domingo, 10 de agosto de 2008

Memorias de una peritonitis diverticular


Por Freddy Ortiz Regis


“Supongo que hacerse mayor es asumir que no eres inmortal, que no lo sabes todo y que, más bien, la magnitud de tu desconocimiento es absoluta”.— Imma Turbau (España)


El 30 de mayo de 2008 fui operado de peritonitis en el Hospital Belén de Trujillo (PERÚ). Desde ese día hasta el momento que superé la etapa más crítica de mi enfermedad, he vivido los momentos más fronterizos de mi vida con la muerte.

Afrontar una intervención quirúrgica en un hospital público de mi país, y salir vivo, es parte de la cruz que tenemos que cargar todos los que pertenecemos a la clase menos favorecida económicamente. Enfatizo lo de económico porque personalmente me siento muy favorecido en otras áreas de la vida.

Ingresé por emergencia a eso de las 8:30 a.m. A las 9:30 a.m. ya los médicos tenían un diagnóstico del terrible dolor que me aquejaba en el lado izquierdo del vientre: perforación de divertículos ubicados en el colon sigmoides, y como era lógico suponer, el contenido de esta sección del intestino grueso se estaba vaciando por el resto de mi sistema digestivo originando un proceso infeccioso.


No obstante la gravedad del cuadro que me aquejaba, ingresé al quirófano a las 6:30 p.m. A estas alturas, por el tiempo dejado transcurrir, las posibilidades que saliera con vida habíanse recortardo de una manera dramática…

¿Qué es la diverticulosis?

En realidad ignoro por qué razón este síndrome lleva ese nombre si no tiene nada de divertido. La diverticulosis es una condición donde se forman pequeñas bolsitas (divertículos) en las paredes del intestino. No está comprobado pero se cree que la principal causa es una dieta baja en fibra. Se tuvo las primeras noticias de este síndrome en Estados Unidos, en los primeros años del siglo pasado, cuando, al mismo tiempo, los alimentos procesados fueron incluidos en la dieta de los americanos. Muchos alimentos procesados contienen harina procesada baja en fibra, y a diferencia de la harina integral, no contienen ningún salvado de trigo.


La fibra es la parte de frutas, verduras y granos que el cuerpo no puede digerir. Alguna fibra se disuelve fácilmente en el agua (la fibra soluble) y asume una suave —como jalea— textura en los intestinos, mientras que otra pasa casi inalterada a través de los intestinos (la fibra insoluble). Ambos tipos de fibra determinan que las heces sean suaves y fáciles de transitar por el tubo intestinal. La fibra también previene el estreñimiento.


Una dieta rica en fibra dietética, especialmente la insoluble, puede ayudar a prevenir la inflamación y hasta aliviar esta condición tan dolorosa. Cuando se reduce el estreñimiento y las evacuaciones dolorosas, se reduce la presión en el colon. Cuando las bolsitas atrapan pedazos de residuos éstas se inflaman o infectan causando mucho dolor. A esta condición se llama diverticulitis.


Fui diagnosticado de diverticulosis hace aproximadamente cuatro años. El galeno que me dio la noticia no me informó (no sé si por ignorancia o negligencia) de la necesidad de intervenir preventivamente a través de la cirugía. Simplemente, me indicó que la diverticulosis podría mantenerla a raya siguiendo un régimen estricto basado en ingesta de fibra. Sin embargo —después del sufrimiento que he pasado tras una intervención quirúrgica que debió haberse realizado preventivamente y en mejores condiciones— quisiera aconsejar, a quienes padecen de la diverticulosis, no esperen que los divertículos se perforen ocasionando un cuadro de peritonitis, sino que acudan a su médico y soliciten orientación acerca de una cirugía preventiva que les ayude superar este síndrome.


La lucha por la vida

Cuando salí del quirófano eran ya las 10:30 de la noche. Cuando abrí mis ojos, las luces provenientes del techo, del largo corredor que separa la sala de operaciones del área de hospitalización, me informaban que estaba vivo… Que ese natural pero profundo temor —que deben de experimentarlo todos los que entran a un quirófano— de no volver a abrir los ojos, había sido infundado… Que aún seguía entre los vivos, a quienes veía moverse entre los pasillos imbuidos de una terrible fuerza que se llama amor…


Porque desde ese momento —y este es el propósito de estas memorias que escribo agradecido— mi vida comenzó a experimentar la dimensión del amor en los actos y en los esfuerzos sacrificados de muchas personas a quienes nunca terminaré de pagar.


Mi hermano Lucho, el mayor de todos mis hermanos, hizo el papel de mi ángel guardián. El hizo hasta lo imposible para reunir el financiamiento y hacer frente a los gastos de la operación quirúrgica. Nuestros pocos ahorros eran insignificantes ante la magnitud de una intervención como la que tenía que enfrentar. Pronto se reunieron mis primas Zully y Elvira, y mi sobrina Lilette. Ellas aportaron su cuota de apoyo material y espiritual. Mi hermano Carlos viajó inmediatamente desde la ciudad de Chiclayo, dejando a un lado sus responsabilidades laborales. Su rostro amoroso y preocupado fue el que con más nitidez vislumbré en el preciso momento en que muchas manos y brazos me depositaban suavemente sobre una cama en el área de hospitalización. No recuerdo qué vino después pero sentía que un cinturón de amor me rodeaba, y esto traía paz y esperanza a mi dolor…


Al día siguiente me ví en una habitación acompañado de cinco pacientes más. A mi derecha se encontraba un hombre que tosía con mucha frecuencia. Pero el que más me impresionó en esa sala fue un hombre que se encontraba frente a mi cama. No sé qué enfermedad padecía pero tiritaba diciendo “ay, taitito, ay taitito”, al tiempo que castañeaba los dientes, llenando de frío no sólo la habitación sino también mi frágil estado de ánimo. También muchas personas lo rodeaban, y yo sentí mucha pena porque parecía que el calor de ese amor no era suficiente para calmar su sufrimiento… Al rato llegaron unas enfermeras y traían una lámpara para colocarla a su lado, intentando paliar el frío que le atormentaba.


Cuando aquel hombre dejó de tiritar entonces se quedó dormido, y yo comencé a reparar en mí. Estaba solo. No había nadie a mi lado y comencé a sentir un leve dolor en la superficie de mi vientre. Cuando levante la manta que me cubría, mis ojos no podían dar crédito a lo que veían. En el centro de mi vientre, a la altura del ombligo, había una tremenda gasa de aproximadamente quince centímetros, y a la izquierda, una bolsa plástica, con una abertura circular por donde ingresaba un terminal de mi intestino. “Dios mío, ¿qué me ha pasado?”, pensé nervioso. Y mientras contemplaba ese escenario de guerra, mi hermano Lucho interrumpió mis pensamientos colocando su mano sobre mi hombro derecho. “Te han realizado una colostomía”, dijo, tratando de esconderme el dolor por que el había pasado en las horas previas, luchando por mí contra la muerte.


¿Qué es una colostomía?

La colostomía es un procedimiento quirúrgico en el que se saca el extremo del intestino grueso a través de la pared abdominal y las heces que se movilizan a través de dicho intestino se vacían en una bolsa adherida al abdomen. Este procedimiento usualmente se realiza después de una resección intestinal o lesiones y puede ser temporal o permanente.


El procedimiento se lleva a cabo bajo anestesia general (con el paciente inconsciente y sin dolor) y se puede realizar en forma invasiva, con cirugía abierta o en forma laparoscópica (varias incisiones pequeñas). El tipo de aproximación utilizada depende de qué otro procedimiento sea necesario realizar. En general, se hace una incisión en el abdomen y se practica la resección o reparación intestinal en la medida de lo necesario.


Para la colostomía, se pasa el extremo del colon sano a través de la pared abdominal y se suturan los extremos a la piel de dicha pared. Luego, se coloca una bolsa de drenaje adhesiva, llamada dispositivo de estoma, alrededor de la abertura para permitir el drenaje de las heces.

La salud de mi país
“Pero no te preocupes, es temporal…”, me dijo mi hermano Lucho tratando de calmarme. “Después de algunos meses te van a realizar otra operación para restaurarte, y volverás a ser normal otra vez…”. Yo no podía creer por lo que estaba atravesando. Apenas ayer, en la noche, había estado con mi mejor amigo en el teatro Municipal, en un homenaje a los Veteranos de la Guerra con Ecuador, luego nos devoramos una bolsa de yucas chinas con gaseosas, y ahora… ¡estaba postrado en la cama de un hospital con el vientre casi expuesto al aire libre!


No podía llorar. Soy una persona que le cuesta mucho llorar. Sólo recuerdo haber llorado francamente en tres oportunidades. La primera, cuando me dieron la noticia de la muerte de mi padre en circunstancias que me encontraba laborando en una editorial jurídica; la segunda, cuando besé la frente de mi madre muerta; y la tercera, cuando mi hijo ingresó a la universidad.

Conversé con mi hermano por algún tiempo y luego me quedé dormido para despertar aquejado de un terrible dolor en la cintura. Una artrosis lumbar, que me diagnosticaron también algunos años atrás, había comenzado a hacer de las suyas. El dolor era casi insoportable y mis quejidos alertaron al personal de turno. Pronto me inyectaron y el dolor comenzó a desaparecer dejando en su lugar un gratificante sosiego.


Ese mismo día me trasladaron a otra sala. De la cama 21 pasé a ocupar la cama 6 del área de cirugía de varones. Cuando me colocaron en mi nueva cama, el dolor de la cintura volvió casi con la misma intensidad de antes. Este dolor me acompañó por una semana más hasta que los analgésicos que me inyectaban diariamente hicieron que la artrosis sea controlada, para dar paso a una neumonía intrahospitalaria…


En mi país, los establecimientos públicos de salud atraviesan una severa crisis. Junto con el sistema educativo público, es el área que menos atención tiene de parte del sector gubernamental. Salud y educación sólo son materia de atención cuando se produce una campaña electoral cada cinco años. Luego, se realizan reformas que no están inspiradas en una solución integral del problema sino en presentar paliativos que justifiquen los jugosos sueldos de los burócratas en el poder.


En el hospital Belén, donde estuve internado, lo único rescatable es la vocación de las personas que laboran en ese nosocomio. Realmente, estas personas trabajan en condiciones dignas de un Premio Nóbel de la Paz. Cuando veo en los medios de comunicación alguna queja airada de parte de alguien afectado, pero dirigida contra los galenos, enfermeras o personal técnico que trabaja en los centros de salud de mi país, no puedo menos que indignarme por la injusticia que se comete contra ellos, pues por las condiciones en que laboran, las protestas deben ser reorientadas contra quienes están en el deber de revolucionar el sistema de salud pública del Perú.


La luz enceguecedora
Adquirir una neumonía intrahospitalaria es en mi país es uno de los primeros temores que tienen los médicos sobre sus pacientes hospitalizados. Las malas condiciones higiénicas y de salubridad que existen en los centros de salud públicos permiten que el ambiente de sus diversas áreas y salas sea un caldo de cultivo de todo tipo de gérmenes resistentes a los antibióticos de última generación, de modo que, una persona que ingresa afectada de una dolencia diferente, pueda hasta perder la vida por una neumonía intrahospitalaria.


La neumonía es una dolencia no sólo mortal en sus efectos sino insufrible en su padecimiento. El anhelo por llenar inútilmente los pulmones de aire es desesperado. Es una dolencia que afecta también el sistema nervioso pues produce una terrible depresión en las personas que lo padecen. Cuando mi prima Zully y mi sobrina Lilette se turnaban en las tardes para acompañarme, no podían disimular entre ellas su desencanto por el estado en que la neumonía me había postrado. Mis músculos se habían contraído, mi rostro se había desencajado y mis ojos despedían esa lánguida mirada, típica de los pacientes neumónicos que luchan por arrancarle a la vida un poco más de oxígeno.


Fue en estas circunstancias en que me sentí completamente solo. Allí entendí al hombre que gritando “ay taitito, ay taitito” se quejaba en medio del amor de tanta gente que le amaban. Hay un momento —en la crisis de una grave enfermedad— en que no hay nadie más en el universo que tú. Es un momento en que hasta el sentimiento de la existencia de Dios es puesto a prueba… Es el instante en que Jesús, clamando a gran voz y colgando del madero, dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.


He pensado mucho en estos días acerca de la naturaleza de ese extraño y desagradable sentimiento de soledad. Creo que es una fase que nos inicia en el desligamiento del mundo en que vivimos para pasar a una etapa de la crisis final, en que el organismo comienza a prepararse para el encuentro con una nueva dimensión: la dimensión de la eternidad. La sensación de soledad es catastrófica. El abandono es total. Miras a tu alrededor y ya no encuentras sentido ni en los rostros de las personas que te aman. El tiempo transcurre más lentamente. La fiebre te sumerge en una desmotivación fatal, mientras tu cerebro, en la penumbra de un estado que no se sabe si es sueño o vigilia, imagina cosas, siluetas, vértigo, y una luz más intensa que el sol…

Testimonios de personas que han tenido experiencias al borde de la muerte relatan de manera casi constante que al final de este pasadizo se percibe una luz hermosa e intensísima, que no impide observar cuanto les rodea; “una luz que parece inundarlo todo y desprende una formidable radiación de amor”. Después se aproximan a una suerte de frontera —simbolizada por un río, una puerta, una niebla gris...— entre esta vida y un estado sucesivo. No quieren volver atrás y “desean entrar en esa luz esplendorosa…”, “una luz intensa y de gran belleza, a veces cegadora”.


En otoño de 1975 apareció un librito titulado Vida Después de la Vida. Su autor, Raymond Moody Jr., había sido profesor de filosofía y en ese momento estudiaba cuarto curso de medicina. Sin grandes pretensiones, la mayor parte del libro está dedicado a los testimonios de personas que tuvieron experiencias cercanas a la muerte (ECM). En el libro aparece la secuencia de hechos, supuestamente previos a la entrada en el más allá, que luego se haría famosa: una sensación imposible de describir, escuchar el anuncio de la propia muerte, un sentimiento de paz y quietud, un ruido, entrar en un túnel oscuro, la salida del cuerpo, el encuentro, generalmente con familiares fallecidos; el ser luminoso, la revisión de vida, la frontera y el regreso. Según Moody, estos pasos —o la mayor parte de ellos— los atraviesan todas aquellas personas que han estado a punto de morir.


En 1977, Kenneth Ring, un psicólogo de la Universidad de Connecticut, decidió comprobar los resultados de Moody, que en el libro no mencionaba cómo seleccionó los testimonios ni el porcentaje de gente que cumplía la secuencia completa o, por lo menos, lo que Ring llamaba la Experiencia Central: el sentimiento de paz, la salida del cuerpo, la entrada en la oscuridad, la visión de la luz y la llegada a ella. Su investigación mostró que si bien un 60% de los que sufrían una ECM tenían la sensación de paz, solo un 10% experimentaba la entrada en la luz. Moody aseguraba que casi todas las personas que han estado cerca de la muerte han vivido una ECM; los estudios realizados desde entonces demuestran que únicamente entre un 22% y un 48% sufren alguno de los pasos y alrededor del 10% una ECM completa.


En uno de esos estados retrocedí a los años de mi infancia en Huanchaco, cuando vivía con mis tíos, mi mamá, primos y hermanos en una de las casas más grandes del pueblo. La casa tenía un portón de madera muy grande que se abría de un ala para pasar al patio, en donde se destacaban dos pilares de madera, que nosotros utilizábamos como “arco de fútbol”. Pero justo a la entrada, apenas cruzando el gran portón, a la mano izquierda, había un pequeño cuartito de apenas tres por cuatro metros que se empleaba como depósito. El cuartito tenía una única ventana, sin lunas, que daba al patio, y en mi niñez, tenía que colocar algunos ladrillos para observar a través del ella su interior oscuro y desordenado conteniendo muchas cosas que sólo usaban los adultos.


En ese estado de sopor ví a mi tío Manuel —apenas fallecido dos meses antes de mi hospitalización— que me llamaba para entregarme un caja de esténciles. En esa época mi tío era el dueño de esa casa grande y se ganaba la vida tipeando tesis de grado. Como no existía la fotocopiadora, mi tío picaba esos esténciles de seda en una máquina de escribir y luego reproducía el contenido empleando un aparato llamado mimeógrafo. Yo lo veía trabajar hasta altas horas de la noche, y me dormía con el sonido de la máquina de escribir que se escuchaba taladrante en el vasto silencio de la madrugada. Esas imágenes de mi tío Manuel, y su pasión por todo lo que tenía que ver con las palabras, las letras y la redacción, quedaron grabadas en mi niñez marcándome para siempre. Cuando era adolescente, comencé a ayudarle en la corrección de los esténciles y también en la impresión de las tesis y libros en el mimeógrafo, ganándome mis primeros soles de la vida.


En mi visión, mi tío Manuel, me entregaba una caja de esténciles, la que dejó en la ventana del cuartito-almacén. Yo coloqué un ladrillo sobre otro para subirme a la ventana y cumplir con el encargo de mi tío. Una vez en la ventana, y con los esténciles listos para ser corregidos, algo llamó mi atención hacia el interior oscuro del cuartito. Era un pequeño hueco, del tamaño de una moneda de a sol, que se abría en el centro del piso. Del interior de ese pequeño hueco salía una luz tan intensa que me enceguecía… La luz crecía hacia el interior del cuartito y era tan fuerte que me obligó a retirarme bajando prestamente de la ventana.


Una segunda experiencia —y la última— consistió en la visión de una puerta de gran tamaño que estaba cerrada, pero de cuyos bordes, especialmente del borde inferior, comenzaba a penetrar la misma luz intensa y enceguecedora. La luz era tan penetrante que mis ojos no podían resistirla, por lo que tuve que levantar mi mano izquierda para cubrirme de los haces brillantes que ingresaban por la parte inferior de esa gran puerta. Cuando desperté, mi mano izquierda la tenía levantada, como tratando de proteger mi vista de algo que me perturbaba…


Otras visiones recurrentes consistían en encontrarme con mi madre (fallecida en enero de 2005), pero no podía acercármele porque ella simplemente me ignoraba. No existía la luz brillante y enceguecedora. Sólo estaba una fría e inexplicable indiferencia de mi madre hacia mi persona, y una horrible angustia e impotencia por no poder llegar a captar la atención de ese ser que encarnó en mi vida la bondad, la abnegación y el amor.


¿Cómo interpretar estas experiencias? Pues la pugna por su interpretación mantiene ocupados mayormente a los esotéricos que a los científicos. Y como dice Miguel Ángel Sabadell “las ECM no son objetivo prioritario de investigación y se han realizado pocos estudios serios. La influencia de la cultura, el papel jugado por el tipo de proceso que lleva a ese estado –el túnel se ve más con un ataque cardiaco–, los efectos secundarios de los medicamentos... apuntan a un proceso del cerebro moribundo. Quizá sean un estado mental de quien nada puede hacer por aumentar su probabilidad de sobrevivir a una crisis, una forma de acallar el sistema nervioso y conservar la energía. Seguramente, la explicación no resida en un único fenómeno, sino en la suma de varios: fisiológicos, bioquímicos, psicológicos... El tiempo lo dirá”.


En lo que a mí concierne, la interpretación que les doy es que no era mi hora de abandonar este mundo. Mi rechazo de la luz, y la actitud de mi madre hacia mi persona, los interpreto como claras señales de que mi tiempo de partir aún no había llegado, y que la vida aún me reserva los desafíos, las luchas y las vicisitudes propias de una existencia marcada por una encarnizada lucha entre el bien y el mal.


¡Viva la vida!

Cuando salí de ese estado —que no sabría calificar como ECM, aunque los médicos y familiares me han confesado ahora que mis probabilidades de sobrevivir eran escasas— el mundo comenzó a parecerme realmente bello… ¡incluso el hospital Belén!


De allí en adelante mis sueños se trastocaron por otros más gratificantes. Como llevaba semanas sin probar alimento alguno, mis visiones consistían en frutas jugosas y vistosas que se presentaban a mis ojos como dones provenientes del Cielo. Se apoderó de mí, casi como una obsesión, el deseo de beberme un vaso de jugo de papaya. “Cuando salga del hospital”, decía emocionado a mis familiares y amigos, “lo primero que haré será tomarme ¡un jugo de papaya!”.


Hasta a mis ocasionales “torturadores” (como así los llamaba cariñosamente) comencé a ver con buenos ojos. Todas las mañanas se turnaban los internos de las facultades de medicina de mi ciudad para limpiar una herida en mi vientre de 16 cm de largo por 2 cm de ancho, que los cirujanos habían dejado abierta para que cierre naturalmente. Esta sesión de limpieza inicialmente me hacía dar de gritos, angustiando no sólo a mis familiares sino también a mis ocasionales compañeros de sala. Pero ahora, una nueva fuerza, un nuevo impulso, se había apoderado de mi corazón, dándome la fe y la esperanza para salir adelante y vivir el tiempo que aún me quede por vivir, soportando estoicamente el sufrimiento que entraña sobrellevar un proceso de recuperación total de la salud.


Sin embargo, la señal más elemental, de que me encontraba en el mundo de los vivos, la percibí cuando solicité mis estados financieros. No sólo estaba en bancarrota sino que mis perspectivas de trabajar y generarme nuevos ingresos eran todavía remotas. Tenía obligaciones no sólo con el hospital Belén sino también con mis tarjetas de crédito. ¿De dónde sacaría dinero para enfrentar estos compromisos? Si la única perspectiva que tenía ante mí era el reposo para hacer frente a una nueva intervención quirúrgica ¿cómo obtendría los recursos para cumplir con mis acreedores? Debo confesar que el temor y una desagradable sensación de inseguridad, nunca antes experimentados, se apoderaron de mí obligándome a echar mano de algo que hasta el momento había permanecido latente: mi fe.


El Espíritu de Dios revivió en mi mente un pasaje que me impresionó mucho en la época que decidí poner mi vida en las manos de Cristo. Era un texto de los escritos de Helen Gold de White dirigidos a los miembros de la iglesia. El texto decía más o menos lo siguiente: “Si la iglesia tiene alguna necesidad, entonces pídase a la iglesia”. La consagrada escritora cristiana no concebía que la iglesia deba atender a una necesidad empleando los métodos de financiamiento propios de las instituciones mundanas. Yo apliqué esta exhortación a mi vida y al estado por el que estaba atravesando. Dios puso en mi corazón los nombres de muchos de mis hermanos de la iglesia, amigos y familiares. Oré intensamente por ellos y con la ayuda de mi hijo Juan Pablo, escribí sendos e-mails informándoles de mi estado, de la forma cómo el Señor me había sacado de un trance espantoso, y solicitándoles su apoyo económico en calidad de préstamo. ¡La mayoría de ellos contestaron positivamente concediéndome créditos no reembolsables! Incluso Dios movió los corazones de mis primos a quienes sólo había visto de muy niños antes de emigrar con sus padres a los Estados Unidos de América. Mis ex compañeros de la universidad y ahora colegas de profesión —incluso uno que trabaja en el lejano Japón— también se aunaron a esta cruzada de amor en mi favor. Los hermanos y hermanas de mi iglesia local no sólo me visitaron para elevar sus oraciones sino que acompañaron a esa invaluable asistencia espiritual valioso apoyo económico. Y si todo esto no fuera suficiente, el Señor me acompañó no solamente en los trámites ante el Seguro Integral de Salud (SIS), que cubrió el cien por cien de mi tratamiento en el Hospital Belén, sino también en la reprogramación de mis pagos con mis acreedores de las entidades financieras, las que se mostraron —con la excepción de una que no diré su razón social— providencialmente flexibles y colaboradoras.


Epílogo

Cuando abandoné el hospital lo hice experimentando una mezcla de dolor, nostalgia y agradecimiento. Dolor por los recuerdos del sufrimiento experimentado; nostalgia por las personas que aún permanecían luchando por sus vidas; y agradecimiento por el trabajo altamente profesional y entregado del personal médico, técnico y administrativo de este nosocomio, que pese a las graves carencias y desmotivaciones de todo orden, hacen su trabajo con vocación, sacrificio y solidaridad.


Hoy me encuentro en un proceso de franca recuperación de mi salud, prolegómeno de una nueva intervención quirúrgica a la que seré sometido, Dios mediante, la primera quincena de setiembre de 2008. He llegado a este punto de recuperación gracias al amor activo de muchas personas que han demostrado —con sus oraciones unos, y con su apoyo material otros— comprender con eficacia que la obra de Dios en la tierra sólo es posible a través de almas que —independientemente de su credo o visión sobre la vida— están dispuestas a ser empleadas como canales de bendición.


Esta gran experiencia me ha ayudado sobremanera a ampliar mis horizontes sobre la vida y la muerte. Me ha demostrado lo vulnerable y débil que soy como ser humano frente a procesos existenciales ante los cuales no tengo ninguna posibilidad de control. Me ha ayudado a abrir mi mente y mi espíritu hacia una concepción menos maniqueísta de la existencia y más integral de la vida en todas sus dimensiones posibles. Me ha demostrado que la realidad y la irrealidad constituyen un todo por el que transitamos —como los salmones que pasan de los ríos a los océanos y de los océanos a los ríos— alegres o sufrientes en nuestro viaje hacia la verdad. Me ha permitido experimentar en carne propia una cuota del sufrimiento de mis hermanos postrados por diversas enfermedades en mi país y en el mundo entero.


Las cicatrices que han marcado mi cuerpo —y que permanecerán hasta el día que cierre temporalmente los ojos para volver a abrirlos nuevamente en la eternidad— serán las señales que me hagan recordar que tengo una deuda de humildad y de amor con todo el género humano. A todas las personas que me han ayudado, en especial a mis hermanos Lucho, Carlos y Raúl; a mi hijo Juan Pablo; a mis primas Zully y Elvira; a mi sobrina Lilette; a mis primos Ana María, Raúl, Jimmy, Lilia e Ítala; a mis tíos Walter, Consuelo y Udeth; a mi amiga Rina; y a mis amigos, ex compañeros de trabajo, de estudios en la universidad, de la iglesia, a ellos, les agradezco infinitamente sus muestras de amor y solidaridad hacia mi persona. A estos últimos no quiero nombrarlos para que Dios “que ve en lo secreto sepa recompensarlos en público”. (Mateo 6:3,4).


No sé cuál será el desenlace de la próxima intervención quirúrgica que me habrán de realizar en el mes de setiembre, pero sea cual sea el resultado, me presentaré enriquecido no solamente por esta grandiosa experiencia de fe que he vivido desde el 30 de mayo hasta el momento que escribo estas memorias, sino también por la firme convicción de que “en nada seré avergonzado, y, antes bien, con toda confianza, como siempre, también será magnificado Cristo en mi cuerpo, tanto si vivo como si muero, porque para mí el vivir es Cristo y el morir, ganancia”. (Filipenses 1:21,21).