sobresaltara de una manera que a todos nos mantenía en vilo; con excepción de los rusos que parecían disfrutar no solo de las bruscas subidas y bajadas de la nave sino también de nuestra mal disimulada angustia. O’Kocha, esta vez no reía sino que murmuraba algo entre sus labios que parecía más una plegaria.
Cuando llegamos al aeropuerto de Alma Atá nos esperaba un ómnibus que nos llevó hasta la estación del tren. Era casi las dos de la tarde cuando llegamos a la estación y almorzamos ahí muy rápidamente. A las tres de la tarde estábamos todos instalados en el tren. Era la segunda vez que viajaba en tren. La primera vez fue apenas terminando la secundaria cuando ―acompañado de mis amigos de la promoción― viajé al sur del Perú y recorrí en tren la dura y gélida ruta que une Arequipa con Puno, y a éste con el Cusco.
Cuando el tren comenzó a andar me invadió una profunda nostalgia, de aquellas que hacen la diferencia entre viajar en tren y en avión. El sonido profundo y aherrumbrado de las ruedas sobre los rieles y el desplazamiento inicial lento, casi acompasado con el ocultamiento del sol en el horizonte, hicieron que mi alma se sintiera, de pronto, dominada por un extraño sentimiento que era mezcla de congoja y bienaventuranza.
Y ahí estábamos los tres peruanos nuevamente juntos, compartiendo los asientos del tren y cada quien viviendo a su modo esta nueva aventura. Con ninguno de los dos me unía una estrecha amistad. Tampoco habíamos compartido aulas en los estudios generales. Walter era de Lima y había dejado la UNI (Universidad Nacional de Ingeniería) para postular a una beca en Moscú. Era de aspecto trigueño y de extracción más bien humilde. Cuando hablaba parecía que daba órdenes y se esforzaba por aparentar una dureza que en el fondo no tenía. Oswaldo era del Cusco y después de los estudios generales había decidido estudiar física; apenas tenía 17 años y su rostro cetrino y afilado era el típico de un indígena adolescente. Siempre estaba sonriente y era dado a poner apodos y hacer bromas, algunas no siempre de buen gusto.
Durante el viaje ―que nos llevaría a una ciudad cercana al pueblo en donde íbamos a trabajar y en el cual estaba instalado nuestro cuartel general (láguerie, en ruso)―, los tres conversábamos acerca de nuestros orígenes ―tratando, cada uno, de expresar lo mejor de sí mismo―, de nuestros sueños, de las razones por las que decidimos venir a Rusia y qué era lo que esperábamos del futuro.
La noche había caído ya y el sueño no nos era propicio. Hacíamos tiempo caminando por los vagones, mirando a la gente que viajaba en el tren, todos de rasgos asiáticos y que hablaban en una lengua que no era el ruso sino el kazajo. La gente, conformada por hombres rudos, mujeres de aspecto sumiso y niños, también nos observaba, pero ninguno se atrevió a dirigirnos una sola palabra, a pesar de que también hablaban el ruso.
Cuando era aproximadamente las cuatro de la madrugada el tren se detuvo y estuvo así casi una hora. Los compañeros rusos de la brigada nos informaron que se había producido una falla, que no nos preocupáramos, y que llegaríamos bien a la ciudad cuyo nombre se me ha olvidado por completo.
En el ínterin de la falla del tren, bajamos de éste para respirar el freso aire de la noche. Frente a nuestro tren estaba la otra vía férrea de retorno. Nunca olvidaré que mientras estábamos ahí, mirando las estrellas y riéndonos de alguna ocurrencia de Oswaldo, de pronto vimos venir, por la vía de retorno, otro tren, con dirección a Alma Atá. Digo nunca lo olvidaré porque jamás había visto en mi vida un tren de tan descomunal longitud. No alcancé a terminar de contar el número de vagones, pero calculé que demoró en pasar delante de nosotros como unos diez minutos.
― ¡Ah burro tren! ―exclamamos los tres.
Cuando el tren terminó de pasar, en mi mente quedó bien claro que estábamos no en cualquier país sino en una potencia mundial capaz de transportar tan gigantesca producción.
 Pronto tuvimos que subir al tren y el aire fresco de la noche nos estimuló el sueño. Cuando despertamos el paisaje de la estepa se abría aún infinito ante nuestros ojos. Pero ya no faltaba mucho. En breve llegaríamos a la ciudad y de ahí hasta Raievka (que en ruso significa Paraíso), que era nuestro destino final.




Raievka



Estepa y bosques de Raievka


Casas de Raievka


Cuando llegamos a la ciudad abordamos un bus de regular tamaño. Nuevamente la estepa se abrió ante nosotros y el calor se hacía insoportable. Era como las dos de la tarde. En el trayecto, casi ya llegando a Raievka, divisamos un pequeño lago, y Walter, Oswaldo y yo cruzamos miradas cómplices.
Cuando llegamos a Raievka el bus cruzó el pequeño pueblo rural y se dirigió a un edificio de madera, de un solo piso, que era nuestro cuartel general y que se encontraba como a unos cien metros del pueblo: era el láguerie.
Algo que llamó mi atención fue que cuando cruzamos el pueblo, no vi a nadie. Y a no ser porque no se advertía descuido ni falta de limpieza, cualquiera hubiera juzgado que se trataba de un pueblo fantasma. Yo me imaginaba un comité de recepción esperándonos, pero cuando llegamos al láguerie, y descargamos nuestro equipaje, nadie del pueblo se apareció para darnos, al menos, la bienvenida.
El láguerie, como ya lo dije antes, era de madera. Estaba conformado por tres estructuras separadas apenas por algunos metros de distancia haciendo un área total aproximada de 600 m2. En la primera estaban las habitaciones que debían compartir cuatro estudiantes, como lo era en la universidad. La segunda estructura era un amplio comedor que contenía dos grandes mesas en forma de L con capacidad ―cada una― para aproximadamente 50 personas cómodamente sentadas; y también albergaba la cocina. Y la tercera estructura estaba conformada por dos duchas que recibían el agua que caía proveniente de un cilindro colocado a unos siete metros de altura; también estaban en esta estructura los lavatorios y retretes, sin puertas ni separaciones, de modo que quien tuviera algún sentido de la privacidad, en este lugar estaba destinado a olvidarse de él.
Después que nos instalamos en las habitaciones (los tres peruanos fuimos colocados en habitaciones distintas), el comandante, cuyo nombre era Dimitri, nos reunió a todos en el centro del láguerie para darnos la bienvenida a Raievka y, también, un asueto de una hora para organizar nuestras cosas y asearnos. Después de ese tiempo nos reuniríamos en el comedor para tomar un refrigerio. El sol no amainaba sus rayos, y caía sobre el centro del láguerie con una furia indomable. En el centro del láguerie había dos astas de aproximadamente unos veinte metros de altura, de metal, en las que no flameaba bandera alguna.
Después de romper filas, los brigadistas se juntaron cada quien con los de su nacionalidad para llevar a cabo la orden del comandante.
Cuando Walter, Oswaldo y yo nos juntamos otra vez, estábamos algo mortificados porque nos habían separado, pues teníamos la ilusión que compartiríamos la misma habitación. Y después de rumiar nuestra amargura, pusimos en marcha lo que ―en el bus que nos tría a Raievka― habíamos secretamente decidido hacer: ir al lago que habíamos visto a unos aproximadamente 500 metros del láguerie.
Salimos del láguerie con toda naturalidad pues nadie se había percatado de nosotros. Caminamos por aproximadamente unos veinte minutos por un sendero de tierra apisonada que estábamos seguros conducía hacia el lago. Y no nos habíamos equivocado: frente a nosotros estaba ese inmenso lago invitándonos a entrar en sus aguas. Sudorosos pero entusiasmados nos quitamos la ropa en menos de dos minutos y nos lanzamos a las aguas que de cristalinas no tenían nada.
Ahora, que han pasado todos estos años de los sucesos que narro en medio de sentimientos encontrados, caigo en la cuenta de que éramos como niños, incapaces de medir el riesgo y el peligro. Apenas habíamos llegado a ese lugar extraño y no sabíamos nada de ese lugar. ¿Qué si era un lago donde se depositaban residuos venenosos? ¿Qué si en ese lago había una fauna peligrosa para la población? En nada de esto pensamos. Nos arrojamos a sus aguas que tenían a pesar del calor reinante― una temperatura muy agradable, y retozamos como críos halándonos de las piernas y los brazos, chapoteando con el agua y zambulléndonos infinitamente en medio de risas y gritos de alegría. ¿Cuánto tiempo pasó? No lo sé. Nos olvidamos completamente del tiempo. Y no fue sino hasta cuando escuchamos el frenético claxon de un jeep que se dirigía hasta nosotros que reparamos que el tiempo existía y que, además, algo malo iba a sucedernos.
Salimos del lago y nos dirigimos hacia donde habíamos dejado nuestras ropas. Nos vestimos rápidamente pero el jeep, en el que había tres brigadistas rusos, ya había llegado hasta nosotros. De ahí bajó el lugarteniente, un hombre entrando ya en la edad madura, de ojos verdes y cabellos rubios que le caían sobre los hombros, y cuyo nombre era Misha. Su mirada no estaba dominada por la ira sino por la incredulidad. Yo lo observaba y adivinaba que no creía que esto estaba realmente sucediendo. Walter y Oswaldo, como yo, estábamos paralizados de temor.
― ¿Pero qué %$*#& hacen aquí? ― Nos espetó con su voz que no parecía de un hombre maduro sino la de un adolescente afónico.
Nosotros no sabíamos qué decir. Hubo un momento de silencio que pareció una eternidad. Y nuevamente el lugarteniente volvió a preguntar:
― ¿Por qué están aquí sin permiso? ¿Quién les ha autorizado venir aquí?
Walter y yo nos habíamos quedado mudos como peces, pero Oswaldo ―en un gesto que hasta ahora me causa admiración― sonrió nerviosamente, y abriendo su boca dijo:
― Es que el comandante ha dicho que podemos asearnos, y por eso hemos venido hasta el lago…
El rostro del lugarteniente , al escuchar las palabras de Oswaldo y ver su rostro de niño inocente que a la sazón había puesto, se relajó y, señalando hacia el jeep, nos pidió que nos acomodáramos en la parte trasera del vehículo.
Mi cabeza estallaba en pensamientos trágicos. ¿Qué nos podría pasar? Los tres peruanos nos mirábamos silenciosamente mientras el jeep avanzaba rápidamente hacia el láguerie. Mi mente no tenía otro pensamiento que el rostro ceñudo y agrio de Dimitri, el comandante. Éste era un hombre parco, y las pocas veces que le había oído hablar sus palabras se escuchaban amargadas y carentes de alguna pizca de alegría o entusiasmo. Parecía tener más de cincuenta años, pero no podía tener esa edad… Sus cabellos eran rubios, y al igual que Misha ―su lugarteniente― también le caían sobre los hombros. Eran el más alto de todos los que conformábamos la brigada universitaria. Sus ojos azules, cuando se posaban sobre los de otra persona, parecían anhelar penetrar hasta en lo más íntimo de las vidas. “¿Qué nos habría de decir, ahora, el comandante?”, era la pregunta que taladraba en mi mente.
No voy a reproducir el recibimiento que nos dio el comandante apenas llegamos al láguerie. Cuando nos vio llegar se acercó rápidamente hacia nosotros y nos invitó a pasar a su habitación. Ahí se desahogó de toda la tensión que había acumulado desde que salimos de Moscú y llegamos a Raievka. Después de cada invectiva que nos lanzaba se afilaba los bigotes rubios y largos que acrecentaban el aire de respeto y sapiencia que se desprendía de su rostro.
― ¡Que esto nunca más vuelva a repetirse! ― cerró su airada alocución. Si vuelven a actuar de la forma como a ustedes se les antoja, los devuelvo a Moscú acompañando un parte de su mal comportamiento. ¡Retírense y vayan a cenar!
Cabizbajos nos dirigimos hacia los servicios higiénicos, y luego fuimos al comedor. Cuando entramos se hizo un grave silencio y todos posaron sus miradas sobre nosotros.
― ¿Por qué mierda nos miran? ― susurró Walter en español, muy contrariado.
Yo no le respondí nada, pero Oswaldo ingresó al comedor con una sonrisa burlona en los labios.

Parte II: Pável



Esa noche no pude dormir bien. Las palabras del comandante, airadas y llenas de reproche, resonaban una y otra vez en mi cabeza. Pero me calmaba a mí mismo reconociendo que ―después de todo― no se habían cumplido mis peores temores y, como dicen en mi país, la “habíamos sacado barata”.
Pero, desde ese día, los tres peruanitos, no dejaron de estar entre ceja y ceja del comandante.
Al día siguiente, Walter, Oswaldo y yo, previo al desayuno, nos buscamos. Como nunca antes sentí su presencia como algo familiar. Ahora sentíamos que éramos ―los tres― una familia en medio de esta comunidad de personas a las que solo nos unía un idioma aún extraño para nosotros: el ruso. Los sucesos del día anterior habían hecho nacer en nosotros un nuevo lazo de amistad que solo se interrumpiría algún tiempo después, cuando abandoné Rusia en mi ruta hacia el occidente libre.
Después del desayuno, el comandante Dimitri, se dirigió a nosotros. Mi corazón se sobresaltó porque pensé que iba a recordar los sucesos del día anterior. Pero no. El comandante habló de las razones por las que estábamos en Raievka y nos explicó que habíamos venido a trabajar para atender necesidades de la comunidad que requerían de intensa mano de obra.
Ese iba a ser el primer día de trabajo y, los tres peruanos, abrigamos la esperanza de permanecer juntos en el lugar a dónde nos habrían de enviar. Pero nos desilusionamos. El comandante nos dispersó en brigadas distintas. Walter integró el grupo que iba a trabajar en una granja de cerdos; Oswaldo a una fábrica de ladrillos; y yo, a una brigada que tenía por misión abrir zanjas para los cimientos de nuevas casas y centros comunitarios. Las brigadas eran rotativas y durante los dos meses que permaneceríamos en Raievka habríamos de prestar nuestros servicios en cada uno de los grupos de trabajo.
Un sentimiento, mezcla de tristeza y ansiedad, nos invadió cuando nos despedimos. Ellos se fueron en un bus, y mi brigada, conformada por seis rusos, tres africanos, un asiático y yo, solo caminamos en dirección de Raievka. Nos volveríamos a ver a la hora del almuerzo.
Cuando mi brigada llegó al lugar advertí que era un terreno de aproximadamente unos 700 metros cuadrados de área. Tenía las zonas en donde íbamos a excavar ya delimitadas. Había una camioneta estacionada desde la cual se nos proporcionaron los picos y palanas para comenzar a abrir las zanjas. Era la primera vez que tenía un pico y palana entre mis manos. Realmente eran instrumentos algo pesados y por un instante dudé de mi capacidad para hacer el trabajo. Pero me di valor y me dije a mí mismo que no iba a volver atrás y que daría todo lo mejor.
Era como las nueve de la mañana y el sol caía con fuerza ya sobre Raievka. La orden de comenzar a abrir las zanjas se había dado y todos a una levantábamos el pico y lo dejábamos descender con fuerza abriendo la tierra que cedía al impacto de los golpes decididos y acompasados de las herramientas. Una vez que la tierra cedía lo suficiente, usábamos la palana para retirarla a un costado de la zanja.
La gente del pueblo poco a poco comenzó a integrarse con nosotros. Al principio nos observaban, a un costado del área de trabajo, como cuando se mira a un circo que recién ha llegado. Lo que más les llamaba la atención eran nuestros compañeros africanos. Cualquiera creería que era la primera vez que veían a personas de color negro. Los niños fueron los primeros que se acercaron para tocarnos y pedirnos “rubashka”.
 Los estudiantes extranjeros de la brigada nos sentíamos intrigados por la insistencia de los niños para que les diéramos “rubashka”, que en ruso significa “camisa”. Cuando hacíamos un alto para refrescarnos con alguna bebida que la gente del pueblo nos llevaba y que llamaban “kampota”, los niños se nos acercaban y nos pedían obstinadamente: “rubashka”.
Hasta que uno de los estudiantes extranjeros ―un africano de nombre Mteto― no aguantó más y dirigiéndose hacia el jefe de la brigada, un ruso de nombre Vladimir, le preguntó en un tono de profunda inquietud:
― ¿Por qué nos piden camisas?
El jefe de brigada soltó una carcajada y le respondió:
― Noooo…. ¡Están pidiendo chicles!
En ruso los vocablos camisa y chicle son muy parecidos; solo los diferenciaba el énfasis en el fonema “sh”.
Todos nos reímos a una sola vez. Los niños también sonrieron porque se dieron cuenta que ahora por fin sabíamos lo que nos pedían. La fabricación de chicles en la URSS de esa época era una producción en extremo limitada y podría decir que hasta casi nula, como todo aquello que implicaba la industria ligera del país (la liógkaia pramuíchliennast). Por eso los niños aguardaban ansiosos la llegada de los extranjeros para disfrutar del excitante y dulcísimo sabor de los chicles.
Lamentablemente, ya teníamos en Rusia casi un año, y los pocos chicles que los estudiantes extranjeros traían en sus equipajes procedentes de sus países de origen, habíase ya consumido. Así que poco a poco dejamos de ser atractivos para los niños que se acostumbraron a vernos todos los días abriendo las zanjas y, además, no estábamos en la disposición de satisfacer aquello que tanto anhelaban.
Pero solo un niño no se alejó de nosotros, especialmente de mí. Su nombre era Pável, y tenía 6 años. Desde la primera vez que me alcanzó un vaso de leche que su abuela le dio para que me entregara, nos hicimos amigos entrañables. En los breves tiempos de descanso que teníamos, él se me acercaba con sus juguetes de madera. Me hablaba mezclando el ruso con el kazajo; pero nos entendíamos muy bien. Su abuelita se ponía muy contenta cuando le llevaba la corriente en sus juegos, y, tal vez, por ello me daba una doble ración de leche fresca. Una tarde, casi ya para retornar al láguerie, luego de una jornada más de trabajo, no pude resistir el irrefrenable deseo de cargarlo y abrazarlo; tal vez porque sería la última vez que nos veríamos. La rotación de las brigadas se adelantó en dos días y no pude despedirme de él ni de su abuelita.
Cuando terminó nuestra labor de abrir zanjas, no sólo habíamos terminado las que inicialmente fueron trazadas sino que también continuamos con la apertura de otras nuevas, en las calles, para ampliar el servicio del agua potable domiciliaria de Raievka. Mis manos habían resistido las peores ampollas que jamás tuve en mi cuerpo. Los músculos de mis brazos y de mis hombros habíase ensanchado y endurecido de tal modo que si ―de pronto― hubiera retornado al Perú, mis familiares y amigos habrían pensado que había pasado más el tiempo en un gimnasio que en la universidad.
Estos primeros veinte días en Raievka estuvieron llenos de emociones y experiencias nuevas no solo para mí sino también para mis otros amigos peruanos, Walter y Oswaldo. Cuando nos reuníamos a la hora del almuerzo era poco el tiempo que teníamos para contarnos las cosas que nos habían pasado en nuestros respectivos puestos de trabajo; pero en la noche, salíamos al patio central del láguerie, y ahí, bajo las titilantes estrellas del Asia central y la fresca brisa que venía del norte, nos poníamos a conversar de muchas cosas, entre ellas, de los grandes contrastes que tenía la URSS, del gran adelanto que mostraba, por un lado, en algunas áreas de su existencia como potencia mundial industrial y militar y, por otro, de los profundos atrasos que se constataba en su desarrollo social y cultural.
Una noche, en la madrugada, los gritos mezclados con sollozos de un africano en el patio del láguerie, nos hicieron despertar sobresaltados:
― Malditos rusos… ¿Para qué he venido a este país de mierda?.. Mejor me hubiera quedado en mi país…
Yo me asomé a la ventana y grande fue mi sorpresa al ver que era O´Kocha el que vociferaba y lloraba al mismo tiempo. No lo podía creer. Era una persona completamente diferente al que había conocido en la facultad de estudios generales y que solía extenderme su gran mano para agitar fuertemente la mía entre risas y palabras de aprecio.
¿Qué le estaba pasando?, me pregunté muy preocupado. Seguí mirándolo por la ventana y nadie pareció interesarse por él. Todos continuaban su sueño porque a las 6 en punto de la mañana ―al grito de ¡paidión!, ¡paidión! (“¡a levantarse!”, en ruso)― todos teníamos que saltar de la cama, arreglar la habitación y dirigirnos rumbo a los servicios higiénicos para iniciar una nueva jornada de agobiante trabajo.
La vida en la Unión Soviética de ese entonces no era fácil. A decir verdad, para el pueblo ruso y los pueblos que conformaban la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, históricamente la vida nunca había sido fácil. Por siglos fueron sojuzgados por monarquías absolutistas de lo más despóticas y crueles. Estos pueblos soportaron las dos grandes guerras estoicamente pagando un precio muy alto de millones de vidas además de sufrimiento, carencias, angustias y humillaciones. Por ello, la llegada del socialismo representó para los soviéticos (los rusos y todos los pueblos no rusos asociados a ellos ya sea voluntariamente o por la fuerza) el inicio de una nueva etapa de prosperidad y grandeza nacional.
Este esfuerzo del socialismo marxista en la Unión Soviética (la URSS) había dado resultados a medias. El desarrollo se enfocó en el impulso de la industria pesada (la tiarriólaia pramuíchliennast) en detrimento de la industria ligera. La industria pesada atañía a la maquinaria industrial, equipos bélicos, maquinaria de transporte pesado (tractores, trenes, camiones, aviones), maquinaria de construcción y la industria aeroespacial; por su parte, la industria ligera era concebida como todo aquello que podía ser considerado “no esencial” o “prescindible”, aunque estuviera muy ligado a las satisfacciones personales y de desarrollo humano individual, como la industria de cosméticos, alimentos sofisticados (gaseosas, golosinas y, entre éstas, los añorados chicles de los niños kazajos), ropa, artículos electrónicos y de aseo personales, perfumería, relojería, etc. La política de economía planificada que llevaba Rusia y todos sus países satélites así había sido establecida. El plan era vender la imagen al mundo de una potencia mundial aunque en el interior de la Unión Soviética y sus países satélites la gente sufría por la escasez de productos que concernían a los goces y satisfacciones que son inherentes a la naturaleza humana.
Por ello, cuando todos los estudiantes de la Drushba Naródav llegamos a Moscú no pudimos evitar cierto desencanto pues, mientras, por un lado, admirábamos el desarrollo militar, aeroespacial y urbanístico de sus grandes ciudades, por el otro, también padecíamos ―como el resto de soviéticos― de la carencia de elementales artículos de uso personal. Adquirir papel higiénico era toda una Odisea, solo por poner un ejemplo.
Por ello procuraba entender el llanto de O’Kocha esa noche en el láguerie de Raievka. Todos los estudiantes extranjeros que habíamos llegado a estudiar a la universidad Drushba Naródav proveníamos de países capitalistas, en los cuales el desarrollo de la industria ligera estaba hiperdesarrollado. Y si en Moscú sufríamos carencias y limitaciones para acceder a productos elementales de naturaleza personal, ya podrá imaginarse el lector cómo era la situación en un pueblito desconocido del país más grande de la Tierra de ese entonces, situado a miles de miles de kilómetros de la gran capital soviética.
 Siempre recuerdo, como hechos ilustrativos de esto que acabo de narrar, cómo muchas veces, caminando por las calles de Moscú, la gente se me acercaba para solicitar comprarme el abrigo, el reloj y hasta las gafas que llevaba puestos, y que había traído de mi Trujillo querido. Para nosotros, que proveíamos de una cultura de abundancia (aunque no siempre teníamos acceso a todo por los grandes desniveles económicos que caracteriza al capitalismo), no nos era fácil adaptarnos al socialismo soviético. En nuestro fuero interno añorábamos las delicias y placeres del capitalismo y en secreto lo sufríamos y callábamos. Cuando queríamos disfrutar del placentero sabor de una Pepsi Cola teníamos que apuntarnos para asistir a las charlas de la Casa de las Américas (un centro cultural que quedaba en el centro de Moscú). Ahí nos sentábamos para escuchar ―sin tener por supuesto algún interés en la disertación― y esperar que repartieran las botellitas de la agradable bebida que hasta ahora no sé de dónde las sacaban ni cómo llegaban hasta ahí. Otra manera de poder tener acceso a los productos del capitalismo era ir a una tienda exclusiva para extranjeros ―cuyo nombre me he olvidado pero que estaba prohibida para los soviéticos― en la cual podíamos adquirir los productos que naturalmente se ofertaban en nuestros mercados capitalistas. Íbamos ahí no solo a comprar algunas cosas para nosotros sino, principalmente, a comprar productos que nuestros compañeros de estudios soviéticos nos encargaban les adquiriésemos. Por supuesto que ―como buenos capitalistas que en el fondo éramos― nosotros les cobrábamos una comisión por “el favor”, que ellos pagaban con el mayor de los gustos. Lo que más nos pedían los soviéticos les comprásemos eran anteojos de sol, bluejeans y discos de música rock de los famosos grupos de occidente.
Por ello mi experiencia ―y creo también la de mis compañeros extranjeros que formaron parte de la brigada de Kazajtán― en Raievka fue muy dura en lo que a satisfacción de muchas necesidades concernía. Siempre andábamos con sed. Cuando íbamos ―a sabiendas que no íbamos a encontrar nada― al bazar del pueblito, siempre encontrábamos los mismos insulsos productos de todos los días. La palabra novedad no se conocía en Raievka, aunque quizá la única novedad que temporalmente veían los raievkanos era, probablemente, nosotros…
Pero en medio de esta abulia había cosas que tenían un encanto especial, haciendo soportable nuestra estancia en este lugar llamado el Paraíso. Entre ellas estaba la gente de Raievka. Al principio, como lo mencioné antes, se mostraron poco amigables con nosotros pero, poco a poco, se fueron integrando y permitían que los niños se acercaran al láguerie y dialogasen con nosotros. Por supuesto no les podíamos dar chicles pero los domingos ―que era el único día que teníamos de descanso en la semana― les enseñábamos algunas de nuestras canciones que ellos repetían sin saber qué decía la letra. También les enseñamos algunos trucos con cartas y jugábamos al ajedrez.
La hora del almuerzo y la cena también eran momentos que encendían en nuestros corazones (y estómagos) la llama de la alegría y la renovación. Como lo dije al comenzar estas memorias, en la brigada se alistaron dos mujeres rusas, las que en compañía de otro joven ruso, eran los encargados de darnos puntualmente el desayuno, el almuerzo y la cena. No cocinaban mal y preparaban la gastronomía a la que ya nos habíamos familiarizado en el comedor de la Drushba Naródav. Es decir, el borsh (un exquisito caldo a base de remolacha y coles), las jatlietas (una especia de carne molida en forma de albóndigas), el asado de carne con puré, el sháslik (una especie de anticuchos de carne de cordero), el pollo al horno en salsa de setas, y otras delicias más que la memoria no me permite recordar. A propósito de este último potaje vienen a mis recuerdos un hecho que ahora me provoca risa, pero que en ese momento nadie se rió. Cierto día que habíamos llegado al láguerie cuando la luz del sol aún resplandecía en el cielo de Raievka, las chicas que estaban en la cocina, una de nombre Nadiershda (que en ruso significa Esperanza), nos llamó a los tres peruanos que conversábamos y reíamos amenamente en el comedor. Nos pidió que vayamos al bosque (que estaba -caminando- como a unos quince minutos del láguerie) y que traigamos hongos para la cena. Nos dio una canasta para que ahí depositemos las setas. Nos mostró una seta que cogió de la mesa de la cocina y nos dijo que ese era el aspecto de las que teníamos que traer…
Para los peruanos hablarnos de setas era equivalente a hablarles del loche a los rusos. Pero aceptamos el encargo y partimos los tres rumbo al bosque. Cuando llegamos no nos fue tan fácil ubicarlos. Estaban a la sombra de algunos árboles y los había de todo tamaño, forma y color. ¿Cómo era el ejemplo que nos había mostrado Nadiershda? Discutimos entre los tres y no nos pusimos de acuerdo. En lo único que sí estábamos de acuerdo era que las setas que teníamos a la vista eran más hermosas, vistosas y apetecibles. Así que acordamos extraer solamente aquellos ejemplares que más cautivaron nuestra visión.
Cuando llegamos, Nadiershda estaba impaciente. Nos habíamos demorado más de lo que ella pensaba nos iba a llevar ir y traer las setas para la cena. El sol estaba a punto de ocultarse ya y la noche comenzaba a desplegar su manto de oscuridad sobre el láguerie. Le entregamos la canasta con setas a medio llenar, y al ver el contenido dentro de ella, sus ojos se abrieron desmesuradamente y dio un grito que nos sorprendió. Las personas que estaban en la cocina, también esperándonos, se acercaron a ver el contenido de la canasta; no gritaron pero en sus rostros de dibujó un rictus mezcla de enojo y sorpresa. ¿Qué había pasado? Simplemente, que habíamos traído setas que eran altamente venenosas…




Setas comestibles


Setas venenosas


Setas venenosas


Setas venenosas


No pasó ni cinco minutos y el capitán, el lugarteniente y algunos jefes de brigada ya estaban al tanto de lo sucedido. Ya se imaginará querido lector nuestro desconcierto: ¿ahora el comandante pensaría que teníamos la intención de envenenarlos a todos? Pero, después de escuchar nuestras explicaciones y hacerles entender que lo que sabíamos sobre setas era tanto como ellos sobre física cuántica, todos los que habíanse enterado de lo sucedido dieron vuelta a la hoja y nos comprendieron con mucha amabilidad. Esa noche la cena fue pollo al horno con papas doradas y nada más…
Otra cosa que también nos hacía llevadera la vida en Raievka eran los banya rusos públicos. Ya los había disfrutado en Moscú, y en Raievka había uno al que íbamos todos los domingos en la tarde. La primera vez que asistí a uno de los mundialmente famosos banya rusos fue en Moscú, cuando el invierno arreciaba con toda su crudeza. Todos nos decían “tienen que ir a los baños pues si no van es como si no hubiesen estado nunca en Rusia”. Una de las primeras cosas que me impresionó de estos baños fue la desinhibición de todos los que ahí asistían (todos eran varones; aunque después me enteré que los había también para mujeres y, mixto, para familias). Había que desnudarse para pasar por unas duchas que conducían hasta el área de los baños, que eran cabinas de madera en donde había bancos también de madera para sentarse y una estufa de piedras. Una bocanada de aire ardiendo azota en la cara nada más abrir la puerta y eleva el ritmo cardíaco a mil por hora. La diferencia fundamental del banya ruso es que no es seco, sino de vapor, lo que lo sitúa en un punto intermedio entre la sauna finlandesa y el baño turco. Una vez dentro y desnudo, en medio de aproximadamente una docena de personas también desnudas, el procedimiento es sencillo: uno se sienta en el banco, aguanta lo que puede, y cuando ya no se resiste más se sale de la cabina y se refresca con agua helada de un cubo (este paso, en los baños públicos de mayor categoría como los moscovitas, se sustituía por un chapuzón en una piscina también de agua helada). Cuando era necesario el encargado del banya echaba un poco de agua sobre la estufa para generar más vapor, y vuelta a empezar.


Ciudadanos rusos disfrutando del banya

Hecho esto dos o tres veces (en tiempo unos tres cuartos de hora, si se ha hecho bien), llega el turno de la “paliza”. Y es que el elemento más característico de los banya rusos es un curioso “masaje” que uno mismo se da (si se ha optado por tomar el banya solo) o unos a otros (en el caso del banya público) con ramas de eucalipto que previamente se han mantenido en remojo para que estén algo más blandas. Tengo que reconocer que ―junto con el kefir y otras bondades que en su oportunidad narraré― el banya ruso ha sido una de las experiencias más satisfactorias y auténticas que he vivido durante mi vida en la ex Unión Soviética.


Típica cabina del banya ruso

Otra de las cosas nuevas que aprendí en esa nación fue a lidiar con el concepto de privacidad que me habían inculcado mis padres desde niño. Para mí era difícil por no decir imposible miccionar en la presencia de alguien. Cuando estaba en la escuela y en el colegio esperaba que casi no hubiera nadie en los servicios higiénicos para poder entrar y hacer, en total privacidad, mis necesidades personales. Por ello, cuando llegué al láguerie de Raievka y comprobé que los servicios higiénicos estaban conformados por una media docena de lavatorios y retretes sin ninguna separación que permitiera hacer las necesidades corporales en total privacidad, me dije para mis adentros: “Ya me fregué”. La primera semana me la pasé sin ―como se dice en mi país― poder “hacer del cuerpo”. A la siguiente semana ya no aguantaba más. Había estado a la expectativa que no hubiera nadie para poder entrar a los servicios, pero siempre algo fallaba y alguien ingresaba; hasta que el domingo en la tarde, me cercioré que la mayoría descansaba, y fui al excusado. Estaba solo y nunca me había sido tan feliz en ese estado. Me bajé los pantalones y direccioné mi trasero hacia uno de los retretes (a la sazón un hueco de madera casi a ras del suelo y que en mi país llamamos silos). Cuando me encontraba en lo mejor de la satisfacción de esta necesidad biológica entró un asiático, que me saludó cortésmente y se bajó inmediatamente los pantalones para ponerse en la misma posición que yo. No sabía qué hacer. Tuve el impulso de subirme los pantalones pero hay un momento en la satisfacción de esta necesidad en que no se puede dar marcha atrás. Miré al chinito (creo que era de Mongolia) y advertí que también me miraba y con una sonrisa de la más natural. Entonces me di por vencido. Bajé mi cabeza para mirar hacia el suelo mientras escuchaba cómo entraban, uno por uno, africanos y rusos, en medio de risas y cazurronadas. De ahí en adelante, me curé de esa paruresis que me afectaba desde pequeño y comencé a ver mi cuerpo, y su fisiología, como algo que compartíamos, de manera natural y deshinibida, todas las personas por la simple calidad de seres humanos.


Parte III: El baile



El mismo día que el comandante Dimitri anunció el cambio de actividades de todos los grupos también nos anunció que habíamos sido invitados por la comuna de Raievka al baile mensual que se realizaba en un ambiente construido para esa ocasión. Todos los miembros de las brigadas aplaudimos de alegría al escuchar esta noticia. ¡Un baile! ¡Y aquí en Raievka! No lo podíamos creer.
El baile iba a ser aún dentro de dos semanas y Dimitri pidió que, por nacionalidades, organizáramos una presentación artística, pues, previamente iba a haber una entrega de diplomas de parte de la comuna de Raievka, que se sentía agradecida por el trabajo desplegado por la brigada de la Drushba Naródav de Moscú. La entrega de diplomas iba a ser en el pequeño teatro del pueblo, adyacente al salón de baile.
Las brigadas se iban a mantener con los mismos componentes, así que nuestra esperanza de trabajar los tres peruanos juntos, se desvanecieron otra vez. La brigada de Walter fue designada para continuar las labores de apertura de zanjas; la brigada de Oswaldo fue designada a la granja de cerdos; y la mía, a la fábrica de ladrillos. Lo único que sí rotó fueron los jefes de brigada. Mi jefe, un ruso de nombre Vladimir, fue reemplazado por otro ruso de nombre Sasha.
Este Sasha era de contextura delgada, alto, rubio, ojos azules. Tenía siempre el pelo cortado casi al ras, como si aún continuara en el ejército. Aparentaba tener unos veintiún años y la risa era algo que se dibujaba en su rostro muy esporádicamente, ya que de ordinario siempre se le veía serio y meditabundo. Cuando coincidíamos en el almuerzo, en la cena o en las pichangas de fútbol o de vóley que a veces se organizaba en el láguerie, cruzábamos miradas pero nunca intercambiamos palabra alguna a pesar de que tenía la impresión que deseaba hablarme.
Desde el primer día que partimos rumbo a la fábrica de ladrillos, que era la actividad que nos habían asignado, Sasha dejó bien en claro que no iba a permitir ninguna indisciplina ni holgazanería en el trabajo. Hablaba como si estuviera siempre dando órdenes y sazonaba sus alocuciones con muchas adjetivaciones y palabras de grueso calibre. A diferencia de Vladimir, mi anterior jefe, que tenía un carácter afable y bondadoso, este Sasha se hacía notar por exponer un sobreliderazgo y un talante duro y poco amigable.
Cuando llegamos a la fábrica de ladrillos nos guió por las instalaciones y explicó, casi a gritos, qué función se hacía en cada una de ellas. La fábrica tenía cuatro ambientes: el primero era el área donde se recepcionaba la tierra que venía en volquetadas y se ingresaba a una tolva que dirigía el material hacia una faja transportadora; el segundo era el área donde se mezclaba la tierra que venía de la faja transportadora con el agua y se formaban los adobes; en el tercer ambiente se recepcionaba, desde una faja transportadora, los adobes ya formados y se les colocaba en pilas para que sequen; y el cuarto ambiente era el salón de máquinas desde el cual un operario (que no pertenecía a la brigada sino que era un poblador de Raievka) dirigía el sistema de fajas transportadoras así como el mezclado de la tierra con el agua. Los brigadistas solo fuimos asignados a la primera y tercera áreas.
La primera semana Sasha asignó a un ruso de nombre Serguei para trabajar conjuntamente con él en la primera sección; al resto de brigadistas nos asignó a la tercera sección, es decir al área donde se recepcionaba los adobes ya formados y se les colocaba en pilas para secado (una vez secos, los adobes eran llevados al honor para el cocido, pero éste quedaba en un lugar distante de la fábrica).
El trabajo en la sección tercera, donde yo me encontraba, no era tan riguroso como el que veníamos de hacer en las calles de Raievka. La apertura de zanjas representó ―inicialmente― una penosa labor para mi nula experiencia en trabajos de mano de obra. Al duro esfuerzo físico se sumaba la inclemencia del sol que caía sobre nuestras cabezas y espaldas de manera inmisericorde. Ahora, en cambio, me encontraba en un ambiente que nos protegía de los rayos solares, aunque el calor seguía siendo muy fuerte. Ahí teníamos que estar en el máximo grado de atención, pues los adobes venían por las fajas transportadoras de manera continua, sin detenerse, sin pausas, y a un ritmo siempre constante. Un retraso, un error de cualquiera de nosotros, provocaría un amontonamiento de adobes con el consiguiente desperdicio de tiempo y de material.
Y así era nuestra rutina de todos los días en la fábrica de ladrillos. Había que permanecer de pie y en estado de alerta máxima casi siete horas al día. Cuando llegaba al láguerie, en las horas del crepúsculo y al final de la jornada, lo único que deseaba era tirarme en la cama y que nadie me moviera.




Mientras tanto, la excitación por la presentación en el teatro de Raievka y el baile crecía a medida que se acercaba el día.
Walter, Oswaldo y yo estábamos también muy animados y, al mismo tiempo, preocupados porque no sabíamos qué íbamos a presentar en el teatro. Walter no sabía cantar ni recitar ni nada. Oswaldo sabía algunas canciones cusqueñas que a Walter y a mí no nos entusiasmaron mucho. Al final decidimos que cantaríamos el huayno Poco a poco, y yo acompañaría con la flauta dulce. Las últimas cuatro noches antes de la llegada del domingo, que era el día de la presentación y el baile, estuvimos ensayando en el patio del láguerie mientras sentíamos las miradas de todos nuestros compañeros brigadistas. Algunos niños de Raievka también se acercaban y nos escuchaban ―entre risas y muestras de alegría― ensayar el melodioso ritmo andino.
Y el día esperado llegó. Ese domingo en la mañana los tres peruanos lo dedicamos a dar los últimos toques a nuestra presentación de la noche. La misma excitación se sentía en los demás grupos de brigadistas que, por nacionalidades, también iban a presentarse en el teatro. Los rusos iban a cantar y bailar, y los asiáticos y los africanos, como nosotros, solo cantar.
La mañana se fue rápidamente y la orden era descansar para después del almuerzo ir al banya ruso. Luego, la comuna iba a ofrecernos una cena de gala a eso de las 6:00 p.m. en el comedor del láguerie para, posteriormente, dirigirnos todos al centro cultural de Raievka para la presentación, entrega de diplomas y el baile esperado. Hasta ahí todo estaba bien. Las cosas aparecían perfectamente planificadas, y no podíamos imaginar siquiera lo que ocurriría algunas horas después…
Después de almorzar, siendo aproximadamente las 3:00 p.m. partimos rumbo al banya ruso. Ahí estuvimos como una hora más o menos. Al salir del banya la sed nos consumía. Entonces Walter, Oswaldo y yo pedimos permiso para ir al almacén de Raievka, que era la única tienda del pueblo, a ver si encontrábamos kampota para beber. Cuando llegamos al almacén, no había nada para beber excepto vino. Ni una botella de kampota y menos de Baikal (una cola moscovita que infructuosamente intentaba imitar a la Coca Cola o a la Pepsi). Cuando la sed invade ―y más si sales de un banya ruso― ésta se hace insoportable, de modo que todo aquello que sea bebible se convierte, por una fuerza que brota desde lo más profundo de la necesidad, en irresistiblemente apetecible.
Salimos de la tienda con tres botellas de vino. Ahora nuestra preocupación era encontrar un sitio donde beberlas. Caminamos por las callecitas de Raievka llevando las botellas de vino en brazos y recibiendo el saludo de algunos pueblerinos que al cruzarse nos levantaban el brazo y regalaban una sonrisa. Hasta que de pronto vimos un lugarcito que parecía deshabitado. Era la última casita del lado oeste del pueblo y tras él se abría un campo abierto que llegaba, como a la distancia de unos 200 metros, hasta un bosque de imponentes cedros. Nos acercamos a ella y constatamos que en realidad se trataba de un almacén en el cual –no sabemos quién o quiénes― se guardaba herramientas agrícolas. También había en él viejas cabalgaduras y en las paredes había retazos viejos de periódicos en ruso que no intentamos averiguar qué decían.
Aguardamos en su interior como unos cinco minutos y al constatar que al menos en ese momento nadie podría aparecerse, procedimos a abrir la primera de las botellas que consumimos a pico de botella con el ansia de quien está a punto de perecer de sed en un desierto. El maravilloso líquido corría por nuestras gargantas llenando de placer y encanto cada célula de nuestro ser. Los tres reíamos y nos pasábamos la botella con frenesí, como si se tratara de un precioso trofeo que nos merecíamos desde hacía mucho tiempo. Cuando terminamos la primera botella no dudamos ni un segundo en abrir la segunda. Al término de la segunda botella la sed había amainado pero la tercera no podía quedarse sin abrir. Cuando terminamos la tercera botella de vino no solo se había calmado nuestra sed sino que también nuestro espíritu había recibido una dosis de alegría y sosiego.
Escondimos las tres botellas detrás de un cilindro viejo que había en un rincón del almacén y salimos de él, renovados, con dirección al láguerie.
Cuando llegamos, era ya casi las cinco de la tarde y nos preguntaron por qué habíamos tardado en retornar. Les respondimos que nos habíamos topado con algunos aldeanos y nos habían invitado kampota y un poco de vino. Los rusos se quedaron mirándonos por unos breves instantes pero ya no había tiempo para hacer indagaciones: las autoridades comunales ya estaban en el comedor y las mesas no solo estaban engalanadas de hermosos arreglos florales sino también servidas con apetitosos potajes.
Pero, yo me sentía muy mareado. Le dije a Walter y Oswaldo que tenía ganas de vomitar. Ellos me dijeron que “ni se me ocurra”, que “tenía que aguantar”.
Cuando entramos al comedor, los brigadistas nos sentamos por nacionalidades. Walter, Oswaldo y yo nos ubicamos casi en la esquina de las mesas al formar la letra L. A nuestra izquierda estaban los rusos y frente a nosotros un grupo de africanos. En la cabecera de la mesa, mucho más a nuestra izquierda, estaba el gobernador de Raievka. Esta alta autoridad era de contextura gruesa y alta, de rasgos achinados pero de color rosado. Era un cruce de kazajo y ruso. Aparentaba tener unos 55 años y siempre tenía una sonrisa en su rostro. Cuando se levantó, todos aplaudimos fervorosamente. Yo lo veía, pero a ratos, su imagen se me volvía borrosa. Yo lo escuchaba decir ―como si estuviera a decenas de metros de distancia― que “se sentía muy contento con nuestra presencia en Raievka”, que “celebraba el internacionalismo socialista como una de las más grandes conquistas de la revolución soviética”, que “Raievka siempre habría de vivir agradecida no solo con el partido y la universidad sino también con nosotros por el aporte que había significado nuestro trabajo en favor de la comunidad”… Y luego ya no pude escucharle más nada porque en mi cerebro sentí que el mundo comenzaba a girar de la manera más vertiginosamente posible. El vómito fue tan repentino y violento que no me dio tiempo para levantarme y salir despavoridamente del comedor. En vez de ello, me apoyé sobre la mesa y descargué sobre ella ―de la forma más desvergonzada― el contenido de mi estómago lleno de vino mezclado con los jugos gástricos.
Yo me sentía en shock. No me había desmayado pero sentía que estaba a punto de estarlo. Solo sentí que mis compañeros rusos que compartían conmigo la brigada en la fábrica de ladrillos, y entre ellos Sasha, me tomaron por los brazos y piernas y me sacaron del comedor mientras los comensales se levantaban y movían sus asientos para dejarlos pasar con su carga humanamente languideciente.
Recuerdo –cual si hubiera estado en un mundo de sombras― cómo mis compañeros me llevaron pendiendo de los brazos y piernas y exclamando todo tipo de maldiciones rusas por el largo corredor que unía el comedor con mi habitación. Cuando llegaron me colocaron en la cama y procedieron a desnudarme. Una vez desnudo tomaron las mantas que cubrían las camas de la habitación y comenzaron a sacudirlas delante de mí con frenesí para refrescarme y darme oxígeno, sí mucho oxígeno…
No recuerdo qué más pasó, pero me quedé profundamente dormido.




Cuando desperté era como las ocho de la noche y aún permanecía desnudo. Era Sasha que me despertó para preguntarme cómo me sentía y si estaba en condiciones de ir tanto a la noche de talentos como al baile que se había programado también para ese día. Yo lo miré por unos segundos, tratando de descubrir, si en su rostro, había algún vestigio de ira o reproche contra mí. Había silencio en todo el láguerie y supuse que solo estábamos los dos y nadie más. Pero no; Sasha no estaba molesto y hasta me pareció que tenía compasión de mi estado.
― ¿Dónde están todos? –le pregunté.
― Están en el teatro –me respondió. Dimitri me ha dicho que como sea tienes que estar en la noche de talentos y presentar el número que has ensayado con tus amigos peruanos. Tienes que ir y Dimitri se olvidará de todo.
Yo me sentía muy aliviado. Me levanté rápidamente, me vestí y tomé mi flauta dulce.
Por el camino me disculpé con Sasha por mi comportamiento, y le di las gracias por la forma cómo sentí que me había cuidado cuando estaba a punto de desmayarme. Sasha solo atinó a sonreír y me dijo:
― No tienes por qué agradecerme….
Y añadió unas palabras en ruso que no reconocí pero que intuí serían algunas maldiciones, como era su costumbre.
En ese momento ni él ni yo podíamos imaginar cuán pronto habría de devolverle el favor por sus cuidados de ahora.
Después de caminar como unos diez minutos en medio de una lluvia moderada que de pronto comenzó a caer, llegamos al centro cultural de Raievka, en donde me salieron al encuentro Walter y Oswaldo. Cuando me saludaron pude advertir que no se encontraban bien. El efecto de tres botellas de vino al hilo y después de salir deshidratados de un banya ruso había comenzado a hacer su efecto también en ellos. Había mucha agitación en el ambiente y casi nadie parecía acordarse del escándalo que yo había protagonizado apenas algunas horas en el comedor del láguerie.



Cielo raievkano


Walter y Oswaldo me habían guardado asiento en el teatro y tras visualizar las presentaciones de los rusos, africanos y asiáticos, nos llegó el turno a nosotros. Cuando nos llamaron nos levantamos de nuestros asientos y en medio de los aplausos de todo el pueblo de Raievka (pues por la gran cantidad de gente que había presumo que se trataba de todo el pueblo) subimos las escalerillas que llevaban al proscenio.
Walter, Oswaldo y yo pronunciamos –uno por uno― el saludo que habíamos ensayado durante varias semanas (al día siguiente nuestros amigos rusos brigadistas nos comentaron que ni una sola palabra de nuestro saludo se había entendido...). Dicho esto comenzamos a interpretar el famoso huayno Poco a poco ante un público que nos escuchaba en silencio y al que casi no podíamos ver porque solo alumbraban las luces del proscenio y éstas caían potentes sobre nuestros rostros. Por lo que en ese momento no teníamos manera de ver la reacción de los raievkanos al escucharnos interpretar el Poco a poco.
Al final de nuestra presentación escuchamos un sonoro aplauso. Luego vino la entrega de diplomas y posteriormente pasamos al salón de baile, en donde había, en un rincón, un viejo equipo de sonido conformado por dos grandes columnas de parlantes y un fonógrafo.
Además del fonógrafo y sus parlantes el salón estaba engalanado de hermosas jovencitas kazajas que frisaban entre los 15 y 20 años. También había jóvenes varones raievkanos por las mismas edades. Los más viejos del pueblo estaban acompañados de sus esposas y ―como lo había constatado en Moscú en las pocas reuniones sociales a las que aún había tenido oportunidad de asistir en mi primer año en la facultad― todos estaban separados en grupos por sexo y edad.
Tiempo después descubriría que esa división solo era momentánea, hasta que el licor que se acostumbraba a consumir sin discreción en la URSS― comenzaba a hacer sus efectos, y entonces, todas las diferencias e inhibiciones se desbarataban.
Pero esa noche no iba a haber alcohol porque estaban presentes jóvenes casi adolescentes en la compañía de sus padres. Los únicos que estábamos alcoholizados y por ello Dimitri no dejaba de quitarnos el ojo de encima, éramos nosotros: Walter, Oswaldo y yo. Eran ya como las 9 y 30 de la noche y la lluvia había recrudecido tanto que se la escuchaba golpear las lunas y el techo del salón de unos 100 metros cuadrados, aproximadamente.
Cuando el fonógrafo comenzó a emitir sus primeros sonidos (yo dudaba que ese equipo pudiera funcionar) nadie salió a bailar. Después de dos piezas musicales salieron a bailar, entre ellas,  las mujeres más viejas. A la siguiente canción salieron a bailar las mismas mujeres pero con sus maridos. Y así venían canciones tras canción mientras la lluvia comenzaba a convertirse en una tormenta. El ruido de la lluvia golpeando violentamente el salón y el destello profundo de los relámpagos entrando por algunas de las ventanas llenaron el ambiente de una sensación electrizante que nos envalentonó a Walter, Oswaldo y a mí a sacar a las chicas que ―conversando alegremente entre ellas― ansiaban salir a bailar. Algunos de los brigadistas rusos salieron a bailar pero no bailaban con las chicas kazajas sino entre ellos; se les veía muy animados y comencé a pensar que también habían bebido. Los brigadistas africanos y asiáticos no salieron a bailar pero permanecían conversando animadamente. Pero algo llamó mi atención: Walter ya no estaba en el salón. Salí a buscarlo y no lo encontré por ninguna parte. Me preocupé y participé a Oswaldo la situación.
Decidimos salir a la calle a buscarlo, pero era imposible caminar siquiera una cuadra. La lluvia era en realidad una tormenta. Salir a buscar a Walter era una empresa muy arriesgada. Los relámpagos me asustaban pero Oswaldo me tranquilizó y me dijo que no se diferenciaban en nada de los que él había vivido en el Cusco. ¿Y ahora qué íbamos a hacer? No podíamos entrar al baile y divertirnos de lo más normal desconociendo el paradero de Walter. Teníamos que transmitir nuestra preocupación a los brigadistas rusos con los que mejor nos habíamos compenetrado. Y justo cuando íbamos a hacer esto, la luz eléctrica se fue en todo Raievka dejándola completamente a merced de la atronadora y enceguecedora luz de los relámpagos que se desparramaban como gigantescos racimos de uvas sobre el pueblo.


Relámpagos de Raievka

La fiesta se había acabado de una manera abrupta. Las chicas y todos los que ahí estaban reían y gritaban nerviosamente tratando de encontrar las salidas del local. Dimitri ordenó que todos los brigadistas deberíamos dirigirnos directamente al láguerie.
Nunca olvidaré esa noche porque nunca había visto llover de esa manera en mi vida. Criado en mi niñez en Lima (la ciudad en la que nunca llueve sino que cae una persistente y finísima llovizna en el invierno) y después en Trujillo (conocida como la Capital de la Primavera), yo veía la lluvia y los relámpagos como si fuesen la puesta en escena de una película de terror. El trecho que separaba el salón de baile del láguerie me pareció una eternidad. Oswaldo caminaba lentamente, y de rato en rato, se detenía para vomitar. Yo lo llevaba tomado de los hombros y procurábamos avanzar en medio del charco de lodo y barro en que se habían convertido las calles de Raievka. De pronto, cuando me pareció que el mayor de los relámpagos había descargado su furia, vi a Walter en el horizonte, que también era llevado de los hombros, casi a rastras, por un joven brigadista africano.
Cuando el resplandor de los rayos nos permitió divisar el láguerie, mi corazón se sintió más aliviado porque pensé que al fin iba a estar a salvo de ellos. Yo calculo que era más o menos la once de la noche. Entramos al láguerie y llevé a Oswaldo a su cama en donde se quedó apaciblemente dormido; luego esperé a que llegase Walter para ayudarlo a acomodarse también en su habitación. En la noche se escuchaban las voces de Dimitri y de los jefes de brigadas que gritaban ordenando entrar a las habitaciones y no detenernos en los servicios higiénicos. La tormenta no había amainado y desde mi cama veía cómo la luz de los relámpagos iluminaba mi habitación mientras todos reían y hacían bromas sobre las caídas que habíamos sufrido en el fango. Así, de a pocos, la habitación se fue quedando en silencio pues para todos los que me acompañaban una tormenta eléctrica no era novedad alguna, y el sueño los fue atrapando uno por uno; pero para mí, esa noche, había comprobado hasta dónde puede llegar el poder de la naturaleza y cuán vulnerables podemos ser frente a ella.


Parte IV: Sasha



Pronto los primeros rayos del sol se posaron sobre Raievka y los gritos de los brigadieres nos despertaron como todos los días. Yo sentía que me dolía mucho la cabeza pero tenía que levantarme. No podía darme el lujo de considerarme enfermo pues ello actualizaría el desmadre que habíamos protagonizado los peruanos el día anterior. Pero no iba a ser fácil que olvidaran lo ocurrido. O’Kocha lo primero que hizo al verme entrar a los servicios para asearme fue tomarme por la espalda, y levantándome, comenzó a gritar a todo pulmón y repetidamente: “¡Freddy borracho!” “¡Freddy borracho!” “¡Freddy borracho!” Los jóvenes brigadistas de todas las nacionalidades no dejaban de reírse mientras yo solamente quería zafarme de los brazos de O’Kocha.
Cuando finalmente entré al comedor para desayunar y luego partir hacia las faenas de trabajo, vi que el mantel sobre el cual había vomitado la tarde anterior había sido cambiado por otro de diferente textura y color. Yo me sentía muy avergonzado pero nadie me daba tregua. Walter y Oswaldo también eran objeto de las bromas. Buscaba a Dimitri y no lo encontraba en ninguna parte. Me enteré que había viajado a Alma Atá a hacer unas gestiones relacionadas con la brigada de trabajo de la Drushba Narodav. Respiré aliviado y me dije a mí mismo: “La página ha sido volteada”.
 Después de desayunar, las brigadas nos dirigimos a nuestros puestos de trabajo. El dolor de cabeza, con el desayuno, había amainado y me sentía más confortado y dispuesto para un día más de dura labor. Ya apenas quedaban veinte días para terminar nuestra presencia en Raievka y volver a Moscú, ciudad en la que ya había descubierto algunos lugares hermosos y agradables en los cuales solía pasar mi tiempo libre y digerir la nostalgia que me asaltaba de cuando en cuando.
Cuando llegamos a la fábrica de ladrillos, Sasha, después de la formación y las instrucciones que siempre y repetitivamente nos daba, dijo que a partir de ahora yo le iba a acompañar en su puesto de trabajo. Como ya lo dije antes, Sasha, el jefe de la brigada, estaba en el puesto cuya función era recibir las volquetadas de tierra que llegaban a la fábrica y que era la materia prima de los adobes. En ese lugar trabajaban dos operarios: uno arriba, en contacto directo con el camión que vaciaba la tierra sobre una tolva que a su vez llevaba el material hacia una faja transportadora, la cual a su vez llevaba la tierra hacia la sección de elaboración de los adobes, y el otro operario, que era Sasha, permanecía abajo, controlando que las fajas transportadoras llevasen todo el material y nada se desperdiciara. Tanto el operario de arriba como el de abajo tenían como herramienta de trabajo la palana que servía para controlar el flujo de tierra tanto en la tolva como en la misma faja transportadora.
 Los camiones llegaban con una frecuencia promedio de media hora, y en ese lapso los dos operarios que trabajaban en esa sección aprovechaban para beber agua, refrescarse y conversar.
Cuando escuché que Sasha anunció que yo le acompañaría, me estremecí. Trabajar con el jefe de brigada era un honor que hasta ahora solo lo había tenido un connacional suyo. Y ahora él lo relevaba y me nombraba a mí en esa función. “¿Por qué?”, me pregunté preocupadamente. Yo no era de contextura fuerte; era el más bajo y delgado del grupo; a esto se sumaban las acciones de indisciplina que habíamos protagonizado los latinos apenas llegando a Raievka. Pero al mismo tiempo reparé que los tres peruanos ―los peruanski como los rusos y extranjeros nos llamaban― nunca habíamos tenido una llamada de atención por negligencia o torpeza en el trabajo, como sí había ocurrido con mucha frecuencia entre los africanos, y en menor grado, entre los asiáticos. Así que –pensé― esa era la razón por la cual Sasha me otorgaba el privilegio de trabajar a su lado.
Así, mientras caminábamos hacia nuestro puesto de trabajo, Sasha me dio una palmada en el hombro y me dijo:
― Tú te llamas Freddy… ¿Y qué significa Freddy? –me preguntó. Nunca he escuchado ese nombre.
Una de las cosas que aprendí de un profesor cuando estudiaba la media era que “nunca debíamos quedarnos callados” ante una situación dada. “Quedarse callados o responder evasivamente revela falta de personalidad y de creatividad”, nos decía nuestro profesor. Y en honor a la verdad, yo no sabía qué significaba mi nombre. Sabía que mi madre me lo había puesto a instancia de una de sus hermanas. Mas qué significaba Freddy, en verdad no lo sabía; pero tenía que responderle algo razonable.
― Freddy es el diminutivo de Álfred (Альфред, en ruso).
― Ah no lo sabía –me respondió sonriente.
Se quedó pensativo, mientras yo celebraba en mis adentros haberle dado una respuesta que parecía haber aceptado. Muchos años más tarde comprobaría que ―sin saberlo― mi respuesta había sido la apropiada, y que mi nombre es ―efectivamente― el diminutivo de Alfredo, es de origen germano y significa resplandeciente, célebre por su nobleza o completamente responsable.
Pero volvió a la carga:
― Mmmmmm pero Freddy es un nombre difícil de pronunciar. De ahora en adelante te voy a llamar Fedia.
Yo sonreí pensando que “Sasha”, en mi país, es nombre para perros; pero la idea no me parecía descabellada. Nunca me había gustado cómo me llamaban, y ahora, alguien me proponía un nuevo nombre.
― Está bien, Sasha –le respondí. No hay problema, puedes llamarme Fedia.
Sasha sonrió como un niño, y la persona dura, tosca y hasta cierto punto desagradable que él se esforzaba por representar había cedido el paso a un chico jovial, bromista y hasta paternal. Volvió a darme una palmada en el hombro y, cuando llegamos a nuestro puesto de trabajo, comenzó a instruirme con mucha paciencia sobre la forma cómo debía recibir la tierra que traían los camiones.
Ahora que escribo estas memorias reparo en que las condiciones de trabajo que teníamos en Raievka eran, por decir lo menos, casi primitivas. Ahora que conozco los conceptos modernos de la seguridad y salud en el trabajo y comparo con el ambiente laboral en que trabajábamos los jóvenes brigadistas, advierto que prácticamente no existían normas de seguridad, y si las había, éstas eran letra muerta.
― Debes tener mucho cuidado ―me dijo Sasha cuando terminó de explicarme y se veía en el horizonte que se acercaba un camión.
Él inmediatamente bajó y se colocó al pie de la tolva que recibía la tierra para esperar que ésta baje y, con la palana, impedir que el material se desbordase. Cuando llegó el camión con su carga de tierra, la depositó violentamente sobre la tolva, mientras yo, con la palana, luchaba también para que no se desbordara y cayera todo el material en el centro del recipiente de hierro. Un resbalón de mi parte y mi cuerpo caería conjuntamente con la tierra, y alguno de mis miembros sería absorbido por la faja transportadora que estaba conformada por un gran cilindro de hierro de más o menos un metro de diámetro y una gran faja hecha de un material muy resistente que se desplazaba a la velocidad del cilindro.
Eso era todo lo que teníamos que hacer. La operación duraba entre diez y quince minutos y los camiones iban y venían cada treinta o cuarenta minutos. En ese lapso yo aprovechaba para bajar y protegerme del inclemente sol, refrescarme, y conversar con Sasha que siempre tenía un tema de conversación diferente y original.
 Vienen a mi memoria algunas conversaciones que tenía con él. Su mayor preocupación era saber cómo era el occidente. Sasha había sido criado en una cultura que no conocía el capital ni los negocios. Todos estaban subordinados al estado, y éste era quien planificaba el destino y la calidad de vida de sus ciudadanos. Nunca le habían inculcado precepto religioso alguno por lo que su vida y los principios que la regían se fundamentaban en el amor a la patria, al partido y a la vida.
A la verdad ambos éramos de la misma edad, pero por las diferencias raciales que había entre ambos, él se imaginaba que yo era mucho menor. Cuando me hacía preguntas yo no tenía la sabiduría ni la experiencia para responderle a la altura de la profundidad de sus inquietudes. En realidad los dos éramos casi adolecentes que luchábamos por encontrar un resquicio de la verdad. Él vivía en un país dominado por la dictadura del estado y yo provenía de otro dominado por la dictadura del capital. Yo estaba en su país con la esperanza de asimilarme a su cultura, mas él veía en mí una puerta hacia un mundo que intuía desconocido pero excitante.
Por eso siempre vivo con el remordimiento de que nunca fui sincero con él; pues en mi necesidad por encontrar en su cultura la respuesta a la crisis de mi cultura respondía a sus inquietudes con el sesgo de mi propio interés existencial, distorsionando la realidad del mundo occidental-capitalista, con el fin de reforzar en él el reconocimiento y la admiración por su propio mundo. ¡Con qué candidez nos autoengañamos los seres humanos!
Un día, en una de nuestras pláticas, me preguntó si yo había servido en el ejército. Su pregunta me hizo reflexionar. Por un momento pensé que Sasha comenzaba a ejercitar su rol de informante del partido. Yo venía de una cultura en la que se nos había inculcado que la URSS quería dominar a todo el mundo y su red de espionaje lo había abarcado todo. Comencé a recelar de sus preguntas, pero tenía que darle una respuesta inmediata. Nunca había servido en el ejército. Si le respondía que no, el concepto que se estaba formando de mí se iría por los suelos. Para los rusos ―y en especial para los jóvenes que conformaban la brigada― servir en el ejército era la muestra más exaltada del honor y la madurez personal. Así que volví a mentirle:
― Ah claro que sí, Sasha; ¿cómo crees que no voy a haber servido en el ejército? –le respondí con la mayor naturalidad.
Su rostro se iluminó y luego comenzó con una batería de preguntas sobre tipos de armamentos, marcas de tanques, alcances de objetivos, a las que yo respondía con marcas de automóviles y electrodomésticos, o recordando escenas de algunas películas de guerra que había visto en el cine. Cuando las interrogantes eran demasiado embarazosas, fingía no entender algunas palabras de su pregunta.
Un día, cansado de que él siempre hacía las preguntas y creaba los temas de conversación, tomé la iniciativa y le pregunté sobre su familia, su ciudad y su mundo. Su rostro se ensombreció cuando habló de su padre. Me contó que era un hombre alcohólico que golpeaba a su madre y que se había ido de la casa cuando él era un málchik (un púber). Me contó que su madre trabajaba en una fábrica de conservas de pescado de la ciudad en la que habían nacido: Vladivostok. Me dijo que él era el segundo de cuatro hermanos: dos varones y una mujer.
Cuando le pregunté por qué estaba en una universidad de Moscú me dijo que se lo había ganado por haber tenido un comportamiento destacado en el ejército. Me contó que sus planes eran ser ingeniero para luego asimilarse en el ejército nuevamente pues ―según él― “el ejército soviético es el fundamento sobre el cual existe la URSS y todo el poderío que ella representa”.
Y así transcurrían los días en la fábrica de ladrillos. Cada día nos sentíamos más amigos y hasta me hizo prometerle que cuando retornara al Perú le escribiría y haría todo lo posible para volver a encontrarnos, pero en mi país. Cuando estábamos en el láguerie me invitaba a su habitación para jugar los nuevos juegos de naipes que yo le había enseñado y que nunca había conocido. No le gustaba perder; por eso cuando yo comenzaba a ganar y no darle tregua, tiraba los naipes por los aires en medio de maldiciones rusas, y volviendo a relucir esa personalidad hosca y dura que se había construido para los demás…





Fue un día jueves. Ya faltaba apenas cinco días para dejar la fábrica de ladrillos y rotar a la última de las faenas programadas en Raievka: la granja de cerdos. Ese día amaneció nublado como si el clima estuviera anunciándonos algo malo y muy triste. Después de desayunar nos transportamos hasta la fábrica de ladrillos.
Como siempre, después de las faenas con los camiones que traían la materia prima para la fábrica, nos sentábamos a platicar y tomar refrescos. Yo estaba interesado en saber cómo era la labor en la granja de cerdos, pues él ya había pasado por eso. Pero justo cuando Sasha iba a comenzar a hablar se escuchó en la distancia el motor de un camión que se acercaba trayendo su carga de tierra. Cortamos la plática y subí para recibir al camión como ya era mi costumbre. Cuando hubo vaciado toda su carga, la unidad emprendió el camino de retorno, dejándome a mí y a Sasha en las labores de direccionar la materia prima hacia la faja transportadora.
Estando así en esas faenas escuché que Sasha gritaba. Sus gritos eran desgarradores y no podía entender qué era lo que decía pues la distancia y el ruido de los motores me lo impedía. Bajé la pendiente que me separaba del lugar donde Sasha laboraba a toda la velocidad que mi cuerpo me lo podía permitir. Cuando llegué a donde estaba mi compañero lo vi tendido sobre la tierra y con su mano derecha atascada entre la faja y el cilindro que patinaba con toda la fuerza que los motores le imprimían para seguir su inefable recorrido. Mis ojos no podían dar crédito a la escena. El cuerpo de Sasha convulsionaba por el dolor que le causaba toda la potencia del cilindro presionando su mano y parte del antebrazo. Inmediatamente me abalancé sobre su antebrazo derecho en un estúpido intento de sacar su brazo aprisionado entre la faja y el cilindro. Sasha lloraba y de sus labios solo salía una sola palabra: “Madre”, “madre”, “madre”…
Entonces al darme cuenta que yo no podía hacer nada por él, rodeé su cabeza con mis brazos y le dije que iba por ayuda. El seguía llorando y clamando por su madre. Me separé de él y corrí como un loco hacia la sala de máquinas. Cuando llegué el sonido dentro de ella era ensordecedor. Encontré al operario, un kazajo de edad madura que se entretenía llenando un crucigrama y sentando en la parte superior del tablero de las máquinas. Le grité en ruso que apagara los motores, pero el hombre solo me miraba como si le estuviese hablando en un idioma que nunca había escuchado. Yo me desesperé y comencé a hablarle –inconscientemente― en español. Pero era inútil, el hombre solo me miraba como un imbécil. Entonces salté hasta el asiento en que se encontraba cómodamente sentado y con ambas manos comencé ―desquiciadamente― a presionar botones y bajar switches, en un desesperado intento de hacerle entender que debía apagar los motores.
Al parecer entendió lo que quería decirle, y apagó los motores. Yo me apeé del tablero y dirigiéndome a la puerta le grité casi al borde las lágrimas que el brigadier se había accidentado. Mientras el maquinista corría en dirección de Sasha ―que ya no gritaba ni decía nada―, yo me dirigí hacia la sala de recepción de los adobes y avisé a todos los compañeros ―que habían detenido su trabajo por la paralización de la faja transportadora― que Sasha había sufrido un accidente.
Cuando llegamos todos hasta donde estaba Sasha lo encontramos sin sentido. El maquinista luchaba con una navaja por cortar en dos la faja transportadora, pero era una tarea muy difícil. Mientras, la sangre de Sasha iba tiñendo la faja y caía en gruesas gotas sobre la tierra. Hasta que cedió la faja y retiramos la mano de Sasha que presentaba un aspecto aterrador. Parecía la hoja de un árbol empapada en sangre. El maquinista aferró a su motocicleta un pequeño vagón en el cual depositamos el cuerpo inerte de Sasha.
Cuando el maquinista desapareció en el horizonte, una profunda tristeza se apoderó de mí mientras amargas lágrimas rodaban por mis mejillas, pues sentía que no había sido lo suficientemente rápido para pedir ayuda y rescatar a tiempo a mi amigo que ahora ―pensaba― agonizaba en la flor de su vida.
El accidente de Sasha precipitó los cronogramas establecidos, y Dimitri, que aún se encontraba en Alma Atá, ordenó que el retorno a Moscú se adelantara. También estableció que la rotación se haga inmediatamente, de modo que al día siguiente de los sucesos con Sasha ya no volvimos a la fábrica de ladrillos sino fuimos asignados a la última etapa de nuestra misión en Raievka: la granja de cerdos.
Lo ocurrido con Sasha era la comidilla de la brigada universitaria, pero nadie sabía dar razón de su estado ni adónde había sido conducido. Mientras el bus nos conducía hacia nuestro nuevo lugar de trabajo yo iba pensando en las cosas que habían pasado la tarde anterior. Aún me resultaba difícil asimilar lo ocurrido y, sobre todo, que Sasha ya no estaba entre nosotros y, quién sabe, qué podía pasarle. El nuevo jefe de nuestra brigada era ahora Oleg, un ruso que había sido parte de nuestro grupo desde cuando trabajábamos abriendo zanjas. Este Oleg era un muchacho medio taciturno, usaba unas gafas con unos cristales tan gruesos que sus ojos apenas si podían visualizarse. No tenía don de mando, pero si algo habíamos aprendido en la brigada de trabajo y en tan poco tiempo era respetar a quienes detentaban autoridad. Las pocas veces que hablaba lo hacía arrastrando las palabras e imprimiéndoles a ellas un musicalidad que parecía estar siempre dándonos consejos. Cuando veía algo que no le gustaba nos lo hacía ver añadiendo a sus palabras una larga sonrisa al tiempo que nosotros nos esforzábamos por encontrar sus ojos en el fondo de las gafas.
El primer día en la granja de cerdos fue insoportable. El trabajo consistía en la limpieza de decenas de corrales en los que se había criado cerdos. La orden era dejarlos limpios a fin de que luego de un tiempo volviesen a ser habitados por los paquidermos. La limpieza de las granjas se hacía con palanas, presionando con fuerza y levantando lentamente las gruesas costras de excremento que se habían ido acumulado quién sabe por cuánto tiempo. Al levantar las costras emanaba un gas increíblemente pestilente que provocaba casi inmediatamente la náusea.
Pero lo peor estaba aún por venir. La distancia entre las granjas y el láguerie era considerable y por medida de ahorro no podíamos ir hasta éste para almorzar y luego retornar en la tarde. Cerca de las granjas había una pequeña comunidad y desde ahí se dispuso traernos los alimentos. Por tanto, esta granja pestilente e inmunda iba a ser casi nuestro hogar los últimos días en Raievka. En ella habríamos ―además de laborar― tomar nuestros alimentos del mediodía y hacer la pequeña siesta, que también era un ancestral atributo de los rusos y kazajos.
Pero al tercer día, almorzar y hacer la siesta en medio de esta pestilencia, pasó a ser una cosa normal. Hay en la naturaleza humana un programa de respaldo que se activa en las situaciones más difíciles para hacernos posible la lucha por la supervivencia. Es esta nueva actitud hacia la adversidad la que nos ayuda a entender cómo muchos hombres, mujeres y niños sobrevivieron a las cárceles, guetos y campos de exterminio de todas las épocas e ideologías. Es como si en las circunstancias más terribles de nuestras existencias tomara el control el homo sapiens más elemental, que vive en nuestro interior, para ayudarnos a enfrentar la adversidad con la fuerza y la naturalidad de los albores de la vida. Algún día ―espero nunca ocurra― la tecnología que la humanidad ha creado sufrirá un inesperado colapso, pero solo esta fuerza que se nos ha implantado en la estructura vital de nuestros genes será la que nos ayudará a sobrevivir y renacer.
Y en Raievka ―apenas un pequeño punto en la inmensidad de una de las naciones más poderosas y extensas de nuestro planeta― la vida todavía se vivía en una escala embrionaria. La puesta del Sol era aún un espectáculo al perderse en el lado opuesto de la estepa de donde había salido. Una romántica lluvia podía convertirse, de un momento a otro, en una perfecta tormenta. El silencio era el telón de fondo de las mañanas, las tardes y las noches. El viento podía correr por la estepa, los bosques y el pueblo arrastrando su cola musical e inspirando a sus habitantes a evocar recuerdos y épocas. Los hombres, las mujeres y los niños aún se saludaban y hacían lo mismo con los forasteros. En Raievka cada día parecía igual; solo las personas se renovaban por el impulso irrefrenable de la esperanza y la imaginación.



Epílogo



Después de lo acontecido con Sasha mi estado de ánimo había decaído mucho. En las noches las pesadillas me asaltaban y el lamento de Sasha atrapado por la faja transportadora me hacía despertar acongojado. El trabajo en la granja de cerdos parecía ser la coronación de mi desdicha, y Walter y Oswaldo se habían dado cuenta de ello. A pesar de que me ayudaron en la labor de averiguar qué había sido de Sasha, tampoco tuvieron éxito y la incertidumbre era la única respuesta que teníamos sobre su situación.
Los días pasaron lentos pero llegó la hora de partir de Raievka y retornar a Moscú. El último día Dimitri dio una orden que a los tres peruanos nos sorprendió. Ordenó que los peruanski izaran la bandera de la URSS en el asta del láguerie. Esta era una acción que había sido un privilegio dominical exclusivo de los rusos, hasta el último día en que se nos dio este privilegio a nosotros. Walter, Oswaldo y yo teníamos mucha paz interior cuando nos despedimos de la gente que acudió para vernos subir al bus que nos llevaría a la estación del tren. Durante el viaje de retorno ―tanto en el tren como en el avión que finalmente nos llevó hasta Moscú― casi no hablamos entre nosotros porque nuestras mentes estaban ocupadas en los recuerdos, en las experiencias y en las vidas que entraron en contacto con nosotros en Raievka.
Han transcurrido tantos años desde nuestro viaje a Kazajtán. El tiempo ha cambiado muchas cosas. Ahora Kazajtán ya no es más una república de la URSS porque ésta simplemente desapareció en el torrente de la historia. Ahora es una nación independiente que ha reconstruido sus sueños y su destino, aquilatando lo mejor de las culturas rusa, asiática y del medio oriente. Su capital ya no es Alma Atá sino Astaná; pero Alma Atá (Almaty como la llaman los kazajos) sigue siendo la ciudad más importante y emprendedora de ese bello país.
Cuando llegamos a Moscú nos quedaban apenas quince días de las vacaciones de verano. El otoño comenzaba a pintar sus primeros colores. Reinsertarnos nuevamente en la vida de una ciudad grande y cosmopolita como Moscú fue un nuevo desafío. Una noche, entre sueños, escuché que gritaban, y me levanté sonámbulamente hacia el exterior de la residencia estudiantil, despertándome abruptamente por la lluvia que caía sobre mi cabeza. Había creído que aún estaba en el láguerie, y los gritos que había escuchado ―a la sazón el vocinglerío de los estudiantes africanos llegando de madrugada a sus habitaciones― los había confundido con aquellos que diariamente nos llamaban a levantarnos para ir a trabajar.
Poco a poco me fui reponiendo de Raievka. Un día, cuando ya había comenzado mis estudios de carrera en la universidad, se acerca Oleg para darme una gran noticia: Sasha había salido del hospital y había retornado a la universidad. Me dijo: “Lo puedes encontrar en el comedor a la hora del almuerzo”. Cuando llegué al comedor y le vi, corrí hacia él y Sasha no pudo contener las lágrimas. Nos abrazamos y me dijo: “Spasiba, Fedia; spasiba!”, que en ruso significa: “¡Gracias, Fedia; gracias!”.
Dialogamos brevemente y me contó que no pudieron salvarle la mano. De ahí lo volví a ver en dos o tres oportunidades más, saludándonos muy cordialmente. Luego no lo volví a ver ya más porque poco después yo abandonaría la URSS rumbo a Alemania Occidental, en la búsqueda de reinventar mi vida y mis creencias. Tampoco supe más de Walter y Oswaldo sino hasta hace poco que reconocí a Oswaldo en un programa de televisión limeño en el que lo entrevistaban en su calidad de congresista de la república. Oswaldo llegó a ser, además de político, un reputado físico espacial; mas de Walter no llegué a saber nada hasta ahora.
Cuando dejé Rusa, entre mi equipaje, llevaba mi cámara fotográfica profesional con un equipo completo de revelado que compré con parte de lo que me pagaron por mi trabajo en Raievka, y del que me había enamorado en un escaparate de una tienda apenas llegado a Moscú. Con el resto del dinero compré libros que luego regalé porque no podía llevármelos a Occidente.



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