martes, 23 de diciembre de 2014

Compuleg (Memorias)


Por Freddy Ortiz Regis


“Si una persona es perseverante, aunque sea dura de entendimiento, se hará inteligente; y aunque sea débil se transformará en fuerte” ―Leonardo Da Vinci.


Qué es Compuleg

Compuleg es un software de gestión de información legal (legislación, jurisprudencia y doctrina). En la actualidad es dueña de los derechos la empresa Gaceta Jurídica/Gaceta Consultores que tiene su sede en la ciudad de Lima. Esta organización adquirió los derechos de la Empresa Editora Normas Legales de Trujillo en el año 2006.





Su página web define el producto y el servicio en los siguientes términos:

“COMPULEG, un software jurídico y principal producto que contiene una gran base de datos que almacena información jurídica de importancia para los profesionales de nuestro país: Legislación, Jurisprudencia, DoctrinaPlenos jurisdiccionales, TUPAS y Tratados Internacionales de los que el Perú es parte.

“La base de datos de legislación data desde 1902 y a partir de 1979 a la actualidad a texto completo. La amplitud de la información permite consultar miles de Leyes, Decretos Legislativos, Decretos Supremos, Resoluciones Ministeriales, Ordenanzas, etc. que regulan las diversas actividades de nuestro país. El contenido de la información de COMPULEG se presenta actualizada, concordada y con inclusión de Fe de Erratas en sus textos.

“Incluye variada Jurisprudencia en todas las materias del Derecho, incluyéndose datos importantes como Sumilla (razón de ser de la Resolución), Procedencia, Referencias Legales (sustento legal de la resolución).

“Asimismo, interesantes artículos de reconocidos juristas nacionales y extranjeros han sido e incorporados en la sección de Doctrina.”


Compuleg es, sin duda, el más completo programa de acceso a información legal que existe en nuestro país. Su costo ―en la versión 6.1― bordea los 80,000 nuevos soles (aprox. 27,500 dólares americanos) y son usuarios de este sistema las principales organizaciones públicas y privadas del país.


La historia de los orígenes de Compuleg

Viene a mi memoria, así como el deseo de escribir este artículo, un conjunto de vivencias que considero necesario compartir a fin de que no queden en el anonimato y sirvan, al mismo tiempo, como un ejemplo de la vida diaria: De cómo a pesar de las limitaciones que como personas, grupo o comunidad podamos tener, es posible, dando lo mejor de nosotros mismos, concretar proyectos y crear valor, que mejorará no solo nuestras vidas sino también las de los demás.

Cuando retorné al Perú a comienzos de la década de los 80s ―desilusionado de mis sueños de forjarme una carrera profesional y un porvenir en Rusia, por razones que algún día compartiré, pero que se sustentan mucho en la entereza de mis principios― se inició en mí un período caracterizado por una constante y ardiente búsqueda por encontrar una respuesta a mi “fracaso” en el extranjero. No solo mis padres sino también mis familiares y amigos habían puesto su confianza en mí, y retornar de Europa, sin haber alcanzado la meta que me había propuesto en el extranjero, hacía que mi alma se debatiera en una crisis existencial de la que nadie podía liberarme.

Mi único refugio fueron los libros. Me pasaba casi todo el día encerrado en mi habitación leyendo libros de historia, filosofía y literatura. Mis padres sufrían calladamente porque su hijo no daba señales de interactuar con el “mundo exterior” y, menos aún, de retomar el sendero de una carrera profesional.

Pero mi desilusión no solo era con lo que había creído sino también con el sistema educacional: El método académico ―al que consideraba desde adolescente como obsoleto y martirizante― se erigía ante mí como un dictador al que no estaba dispuesto jamás a arrodillarme.

Por esos años, mi hermano Carlos, consiguió un puesto como locutor en una radio local. Conjuntamente con sus estudios de medicina se agenciaba de recursos económicos trabajando como discjokey y animador de espectáculos públicos. Cierto día se acercó a mí, y sacándome del ensueño de mis lecturas me dijo:

― Hermano, ¿no quisieras trabajar en radio Star?

 Yo lo escuché y quedé mirando como si sus palabras vinieran de alguno de los mundos en que me encontraba.

― ¿Cómo así, hermano? ―le respondí.

― Mira, en radio Star necesitan un director para el radionoticiero ―me dijo.

Trabajar en una radio... Nunca había sido una persona con facilidad de palabra oral. A diferencia de otros que con un micrófono se les abría el mundo, yo me sentía más cómodo y desinhibido teniendo frente a mí una máquina de escribir.

― ¿Y qué es lo que tengo que hacer? ―respondí a mi hermano, que esperaba impaciente mi respuesta.

― Tienes que dirigir y coordinar la redacción de las noticias y el editorial ―me dijo.

Yo volví a sumirme en mis pensamientos. Si lo que decía mi hermano era correcto, entonces tenía que escribir más que hablar. Esta era mi oportunidad.

― ¡Sí! ―le respondí.

Lo que me pasó como director del radionoticiero Star 1540 será motivo de otro artículo pero, por ahora, adelanto que en poco tiempo logramos ―gracias a la colaboración y el trabajo en equipo de profesionales a carta cabal― posicionarnos en el primer lugar de la sintonía en el género del radioperiodismo trujillano.

Pero evoco este acontecimiento en mi vida porque fue de suma importancia en mi desarrollo personal. La dirección de un radionoticiero me permitió trabajar en equipo, generarme confianza propia y, sobre todo, demostrarme a mí mismo y a los demás que una atmósfera de libertad es esencial para el despliegue de las mejores capacidades y cualidades de las personas.

Después de trabajar en radio Star ingresé ―para la alegría de mis padres y de mis hermanos― a la facultad de derecho y ciencias políticas de la Universidad Nacional de Trujillo. Pero no pasó ni dos años para que ese sentimiento contestatario contra el sistema académico terminara por sacarme de los claustros universitarios y recayera en una profunda depresión que me devolvió nuevamente a los libros y a una vida casi monacal.

― Se acabó, papá ―le dije ―, no volveré a estudiar nunca más en la universidad. Prefiero trabajar.

Fue en ese período de mi vida que mis lecturas me llevaron a la Biblia y acepté a Jesús como mi Señor y Salvador personal. Y también fue en ese período en que la Empresa Editora Normas Legales convocó a un corrector de ediciones.

Recuerdo muy claramente la mañana en que con el recorte del aviso en el periódico me presenté ante el jefe de ediciones Franco Chico Colugna. Cuando lo vi lo recordé inmediatamente: No hacía muy poco ambos habíamos sido ganadores de los juegos florales de la facultad de medicina de la Universidad Nacional de Trujillo. Así que nuestro encuentro no pudo ser más grato. Después de leer mi curriculum vitae y platicar sobre nuestra común vocación por la literatura nos despedimos con el compromiso de su parte de mantenerme informado de los resultados de la convocatoria.

No recuerdo cuántos días pasaron, pero Franco Chico me hizo llegar una comunicación informándome que había sido seleccionado para ocupar la vacante de corrector de ediciones.

Yo estaba muy contento y a la vez muy nervioso. Mi familia me felicitó y mi papá ―algo reticente― también me abrazó y me deseó lo mejor.

Cuando entré a la editorial Normas Legales no me imaginaba lo que esta empresa habría de significar en mi vida y cómo me impactaría hasta la actualidad. Me presentaron a mis compañeros de trabajo entre los cuales estaba Manuel Antonio Ledesma a quien también ya conocía por haber frecuentado ―en los albores de mi descubrimiento de Cristo― el círculo de la comunidad universitaria católica (CUC). También me presentaron al gerente que, por esa época, era Alejandro Santa María, sobrino del socio mayoritario de la empresa, don Luis Santa María Calderón.

Mi labor consistía en revisar y corregir los borradores de las normas legales que los digitadores almacenaban en máquinas de escribir eléctricas. La fuente era el diario oficial El Peruano y mi misión era asegurar la intangibilidad de las normas legales y fallos jurisprudenciales que diariamente constituían el universo legal del país. A mi lado trabajaba Silvana Mantilla quien me leía en voz alta los originales del diario oficial mientras yo ―lapicero en mano― iba detectando y anotando marginalmente los errores de tipeo que eventual y naturalmente los digitadores cometían durante el proceso de la transcripción de las normas y la jurisprudencia.

Como podrá comprenderse mi trabajo se convirtió prontamente en algo monótono y rutinario para mí, por lo que comencé a sentirme inconforme con él. Así, a fin de superar la monotonía, decidí dar un valor agregado a la redacción de las normas corrigiendo gruesos errores gramaticales que la administración pública cometía en su redacción. A veces me extralimitaba y mis jefes me llamaban la atención pues la intangibilidad de las normas estaba por encima de cualquier cosa a fin de no correr riesgos y asumir responsabilidades extracontractuales que podrían ser negativas para la empresa. Lo entendí y llegamos a un punto de equilibrio.

Y así pasaron algunos años haciendo el mismo trabajo. Corría el año 1989 y asumió la gerencia de la empresa Orlando PoncePolanco. Al año siguiente, el nuevo gerente decidió dar un paso trascendental en la vida de la editorial: La informatización de todos los niveles de la organización.

Gerente Orlando Ponce Polanco acompañado de parte del
personal femenino de Normas Legales SAC

Cuando se comunicó esta decisión gerencial una sensación de agitación e incertidumbre se apoderó de todos. Hasta ahora habíamos visto las computadoras en algunos bancos y en las películas; y el solo hecho de que estos misteriosos artefactos llegarían a nuestro centro de trabajo era de por sí un acontecimiento que nos provocaba una gran ansiedad.

Y el día llegó. En la puerta de la empresa se estacionó un gran camión del cual comenzaron a bajar, en grandes cajas cuadradas y de cartón, las maravillosas computadoras. Todos nos mirábamos sin poder disimular nuestra aprehensión.

Pasaron algunos días y las flamantes computadoras seguían en sus cajas. Poco a poco se fue descongestionando algunos ambientes de la editorial y finalmente se decidió un lugar en donde ponerlas para capacitar –por turnos- al personal de las diferentes áreas.

Yo no podía aguantar más. Una mañana, en un paréntesis de mi labor como corrector, me deslicé hasta el área en que se encontraban las computadoras; abrí la puerta que no estaba con seguro, y entré.

Ahí estaban esas maravillas, una a continuación de otra, encendidas y deslumbrantes como inteligencias extrahumanas listas para interactuar con nosotros. No podía explicármelo, pero entre ellas y yo se produjo inmediatamente un amor a primera vista. Me acerqué lentamente hacia una de ellas envuelto en el refinado sonido que emitían sus componentes internos. No había nadie y mis ojos se posaron en el brillante símbolo de su sistema operativo ―“C:\DOS>”― que parpadeaba sobre una pantalla monocromática. Luego mis manos se posaron sobre el teclado que me parecía extraído de un capítulo de la serie Viaje a las estrellas. No lo podía creer. ¡Estaban delante de mí y muy pronto interactuaría con ellas!



Histórica PC que llevó la informática a las empresas y a los hogares


Parpadeante símbolo del sistema operativo DOS que daba "vida" a las PC 

De pronto el mundo de ensueño en el que me encontraba absorto se desplomó. Sentí a mis espaldas la puerta abrirse y una voz parca y relativamente irritada que me dijo:

― Señor Ortiz, ¿esta es su área de trabajo?

Yo me volví y era ―nada más y nada menos― que el señor gerente.

― Perdón ―le contesté sin poder ocultar mi sorpresa y vergüenza.

Pasé por su lado ―rojo como un tomate― y salí del área de computadoras para dirigirme al área de corrección de ediciones. Tomé mi lapicero y me enterré en la revisión de los borradores mientras mi compañera de trabajo me leía sin parar los originales de El Peruano. Pero mi mente se había quedado en la sala de computadoras y nunca más ―hasta el día en que estoy escribiendo estas líneas― me separé de ellas.

El período de capacitación merece un capítulo aparte pues son muchas las anécdotas que puedo compartir sobre las primeras impresiones de mis compañeros de trabajo con la computadora. Al final de la capacitación todos nos sentíamos que habíamos madurado mucho y que un nuevo mundo y un nuevo intercambio con la realidad se abría delante de nosotros. Por esa época, en los albores de la PC (Personal Computer) había que dominar el sistema operativo DOS (Disk Operating System) y estructurar cada una de las instrucciones que se le daba a la computadora. Conceptos como hardware y software pasaron a formar parte del ambiente de trabajo así como de la comprensión del mundo que avanzaba hacia el final del siglo XX.

El sistema de ediciones sufrió cambios revolucionarios no solo en la concepción de diseño y procesamiento de las labores cotidianas sino también en la forma de interactuar entre compañeros con un nuevo intermediario: el ordenador.

Se dejaron de lado las composers que eran las máquinas eléctricas que imprimían lo que se digitaba sobre largas sábanas de papel para pasar a la digitación de las normas legales y su grabación en diskets, los que luego eran copiados y entregados al área de corrección y corregidos directamente en la pantalla del ordenador sin necesidad de imprimirse y corregirse manualmente manualmente.


Histórica composer que antecedió a la llegada de la PC en la edición de textos


Los discos flexibles (diskets): Las nuevas unidades de memoria de las PC

Con la aplicación de la nueva tecnología informática el tiempo de corrección se redujo considerablemente y me quedaba tiempo libre. Ese tiempo lo dedicaba a explorar y conocer al máximo el procesador de textos que el jefe de producción JesúsSantos Fernández había elegido para la editorial Normas Legales: el Microsoft Word.

Cada día que pasaba aprendiéndolo y compartiendo con mis compañeros de trabajo me compenetraba más y más con la lógica informática y las infinitas posibilidades que se abrían para el tratamiento y la edición de textos. La PC era la llave que nos comunicaba con el micromundo de la electrónica. Con la PC unimos nuestro macrocosmos con el microcosmos. Nuestros pensamientos ya no solo estaban en nuestros cerebros y en el papel; también estaban en el micromundo del átomo y del electrón; en el byte y en el bit.

Cuando llegaba a casa y miraba mi vieja máquina de escribir Royal me sentía un habitante de otro mundo que miraba con aire de superioridad las cosas y los objetos que habían marcado el sendero de la antigüedad. “Algún día tendré mi propia computadora, en mi casa”, me decía mientras mi mirada se paseaba por el techo de mi habitación esperando que el sueño me abrazara.


Mi vieja máquina de escribir Royal, en la que jugaba a ser escritor

Poco a poco comencé a dejar de lado mi vieja máquina de escribir y aprovechaba los espacios libres que me daba mi labor en la editorial para escribir y deleitarme en el Word y en las placenteras posibilidades de corrección, re-redacción, reproducción y edición que ofrecía este fantástico programa. Hasta que llegó el día en que escribir en la vieja máquina Royal se convirtió en una tarea penosa pues era tanta mi integración con el Word que me había incapacitado para seguir golpeando sus viejas y obsoletas teclas.

Una de las características que más me impresionó del Word fue su velocidad de procesamiento. Bastaba pulsar una combinación de teclas para activar una ventana de búsqueda y encontrar lo que uno deseara en el documento en milésimas de segundo. ¿Y si esta velocidad se empleara para hacer una base de datos de la legislación que la editorial publicaba que permitiera su ubicación en la página de la revista de forma inmediata?, comencé a inquirirme.


Hermosa pantalla de bienvenida del Word, maravilloso procesador de textos


Entonces empecé a elaborar una tabla con varias columnas conteniendo el número de registro, el número de la norma, una breve sumilla (resumen) del dispositivo legal, y el número de la página en que se encontraba en la revista. Al final me quedé con una tabla que tenía cien registros y comencé a ensayar búsquedas cuyos resultados aparecían inmediatamente.

Yo estaba superemocionado y no esperé mucho tiempo para solicitar una entrevista con el gerente.

Una tarde el gerente Ponce Polanco me llamó a su oficina y me pidió que le explicara en qué consistía mi descubrimiento. Le expliqué que con el Word podíamos hacer una base de datos y encontrar la norma legal que deseáramos en apenas milisegundos.

Después de hacerle la demostración pude ver en su rostro dos sentimientos encontrados: uno, que la demostración no lo había convencido mucho, y dos, que se había entreabierto una puerta hacia un mundo nuevo y prometedor.

― Hay que afinar esto, Freddy ―me dijo, en el sentido de alguien que no obstante carecer de la profundidad del conocimiento que yo tenía del Word sí podía proyectarse en la dirección correcta.

Yo salí de la gerencia algo descorazonado.

No pasó mucho tiempo para darme cuenta que Word no era la herramienta apropiada para gestionar una base de datos. Era como si hubiera estado tratando de comer spaghetti con cuchara en vez de tenedor. El descubrimiento fue casi fortuito. Una noche, caminando por las calles de Trujillo, entré a una librería. Me dirigí a la zona de libros de computación e informática y comencé a hojear varios de ellos hasta que me topé con uno que se titulaba Introducción a las bases de datos con dBase III Plus (1). Me bastó leer la introducción del libro para saber que lo ¡había encontrado!

Salí de la librería con el libro envuelto y llegué a mi casa lleno de felicidad pues sabía que había encontrado la herramienta que necesitaba para gestionar una base de datos. Al día siguiente, después del trabajo, salí a buscar el programa a fin de instalarlo en la PC que me habían asignado en el área de corrección.

Después de instalar el software comencé a leer el libro paralelamente con la gestión del programa. Descubrí que dBase III Plus podía interactuar con Word, lo que significaba que el procesador de textos podía ser usado para digitar los registros de la base de datos separando los campos solamente por comas (,) y, posteriormente, ser absorbidos por una base de datos en formato dBase.

Una vez alimentada la base de datos se procedía a activar el programa dBase III Plus y se podía gestionar aquélla obteniendo los resultados más complejos y acabados que se podía uno imaginar. Además, dBase III Plus poseía un lenguaje de programación que nos permitía programar un sistema de entrada, gestión y reportes, o bien por separado o todos juntos en un menú cuyo diseño era posible también realizar con el programa.

¡Nada qué ver con Word! Me sentí avergonzado por tratar de impresionar a la gerencia con una base de datos gestionada con un procesador de textos…

El primer paso que di fue crear la estructura de la base de datos haciendo uso de las características específicas para los diferentes campos que la componen (Carácter, Numérico, Fecha, Lógico y Memo). Una vez creada la estructura se agregó el contenido desde un formato de texto en Word previamente digitado (más tarde se prescindió del Word al programar una interfase exclusivamente de ingreso de información desde dBase III Plus).


Potente software de gestión de bases de datos que permitió
el desarrollo de las primeras versiones de Compuleg

La primera base de datos comprendió mil registros que fueron extraídos de la información que se tipeaba en el área de digitación. La segunda fase consistió en programar el sistema de gestión de la información con reportes especializados que permitiera al usuario acceder a una norma desde diferentes opciones de búsqueda:

  • Búsqueda numérica. Esta subopción permitía al usuario encontrar un dispositivo (u obtener una lista de ellos) utilizando como parámetros de búsqueda los elementos de datos que conforman el código alfanumérico de la norma; p. ej.: DS 025-90-EF.
  • Búsqueda analítica. Esta subopción permitía al usuario encontrar un dispositivo (u obtener una lista de ellos) utilizando como parámetros de búsqueda las voces o ideas que se encuentran legisladas en las normas; p.ej. precios, impuesto general a las ventas, carreteras, estados financieros, pasaporte, etc. Contenía la posibilidad de buscar en dos niveles -por ejemplo precios: construcción- permitiéndonos restringir el radio de acción de la búsqueda.
  • Búsqueda temática. Esta subopción permitía al usuario encontrar un dispositivo (u obtener una lista de ellos) utilizando como parámetros los grandes temas de la legislación implícitos en cada uno de los dispositivos emitidos por los órganos competentes; p. ej.: regionalización, energía y minas, tributación, banca y seguros, etc.
  • Búsqueda cronológica. Esta subopción permitía al usuario encontrar un dispositivo (u obtener una lista de ellos) utilizando como parámetros las fechas de promulgación y/o publicación. Esta subopción era oportuna cuando se desconocía el código del dipositivo, pero se conoce con exacta o alguna aproximación la fecha de promulgación y/o publicación.
  • Búsqueda registral. Esta subopción permitía al usuario encontrar un dispositivo (u obtener una lista de ellos) utilizando como parámetros el código alfanumérico de la norma. Esta subopción recorría todas las bases de datos. Asimismo permitía -si el usuario conoce el número de registro del dispositivo en determinada base de datos- dirigirse directamente a una norma con sólo ingresar un número (de registro).

Los resultados de las búsquedas (reportes) generaban salidas (outputs) que podían imprimirse o grabarse en archivos digitales.

Cuando presenté la “nueva” versión de mi proyecto a la gerencia, otro fue el resultado. En el rostro de Orlando Ponce se dibujaba una amplia sonrisa. Después de felicitarme por el logro alcanzado me preguntó cómo se llamaría el sistema, a lo que respondí:

― ¡Compuleg! (2)

A la semana siguiente la gerencia convocó al directorio de la editorial así como a personal clave de la empresa entre los que se encontraban Manuel A. Ledesma (el nuevo jefe de ediciones), Jesús Santos Fernández (jefe de producción) y otros jefes de las diferentes áreas de la organización.

Terminada mi exposición, la decisión estaba tomada. La empresa ahora tenía un nuevo producto al que había que explotar y maximizar.

Después de la informatización de la empresa, Compuleg, representó la segunda ola revolucionaria en el desarrollo y crecimiento de Normas Legales S.A.C. El servicio inicial que el nuevo producto brindó fue optimizar la edición ordinaria de la revista Normas Legales así como sus ediciones extraordinarias.

Compuleg permitió generar los más variados índices de las revistas en solo segundos y apoyar la edición de publicaciones extraordinarias (vivienda, banca y seguros, comunicaciones, etc.) en tiempos récord. Además ayudó a consolidar la fidelidad de los clientes (fidelización) gracias a la inserción ―intratexto en los dispositivos legales― de referencias a las ediciones anteriores de Normas Legales (tomo y número de página). De esta manera, los usuarios de la revista, cuando se encontraban con la concordancia legal de una norma con otra podían encontrar su ubicación inmediatamente en la colección histórica de la revista.

Yo dejé mi labor como corrector de textos y pasé a dedicarme ―con el apoyo de Manuel A. Ledesma― en la gestión y el soporte de Compuleg a las ediciones ordinarias y extraordinarias de la revista Normas Legales. Me sentía muy orgulloso de los logros obtenidos en el seno de la empresa y sentía el aprecio no solo de la gerencia sino también de mis compañeros de trabajo. Nunca pedí nada más que mi remuneración normal a pesar del desarrollo proporcionado a la organización y los valores agregados que se insertaron en sus productos. Tampoco pedí derechos de autor ni nada por el estilo. Y aunque el directorio nunca fue efusivo en reconocerme méritos y/o reconocimientos, yo me sentía conforme conmigo mismo, pues para mí la mejor contraprestación que podía recibir consistía en el conocimiento informático y la experiencia que autodidactamente había logrado aquilatar. Una vez más los libros habían sido mis mejores aliados y la empresa ―no un claustro universitario― había sido mi alma mater.


Compuleg, la nueva generación

Para que Compuleg en su versión dBase III Plus pueda ser comercialmente viable, tenía que independizarse del software de gestión, es decir de dBase III Plus. Los potenciales clientes no deberían ser obligados a instalar dBase III Plus en sus PCs; Compuleg debería correr en sus ordenadores de manera independiente, sin necesidad de un programa de gestión.

La respuesta a esta necesidad la ofrecía un nuevo programa denominado Clipper. Clipper trabajaba en modo compilador puro generando un código objeto binario; el paquete proveía también un enlazador (RTLINK o DLINK) que con el módulo objeto y las bibliotecas de preenlace generaba un módulo ejecutable directo. Esto último le otorgaba a las aplicaciones Clipper una velocidad que otros manejadores de bases de datos no poseían, y, la única desventaja, era la necesidad de recompilar y enlazar nuevamente cada vez que se corregía algún error en el código fuente.



Clipper, software de gestión de base de datos que permitió
la independización de Compuleg de dBase III Plus

Vemos, pues, que lo más importante de Clipper era su capacidad para generar un archivo ejecutable (.EXE) que otorgaba independencia total a Compuleg.

Normas Legales creó una nueva división en la empresa denominada con el nombre del nuevo producto. Se contrató nuevo personal tanto para la alimentación de las bases de datos como para la nueva programación, ahora en Clipper. Vienen a mi memoria los nombres de tres brillantes y talentosos expertos en programación que se sumaron al proyecto de preparar una versión comercial ―el Compuleg 2.0: John Anhuaman, Enrique Dioses  y Juan Santos Fernández, hermano de nuestro jefe de producción.

En el ínterin de la producción de la versión 2.0 de Compuleg, la empresa, en coordinación con el CESEN (Centro de Estudios Socioeconómicos del Norte), con el auspicio de la Universidad Nacional de Trujillo y la empresa Graña y Montero, organizó un seminario titulado Informática Jurídica con el propósito de presentar el Compuleg a la comunidad jurídica. Entre los expositores estaba ―además del jefe de ediciones Manuel A. Ledesma y yo― el connotado maestro y jurista nacional Fernando deTrazegnies Granda. La presentación se realizó en el Colegio de Abogados de La Libertad y las exposiciones fueron las siguientes: Manuel A. Ledesma expuso el tema Aplicación de la informática para abogados y empresas, Fernando de Trazegnies expuso el tema La computadora y el derecho, y yo expuse el tema Compuleg:Descripción de un programa de gestión legislativa piloto.


Dossier del Seminario de Informática Jurídica en donde
se presentó el Compuleg a la comunidad trujillana y nacional

Después de esta presentación siguieron muchas más en provincias y en la capital de la república. Un equipo conformado por Manuel A. Ledesma, Enrique Dioses y yo presentamos el Compuleg 2.0 en las mejores universidades del país recibiendo una gran acogida. Nunca olvidaré nuestra presentación en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos que se caracterizó por una afluencia casi multitudinaria y un desbordante interés de sus jóvenes estudiantes que rebasó todas nuestras expectativas.

Pero las empresas ―como la vida misma― también tienen sus períodos de crecimiento, auge y decadencia (3). Corría el año 1991 y, en pleno auge del nuevo proyecto, el directorio de Normas Legales S.A.C. puso una nueva gerencia que implantó en la organización formas y estilos que ―en mi humilde opinión― eran incompatibles con los nuevos tiempos empresariales.

De la atmósfera de camaradería, respeto y apoyo que caracterizó mi relación con la gerencia se pasó a una de indiferencia, verticalidad y desprecio. Acostumbrado a moverme en espacios de libertad y tolerancia como único caldo de cultivo de la creatividad y la innovación, consideré como una necesidad vital presentar mi renuncia a la editorial.

La renuncia fue inmediatamente aceptada por la nueva gerencia, pero se me propuso continuar aún ligado al proyecto de la versión comercial de Compuleg vía contrato de locación de servicios. Aunque hasta ahora desconozco la razón por la cual la gerencia no cortó definitivamente toda vinculación con mi persona, lo cierto es que a la primera oportunidad que tuvo desconoció nuestro contrato y lo dio por terminado basándose en razones totalmente ajenas a la naturaleza de la locación de servicios.

Fue así como en 1992, después de cinco años de brindar mis servicios en la editorial Normas Legales, terminó mi aventura en dicha empresa. Fueron cinco años de intenso aprendizaje material y espiritual que me permitió no solo demostrarme a mí mismo mis capacidades de crecimiento y servicio sino también dar un testimonio del amor y el poder de Dios en mi vida.

Lo que pasó después en mi vida será materia de nuevas memorias. El campo de la vida empresarial independiente ―o sea no subordinado a terceros― se abrió para mí y ahora estaba premunido de nuevas armas y conocimientos. Espero Dios me dé vida para compartir todas mis memorias (bueno, no todo, porque hay cosas que no es posible ni necesario compartirlas) sobre mis experiencias en el ámbito empresarial y profesional, pues retorné a la universidad y completé mis estudios de derecho.

¿Qué pasó con Compuleg y con la editora Normas Legales en los años siguientes a mi salida? Pues se cosechó lo que se  sembró. Compuleg continuó desarrollándose hasta convertirse en una versión muy avanzada (la versión 6.1) que añadió ―al servicio de gestión de legislación― jurisprudencia y doctrina en el entorno Windows. Nuevos retos fueron alcanzados bajo el liderazgo de nuevos colaboradores que fueron convocados para hacer de Compuleg el software informático-jurídico más importante del país.

Sin embargo, el empuje y dinamismo que representó Compuleg en la vida de Normas Legales S.A.C. no fue suficiente para que esta organización sobreviva frente a los competidores que aparecieron en el mercado de las publicaciones jurídicas. Por ello, en el año 2006 la editora Normas Legales S.A.C. dejó de existir y fue absorbida por la empresa Gaceta Jurídica. Así llegó a su fin la vida de una organización que desde 1941 hasta los primeros días de diciembre de 2006 permaneció como la empresa líder en el mercado de la difusión normativa en el Perú.



Epílogo

He escrito estas memorias sobre mi paso por la editora Normas Legales y la creación de Compuleg con la única intención de que mi experiencia sirva para muchos jóvenes que no se sienten conformes con su situación presente.  Los jóvenes tienen la fuerza, el impulso y la audacia para salir adelante solos y no depender de las migajas que el mundo de los adultos les pueda ofrecer. Dios ha creado un universo multiforme y multivariante para que sus criaturas puedan alcanzar la felicidad a través de múltiples caminos y plataformas. La lucha es, por tanto, contra las fuerzas que pretenden encasillar la vida en estereotipos y condicionamientos existenciales. Los jóvenes no tienen que pagar derecho de piso; ellos crean el piso de las sociedades emergentes. 

Mi experiencia en Normas Legales es una demostración de hasta dónde los jóvenes pueden llegar si son perseverantes y no se dan por vencidos. A pesar de las limitaciones que los condicionamientos sociales pretenden imponer, es posible alcanzar el éxito creyendo en uno mismo y confiando en Dios como amigo y socio de la vida.

La clave del éxito no está en los bienes materiales que se puedan acumular sino en la riqueza espiritual que deja el servicio a los demás. Hay que seguir adelante y madurar la idea que Dios ha puesto en nuestros corazones como una semilla que está llamada a dar fruto. En ese proceso de maduración de una idea-fuerza encontraremos aliados y enemigos.

Las prosperidad de las grandes sociedades que hoy conforman el llamado primer mundo no ha estado solo en la acumulación de riquezas (muchas de ellas obtenidas a fuerza de la rapiña) sino también en la formación y consolidación de una clase dirigencial enfocada en valores supremos como el trabajo, la disciplina, la recreación y la gratitud. Estos valores luego se han desplegado hacia todos los miembros de la sociedad conformando comunidades sustentadas en principios sólidos de solidaridad y emprendimiento.

Cuando hay amor hacia lo que uno cree, y a este amor se agrega la bendición de Dios, entonces hasta lo poco que somos o tenemos se convierte en un valor todopoderoso. Miremos a Moisés cómo con un palo hizo frente a faraón y al ejército más poderoso de su época. También se cuenta de Walt Disney, fundador de Disney Company, que se encontraba tan falto de medios en sus comienzos que, en sus primeras películas, doblaba con su propia voz en falsete al ratón Mickey.

Otro enemigo que hay que vencer en la lucha por la vida es el temor. He conocido a muchas personas que no dan un paso o dicen una palabra si no miden el efecto que sus actos pueden tener en las personas de quienes dependen o temen. Esas personas nunca podrán desarrollar sus propias potencialidades porque han renunciado tanto a ser ellas mismas como a su derecho a hacer realidad sus sueños.

En mi paso por Normas Legales tuve que enfrentarme muchas veces no solo con la dirigencia sino también con algunos compañeros de trabajo para hacer prevalecer mis puntos de vista o denunciar un comportamiento que consideraba reñido con los principios de veracidad y justicia. Nunca tuve miedo de ser despedido porque amaba lo que hacía y confiaba en Aquel que era mi sustento. Gracias a Dios más fueron quienes me apoyaron que quienes me combatieron. Por ello puedo decir, a estas alturas de mi vida, que he comprobado en el campo de la experiencia lo que Jesús dijo en Juan 4:18: “El amor echa fuera el miedo”.

También hay otro valor que es imprescindible tener en cuenta en nuestras relaciones con los demás, y sobre todo, en el ámbito de una organización. Me refiero a la lealtad. “La lealtad es un corresponder, una obligación que se tiene con los demás. Es un compromiso a defender lo que creemos y en quien creemos. La lealtad es un valor, pues quien es traidor se queda solo. Cuando somos leales, logramos llevar la amistad y cualquier otra relación a su etapa más profunda. Todos podemos tener un amigo superficial, o trabajar en un lugar simplemente porque nos pagan. Sin embargo, la lealtad implica un compromiso que va más hondo: es el estar con un amigo en las buenas y en las malas, es el trabajar no solo porque nos pagan, sino porque tenemos un compromiso más profundo con la empresa en donde trabajamos, y con la sociedad misma”. (4)

La lealtad envuelve la discreción y la confidencialidad. Durante mi paso por Normas Legales no solo hice de corrector de ediciones sino también de programador, traductor, consejero y consultor. En cada una de esas funciones llegue a conocer información que hasta ahora conservo solo en mi mente y en mi corazón porque jamás divulgué o compartí con los demás.

Por ello, jóvenes del s. XXI, que tomarán la posta de nuestras acciones, a ustedes les digo: Perserverancia, Fe, Amor y Lealtad son las mejores armas para salir adelante en la vida y formarnos un carácter que nos capacite para la eternidad. En la vida encontrarán personas que han sido forjadas en la escuela de la ingratitud de modo que no pueden expresar nunca sentimientos de agradecimiento, reconocimiento y/o estímulo hacia quienes les sirven. Pero no se acobarden, recuerden que para un espíritu noble no hay indiferencia que amilane, descortesía que desaliente o ingratitud que desanime. Lo mejor que podemos hacer por esa clase de personas es hacer realidad nuestros sueños por medio del servicio tanto a ellos como a los demás. Nunca olviden que deben dar aquello que ustedes ansían alcanzar con todas tus fuerzas: Si quieren amor, den amor; si quieren respeto, brinden respeto; si ansían que los acepten, acepten a los demás; si desean el éxito, permitan que otros alcancen el éxito.

Es posible ―si Dios no determina otra cosa― que nunca más vuelva a referirme a Compuleg y a Normas Legales. Por ello no quiero terminar estas líneas sin expresar mi reconocimiento y agradecimiento a mis compañeros de trabajo que compartieron conmigo durante mi paso por esta gran empresa. Quiero mencionar ―además de los que ya me he referido a lo largo de estas memorias― a Elizabeth Capristán, Frecia Figueroa, Bertha Sabogal, Janet Condé, José Cedeño, Zully Sevillano, Wilton López, Pedro Donaires, Olenka Izquieta, Irma Rivertte, Natividad Otiniano, Jaime Guzmán, Virna Waters, Rosario Ganoza, Leyter Yong, Manuel Sabogal, Franklyn Voyssest, Marigil Santa María y muchos otros más que no alcanzo a mencionar pero que llevo en mi mente y en mi corazón por los excelentes momentos vividos tanto en el centro de trabajo como en la vida allende los muros laborales. Quiero agradecerles por sus palabras de aprecio y gestos de amistad incondicional, por el apoyo recibido en momentos de dolor, por los gratos momentos celebrando las cosas buenas de la vida y, sobre todo, por su calidad de personas, ciudadanos ejemplares y bondadosas almas de Dios.  

A pesar de ya no trabajar juntos y  haber sido dispersados en la vida, hoy la tecnología nos permite estar unidos por Facebook y seguir compartiendo los avatares que aún tenemos que sobrellevar hasta el día en que tengamos que partir al encuentro con la Verdad.



Video del I Reencuentro de Extrabajadores de Normas
Legales realizado en Trujillo en agosto del 2012






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(1) dBASE es un programa de manejo de base de datos para el Sistema Operativo Windows. dBASE fue creado a finales de los 70 para un Sistema Operativo de micro computación que ya no se utiliza o no está disponible, fue creado por Wayne Ratcliff y liberado bajo el nombre Ashton-Tate, una compañía americana de software que eventualmente se convirtió en Borland. y era una de las primeras aplicaciones de su tipo, aún se utiliza ampliamente para crear base de datos y por muchos años ha sido el programa de manejo de base de datos más popular y más usado del mercado. El programa dBASE usa el formato de archivo DBF el cual ha sido adoptado por una gran cantidad de programas de manejo de base de datos, incluyendo aquellos influenciados por ―y creados como resultado de― el software de dBASE.

dBASE ya prácticamente no se utiliza pero ha dejado un legado en todo el mercado. Desde sus inicios en los setentas y ochentas, hasta la actualidad, dBASE aún es ampliamente respetado y continua influenciando otros programas de manejo de base de datos como Visual FoxPro, el cual también fue creado por Microsoft.

(2) COMputación + LEGislación.

(3) Sostiene Adizes que “la estabilidad es la primera de las etapas de envejecimiento en el ciclo de vida organizativo. La compañía aún es fuerte pero comienza a perder su flexibilidad. Supone el fin del crecimiento y el inicio de la decadencia. Desde el punto de vista organizativo, vive una actitud típica: ‘si no está roto, no lo arregles’. La compañía comienza a perder su espíritu de creatividad, innovación y propensión al cambio que la llevaron hasta su plenitud”. Adizes, Ichak (1994). Ciclos de vida de la organización. Madrid: Ediciones Díaz de Santos S.A. pág. 67.




Nota: Quiero agradecer a mis excompañeros ENLSA Jesús Santos Fernández y Franklyn Voyssest por su colaboración con material para la redacción de estas memorias.