sábado, 17 de abril de 2010

San Juan: “He tratado de seguir como si nunca nos hubiéramos conocido”.

Por Freddy Ortiz Regis

En Facebook un amigo colgó en su muro el vídeo de un grupo de alumnos del quinto de secundaria del Colegio Nacional San Juan de Trujillo. Las emociones que me ha producido la visualización de esta producción, titulada El juicio final, son tan encontradas, que terminaron por inspirarme a escribir este pequeño artículo, que comparto con ustedes:



Cuando mi hijo llegó a la edad de ingresar a la secundaria, se alucinó por estudiar en el colegio que yo había estudiado.

—Tengo que estudiar en el San Juan —me decía vehemente. Pero fue matriculado en otro colegio. De “menor categoría” según él, y allí transcurrió los cinco años de la media, dejándome sentir —cada vez que tenía la oportunidad— su frustración por no haber sido matriculado en el “San Juan de mis amores”.

Nunca se resignó a no ser sanjuanista… No pocas veces lo sorprendí cantando a voz baja en algún lugar de la casa la marcha sanjuanista, hasta que se cansó de hacerlo en secreto, y comenzó a entonarlo a voz batiente para que todos sepamos en la familia que a pesar que estudiaba en otro colegio, él era sanjuanista…

Cierto día advertí que había traído a la casa un par de palos de tambor. Frisaba los quince años y no había rincón de la casa en donde no lo podíamos encontrar rompiendo los aires con los palillos, ensayando los malabares típicos de los tamborileros de las grandes bandas, que en mi ciudad pugnan por ser las mejores.

Yo me sorprendí porque hasta donde sabía, el colegio en que él estudiaba no tenía banda. “¿Y por qué ensaya con tanta vehemencia los malabares de los tamborileros?” me preguntaba todos los días, inquieto. Hasta que no pude soportar más y le pregunté…

— Es que voy a tocar en la banda del San Juan, papá —me respondió con una sonrisa que iluminaba su rostro aún infantil.

—¡Pero si tú no estudias en el San Juan! —repliqué.

—Sí, pero voy a tocar en la banda —me respondió orondo.

Conociéndolo como lo conocía, no dudé que su pasión por ser sanjuanista lo había llevado al extremo de solicitar algo que era impensable: Ser miembro de la banda de un colegio del cual no se es alumno. Me aparté de él con un nudo en la garganta, cargando el peso de un sentimiento de culpabilidad por no haber realizado su sueño de estudiar en el San Juan, y sufriendo muy por dentro de mi corazón el dolor que habría de sufrir mi muchachito cuando la banda —como era natural— habría de cerrarle las puertas por ser su anhelo un imposible jurídico.

Los días pasaron, y los palillos que rasgaban los aires de nuestra casa ya no se veían revolotear por las alturas. Mi chiquillo se había vuelto taciturno, y yo sabía que mi premonición se había cumplido. Pero la luz no demoró en retornar a nuestro hogar, pues ahora mi muchachito había sido elegido miembro de la escolta de su colegio. Sí, ¡de su propio colegio!

Y así fue como tuvimos que desacostumbrarnos de ver los palillos rasgando los aires de la casa para tener que acostumbrarnos, ahora, a verlo marchar de un lado a otro por todos los pasillos de la casa. Yo estaba feliz porque pensé que por fin mi muchachito había encontrado algo que lo identificara con su colegio, haciéndolo pasar horas de horas en ensayos, y llegando a casa más tarde de lo normal, con los zapatos cada vez más desgastados y el rostro completamente sudoroso.

Sin embargo, mi alegría no duraría mucho, pues un día que lo felicité por dar todo su esfuerzo a la escolta de su colegio, me respondió:

—Gracias papá, pero nunca seremos como la escolta del San Juan…



De estos acontecimientos un tanto tristes han pasado ya algunos años. Mi muchachito ahora está en la universidad, trabaja en una empresa muy importante, y hasta es papá de un hermoso bebé de nueves meses. Pero su corazón sanjuanista sigue latiendo en lo más profundo de su ser.

En contraste, yo, desde que salí del San Juan nunca más he retornado a mi colegio. Ni de visita ni en los encuentros que anualmente se realizan con ocasión de las fiestas patronales de la institución sanjuanista.

Todos los años mis excompañeros de la secundaria se reúnen en la casona de la calle Independencia, escuchan las clases de los viejos maestros y luego salen a marchar por las calles como en los años en que éramos adolescentes. Cantan la marcha sanjuanista y entonan ese silbido que a mi hijo lo volvía loco. Rememoran con nostalgia todos los jocosos momentos que pasamos en sus aulas, y por “Dios y la patria” vuelven a jurar “ser grandes”. Luego todo termina con almuerzos de camaradería, fotos y un abrazo que perdurará hasta el próximo año en que vuelven a encontrarse para repetir el mismo ritual.

Cada vez que llega el 24 de junio —día central de las festividades sanjuanistas— yo permanezco en mi casa, enfrascado en alguna labor de mi trabajo, o haciendo algo diferente, pero entretenido. Sin embargo, hay alguien que está en “mi representación” en medio de la algarabía y la nostalgia que caracterizan a estos encuentros: mi muchachito. Cuando todo termina, él retorna a la casa y me recrimina duramente mi indiferencia. Un día, sin poder disimular su enojo, me enrostró: “Allí tienes la cristina amarilla, allí tienes la chompa canaria, ¿por qué no te reúnes con los sanjuanistas?, ¿por qué eres así?”

No le contesté porque no es sino hasta ahora, que escribo estas líneas, que tengo una respuesta más o menos aproximada… ¿Será que albergo un sentimiento de culpabilidad por no cumplir el sueño de mi hijo, y que me impide gozar de mi sanjuanismo? ¿Será porque nunca me he sentido identificado con nada ni con nadie? ¿Será porque para mí la vida es un presente infinito, y rememorar todo tiempo pasado es comenzar a prepararse para dejar de existir? ¿Será porque el claustro escolar siempre representó para mí eso: un claustro que cortaba mis alas y me impedía volar hacia lo desconocido?

Alguna de estas interrogantes/explicaciones ha de ser la respuesta. Tal vez un día mi muchachito me vea colocarme la cristina amarilla y la chompa canaria; y el día que eso suceda no tendré ninguna explicación. Pero, mientras tanto, permanecerán allí, guardadas en una gaveta de mi ropero, siendo vistas, furtivamente, muy de vez en cuando, por ese corazón sanjuanista que siempre fue más canario que el mío.