sábado, 19 de junio de 2010

“Pedú”: De nombres, sobrenombres y apodos…

Por Freddy Ortiz Regis


Hermosa playa de Huanchaco en donde viví los años felices de mi infancia

Navegando en YouTube escuché uno de los valses más hermosos de la música peruana, Lima de novia; y el escucharlo me ha traído recuerdos de mi infancia, motivándome a escribir estas memorias que comparto con mucho cariño y nostalgia:




En los años de mi niñez mis padres decidieron vivir —procedentes de Lima— en el norte del Perú. Éramos papá, mamá, mis dos hermanos y yo.

El lugar elegido fue Huanchaco, una caleta de pescadores a solo 15 minutos de Trujillo, famosa en esa época por su clima. Era tan famosa, que hasta se había construido un sanatorio para los enfermos de asma, al que se había dado en llamar La Climática.

Mis padres nos matricularon a mi hermano y a mí en el único colegio de varones que había, que llevaba el nombre del mártir de la independencia —y pescador también como los pobladores de la caleta— “José Olaya”.

Eran los años en que aún pervivía el aterrorizador aforismo de que “la letra con sangre entra”, y para mi mala suerte, los profesores que allí se habían juntado lo aplicaban a pie juntillas. Yo entré a segundo año de primaria, y con apenas siete años, estaba rodeado de compañeros que en su mayoría frisaban los quince o dieciséis años. Eran hijos directos de los chimúes, toscos, lentos para las letras y los números, bulliciosos, pero, sobre todo, burlones y muy hábiles para la sorna y poner apodos.

Cuando llegaba el lunes el estómago se me revolvía pensando en la semana que me esperaba. Me había tocado un “maestro” al que mis compañeros huanchaqueros —que así les decían[1])— habían apodado Pachacútec, en alusión al carácter despiadado y violento del noveno inca del antiguo imperio incaico.
Al finalizar la semana dábamos gracias a Dios porque por fin podíamos descansar de los maltratos a los que nos sometía Pachacútec en el aula; maltratos que se hacían aún más crueles los días que llegaba al salón de clases bajo los efectos de la cerveza o de alguna bebida espirituosa.

Pero felizmente, la vida escolar en el José Olaya no era tan dramática como para no poder resistirla. A los sufrimientos que nos infligía Pachacútec, se contraponía —como un bálsamo o una luz en la oscuridad— la algarabía, el bullicio y la alegría de mis compañeros huanchaqueros, para quienes el carácter irascible de nuestro ocasional maestro no era suficiente como para apagar en ellos la chispa de su talante desenfadado, libre y, hasta cierto punto, desprejuiciado.

Hasta donde Dios me ha dado vida, y puedo escribir estos recuerdos, no he encontrado en el mundo a nadie como mis compañeros huanchaqueros para poner apodos. Los primeros en recibir la destreza —y también la crueldad, pues algunos apodos eran crueles— fueron los maestros de la escuela. Como ya lo dije, a nuestro maestro le pusieron “Pachacútec”; a una maestra le pusieron “La Pollo” en alusión a sus enormes y fríos ojos claros, idénticos a los de un pollo maltón; a otra profesora le pusieron “La Monina” en alusión a su rostro monino, alargado y desencajado.

Pero, ¿de dónde venía esa vocación de los huanchaqueros para poner apodos? Huanchaco es un pueblo pescador ancestral, cuyas tradiciones provienen del pueblo Moche o Muchik, que tiene una larga continuidad en la zona norte de los Andes centrales. Los cronistas, informan que en el “Valle del Chimo” donde se fundó la ciudad de Trujillo, a dos leguas de esta ciudad dista un puerto o arrecife, que luego tomó el nombre de Guanchaco. Los huanchaqueros son pues descendientes directos de los chimúes, y esto se comprueba con los apellidos que aún perviven en Huanchaco pertenecientes a las familias más ancestrales de este lugar. Así tenemos a los Huamanchumo y a los Piminchumo.

En las culturas más antiguas, sean éstas americanas o de otra latitud, el nombre debía ser la expresión que revelara lo más trascedente de la persona que era nombrada. No existían reglas que limitaran o regularan el deber y el derecho de tener un nombre. Y así tenemos que en las culturas más antiguas de la humanidad podía haber personas que eran llamadas “Siempre sonriente”, “Cabeza de toro” o “Águila veloz”. Pero conforme la humanidad fue civilizándose el nombre fue también evolucionando, hasta llegar a lo que es hoy en día: un cliché o una etiqueta sin mayor significado o trascendencia directa con la persona nombrada. Y, así, todos nos llamamos María, Sonia, Matías, Pedro, Manuel o, como mi nombre —Freddy— que me lo pusieron a instancias de una tía muy cercana, que quiso recordar a un enamorado norteamericano que la había flechado y, para desgracia mía, tenía ese nombre…

En cambio, los huanchaqueros, y en especial mis compañeros de aula del viejo colegio José Olaya, no habían olvidado que a las personas se les debe llamar por las características más íntimas que emanan de su ser biológico o espiritual. Por eso vienen a mi mente los sobrenombres —motes, chapas o apodos— que mis condiscípulos se ponían entre ellos: “Zancudo” en alusión al pelo erizado y apelusado, semejante al de un insecto, de uno de mis compañeros; “Perro triste”, en alusión al rostro sanbernardino que tenía otro de mis amigos; “Chispita”, en alusión a su carácter jocoso, risueño e inquieto; “Venao”, en alusión a las piernas torcidas de uno de ellos, semejantes a los cuernos de un venado; “Tocho”, en alusión a su tamaño pequeño; “Cagón”, por no controlar sus esfínteres; y la lista es tan larga como virtudes y/o defectos tenían los pobladores de Huanchaco. En realidad eran muy pocas las personas que eran llamadas por su nombre de pila. Todos, o casi todos, eran llamados por su apodo y —salvo contadas excepciones en que nombrar a alguien por su apodo tenía consecuencias nefastas—, nadie se sentía incómodo, y más bien, cuando alguien era llamado por su nombre de pila, no reaccionaba.

Eran, pues, muchos los apodos que mis compañeros huanchaqueros se ponían entre ellos, y ponían a los demás. A mí también me pusieron un apodo: “Pedú”. El mote nació cuando con ocasión de la celebración de una fiesta del calendario escolar, me escogieron para que cante una canción. Yo, que apenas había llegado de mi Lima natal, no pude ocultar mi alegría y decidí cantar el famoso vals peruano Lima de novia. Cuando llegó el día esperado, y subí al proscenio a cantar, mi alegría se trastocó en un nerviosismo creciente, pues cada vez que pronunciaba la palabra “Perú” (que en la canción se repite innumerables veces) la audiencia estallaba en una sonora carcajada.

Desde ese día, el nombre que mis padres me pusieron pasó a un segundo plano. Un frenillo que tenía en la lengua y me impedía pronunciar con soltura el fonema de la “r” fue el decisivo para que mis condiscípulos me bautizaran como “Pedú”. Y hasta ahora, cuando visitó mi Huanchaco querido, mis excompañeros de la primaria, me saludan con un abrazo o una palmada en el hombro, y me dicen: —¿Cómo estás Pedú? ¡A los tiempos que vienes por acá!..

El profesor nicaragüense Pedro Alfonso Morales, al escribir sobre el apodo en un sitio web de su país, dice lo siguiente:

“Cuentan, a manera de chiste, que en cierta ocasión, venía un productor esteliano a ofrecer sus productos a la ciudad de León. En la entrada de esta ciudad, se rompió una de las llantas de su camión y se quedó anclado a la orilla de la carretera. Cuando buscó donde reparar la llanta, le dieron un nombre: Cara de palo. El productor se rió del nombre, pero tuvo que buscarlo por necesidad. Cuando llegó al taller, preguntó: ¿Se encuentra el señor rostro de madera? Todos se rieron de la ocurrencia, pero ninguno apareció. El ejemplo, ilustra una realidad que llevamos en nuestra personalidad. 

“Ciertamente, el apodo, palabra que viene del latín appositum, aditamento, epíteto; de apponere, aplicar, añadir, es el nombre que suele aplicarse a determinadas personas, tomándolo de sus defectos, virtudes o de alguna otra circunstancia. Llamado también, alias, remoquete, mote o sinónimo, se constituye en un rasgo de la personalidad del individuo y en un elemento de su identidad. Algunas personas a quienes se les llama por su verdadero nombre, no responden porque no se sienten identificados. Otros, como El cuervo, uno de mis alumnos, hacía mofa de su propio mote, diciéndose ¡cuec, cuec!, onomatopeya del ave que le gritaban sus compañeros.

“El uso del apodo es tan antiguo que su origen debe buscarse entre los primeros pobladores. El nombre propio de cada individuo, es a la vez, un verdadero apodo, puesto que es un epíteto de sus defectos o virtudes externas e internas. Todas las naciones, las épocas, las culturas y las literaturas, han usado el apodo para designar castas y linajes de las personas. Pensemos en Adán, por ejemplo, cuyo nombre en hebreo, significa varón o hijo de la tierra”.

Y esto es cierto. En el libro de Éxodo 3: 13-22, Moisés es el primero que pregunta el nombre de Dios. No pregunta cómo lo debe llamar, sino ¿cómo te llamas?, ¿cuál es tu esencia? Y Dios le responde: “Soy el Eterno”. Revelando que el nombre expresa la verdadera esencia del carácter, la trascendencia y la dimensión no solo de Dios sino también de todos los hijos de los hombres. Ahora, ¿cuál es tu nombre?






[1] Gentilicio inapropiado pues la terminación “ero” es para designar oficios (como hojalatero, zapatero, etc.); lo correcto sería “huanchaquense” o “huanchaqueño”.

2 comentarios:

Percy Valladares Huamanchumo dijo...

Freddy, te comento que nos estamos reuniendo para celebrar el Centenario de las Escuelas Pùblicas en Huanchaco. Las reuniones son el la biblioteca municipal (el viejo local de madera, donde inicia justamente el Josè Olaya) los viernes a las 4 de la tarde. Cuando puedas, date una vuelta que seràs muy bièn recibido.
Un abrazo para tì y toda tu familia.

Percy Valladares Huamanchumo

Freddy Ortiz Regis dijo...

Estimado Percy me perdonarás no haber respondido tu comentario. Qué gusto me da saber esto. Mantenme informado a mi cuenta de Facebook. Un fuerte abrazo y saludos también para los tuyo en Huanchaco.