martes, 25 de noviembre de 2008

Tren de la costa norte del Perú: Un proyecto alucinante



Por Juan Pablo Leónamigos@udep.edu.pe

El ingeniero Daniel Marcelo elaboró su tesis doctoral con un estudio que proyecta el diseño de trenes en base de Hidrógeno que recorra toda la costa norte del Perú. El proyecto fue presentado en Italia como parte del Grupo Energía y Ambiente de la Universidad de Roma La Sapienza.
Hay cosas que los peruanos no sabíamos que podíamos lograr: como que 16 millones de nosotros ya tenemos un celular en el bolsillo y nos comunicamos con cualquier rincón del mundo. Sin embargo, hay cosas que seguimos creyendo imposibles, pero que son necesarias: proyectos para resolver serios problemas como el transporte en el país, pero con tecnologías amistosas para el medio ambiente.

En la Universidad de Piura (UDEP) hay un proyecto que a primera vista parece increíble. Sin embargo, la tesis doctoral que realizó Daniel Marcelo, profesor de la Facultad de Ingeniería, nos comprueba que enfrentar el problema del transporte sin dañar el aire que respiramos no es tan difícil como vocalizar el nombre de su investigación: “Estudio de factibilidad de una línea ferroviaria en base a un sistema operado con hidrógenos producido de fuentes energéticas renovables”.

El estudio del profesor Marcelo comprobó que es posible proyectar, diseñar una red una red ferroviaria para todo el norte del Perú que use como fuerza motriz el sistema de hidrógeno y pilas de combustibles. El proyecto incluye una línea de trenes rápidos, para distancias largas y pocas paradas en el camino (por ejemplo, un viaje desde Lima hasta Tumbes); otra serie de trenes para trayectos cortos, con paradas en las ciudades principales (en el mismo ejemplo, desde Lima, el pasajero podría bajar en Trujillo y Chiclayo) y finalmente, otros trenes locales en cada ciudad.

Un tren que nos vendría bienLas ventajas se ven por todos lados y al investigador no le cuesta repetirlas. Con trenes impulsados por hidrógeno se compite con el monopolio de transportes sobre ruedas (conviene recordar cuánto sube el precio del transporte en días feriados). En segundo lugar, el Perú reduciría notablemente sus importaciones de petróleo refinado que usa nuestro parque automotor. Por otro lado, la atmósfera agradecería tener un enemigo menos, pues el residuo después de su uso en las pilas de combustible es agua (H2O), Por último, como todo tren, el que propone el profesor Marcelo reduciría los riesgos de accidentes, el ruido del transporte y los tiempos de recorridos.

Además de sus ventajas medioambientales, el hidrógenos es una fuente inagotable de energía ya que se encuentra en cualquier lugar del mundo, lo que no sucede con el petróleo.

En palabras más sencillas, este proyecto promete un viaje, por ejemplo, desde Tumbes a Lima en siete horas, a unos 250 kilómetros por hora, con pocas paradas en el trayecto, con la seguridad de llegar sano y salvo y tranquilos de estar siendo empujados por un combustible obtenido con energía renovable. El pasajero tendría que desembolsar aproximadamente 120 soles, aunque las ventajas que hay detrás tienen mucho más valor; y para quienes no les conviene, como en todo transporte interregional, hay clases y precios diferentes.

El proyecto es casi completo, pues sólo falta determinar en qué lugar del país se produciría rentablemente el hidrógeno. En la investigación se hicieron simulaciones sobre la producción, en lugares cercanos a la línea ferroviaria. Por otro lado, las posibilidades de producción son a partir de biomasa (caña de azúcar, pajilla de arroz), de energía solar (concentrador de alta temperatura) y a partir de energía eólica (aprovechando los surplus de producción de energía).

El grupo de investigación donde fue desarrollado este trabajo es el “Gruppo Energia e Ambiente” del Centro Interuniversitario Per lo Sviluppo Sostenible (CIRPS) de la Universidad de Roma “La Sapienza” y continúa siendo actualizado por el ingeniero Marcelo, con la intención de que inversionistas extranjeros vean las cosas con optimismo y que tengan la tecnología de vanguardia necesaria”.

Este artículo ha sido publicado en la Revista "Amigos" (2008). Universidad de Piura. Piura. Nº 62/08. p. 6.

Los valores en la docencia universitaria


Por Lic. Selfa Castañeda Quiroz

Educadora
selfacast@hotmail.com


En mi experiencia como docente universitario he percibido que los estudiantes más destacados del aula, en su mayoría, provienen de hogares donde se les transmitieron principios y valores morales, y por el contrario, los estudiantes que no logran desarrollar las capacidades y actitudes propuestas en el curso son aquellos que están en el límite de lo permitido socialmente. Para ellos les resulta mas fácil llegar tarde, faltar a clase por cualquier motivo, no presentar los trabajos en la oportunidad indicada, copiarse en los exámenes, plagiar trabajos y presentarlos como propios; y es que ellos no han recibido el contrapeso de la influencia de los padres en el hogar frente a la influencia que tiene cierta cultura de nuestro Perú. Si nos damos cuenta, estas acciones están relacionadas con valores como la responsabilidad, la honestidad y con el poco valor que damos los peruanos al tiempo.

Si esto es así, resulta pertinente recordar y ponernos a pensar que estas costumbres que la gente ha devenido en llamar “criolladas” y que ha acuñado frases como “el vivo vive del tonto y el tonto de su trabajo”, entre otras, conviven con nosotros desde la época de la colonia y se propone que fue un aporte que los españoles dieron a la cultura mestiza porque resulta difícil de explicar que una sarta de irresponsables e impuntuales hubieran podido construir Machu Pichu y tener como escala de valores el ama sua, ama quella y ama llulla.

En esto se reafirma el profesor Pedro Ortiz en su ensayo sobre el valor del tiempo: “Es probable que nuestra sociedad haya desarrollado el concepto de espacio mucho antes que el del tiempo. Más aún, al delimitarse el lugar en que se vive, desde el momento en que cada hombre tiene la plena conciencia de propiedad sobre su territorio y sobre las cosas, es posible que haya privilegiado el valor del espacio, propio y ajeno. Es pues posible que la conciencia de la propia existencia, del decurso de la vida de sí mismo y de los demás, sea un logro más tardío. Esta diferencia podría mantenerse hasta nosotros, a tal punto que mientras el respeto por el tiempo de los demás ya es cuestión de hábito en las culturas llamadas desarrolladas, donde la dependencia del reloj es la regla, entre nosotros la regla es la desestimación del tiempo: aceptamos como normal la desorganización institucional, desde el uso de las calles, al tomar un vehículo colectivo y entrar a un ascensor, hasta el tiempo indefinido que toma un burócrata para resolver un simple trámite administrativo, o un juez para resolver un asunto que bien sabe está afectando la dignidad, la autonomía o la integridad de una persona”. ¡Qué duda cabe que los españoles tenían más desarrollado el valor del espacio si las primeras guerras entre los conquistadores fueron por un pedazo de terreno!

De este análisis se propone que si queremos mejorar el nivel de los estudiantes universitarios tenemos que trabajar en valores como una estrategia tutorial que no sólo se dedique a encontrar las causas del bajo rendimiento en las técnicas de estudio, o en implementar programas que incorporen a los estudiantes en el logro de habilidades sociales que los interrelacionen mejor. Es necesario, por tanto, enfrentar la realidad de trabajar valores no desarrollados en el ámbito espiritual y moral de los estudiantes, pues al final resulta ser el motor que mueve al estudiante a esforzarse en el presente para alcanzar el logro de la felicidad y al desarrollo de su personalidad integral en el marco de ser un buen estudiante, buen profesional, buen hermano, buen vecino, buen ciudadano; en fin una buena persona que al agruparse en sociedad construya un Perú diferente para todos. Lógicamente tendremos que luchar contra los pesimistas de siempre, contra los que piensan que “árbol que creció torcido ya no se endereza”. Los modernos estudios neurológicos están señalando que el ser humano siempre está en la capacidad de cambiar, sólo es cuestión de concientización y entrenamiento y de crear una cultura organizacional tan fuerte que influya en los demás positivamente. Sino cómo explicarnos ¿por qué cualquiera de nosotros, acostumbrados a tirar las cáscaras de las frutas que comemos a la calle, si nos transportamos a alguna ciudad del primer mundo entonces guardamos el desperdicio y los echamos en el bote de basura?

Por ello es necesario no desanimarnos y persistir en la difusión, la enseñanza y el entrenamiento de los valores entre los estudiantes, de manera colectiva e individualizada, de acuerdo a sus carencias. Sólo así estaremos realmente no sólo instruyendo sino formando una nueva generación de líderes con capacidad de realizar la urgente transformación que nuestra sociedad requiere.

Este artículo ha sido publicado en la Revista "Jarchas" (2008). Revista de literatura y cultura. Nº 04. Universidad Señor de Sipán. Chiclayo. p. 38.

domingo, 10 de agosto de 2008

Memorias de una peritonitis diverticular


Por Freddy Ortiz Regis


“Supongo que hacerse mayor es asumir que no eres inmortal, que no lo sabes todo y que, más bien, la magnitud de tu desconocimiento es absoluta”.— Imma Turbau (España)


El 30 de mayo de 2008 fui operado de peritonitis en el Hospital Belén de Trujillo (PERÚ). Desde ese día hasta el momento que superé la etapa más crítica de mi enfermedad, he vivido los momentos más fronterizos de mi vida con la muerte.

Afrontar una intervención quirúrgica en un hospital público de mi país, y salir vivo, es parte de la cruz que tenemos que cargar todos los que pertenecemos a la clase menos favorecida económicamente. Enfatizo lo de económico porque personalmente me siento muy favorecido en otras áreas de la vida.

Ingresé por emergencia a eso de las 8:30 a.m. A las 9:30 a.m. ya los médicos tenían un diagnóstico del terrible dolor que me aquejaba en el lado izquierdo del vientre: perforación de divertículos ubicados en el colon sigmoides, y como era lógico suponer, el contenido de esta sección del intestino grueso se estaba vaciando por el resto de mi sistema digestivo originando un proceso infeccioso.


No obstante la gravedad del cuadro que me aquejaba, ingresé al quirófano a las 6:30 p.m. A estas alturas, por el tiempo dejado transcurrir, las posibilidades que saliera con vida habíanse recortardo de una manera dramática…

¿Qué es la diverticulosis?

En realidad ignoro por qué razón este síndrome lleva ese nombre si no tiene nada de divertido. La diverticulosis es una condición donde se forman pequeñas bolsitas (divertículos) en las paredes del intestino. No está comprobado pero se cree que la principal causa es una dieta baja en fibra. Se tuvo las primeras noticias de este síndrome en Estados Unidos, en los primeros años del siglo pasado, cuando, al mismo tiempo, los alimentos procesados fueron incluidos en la dieta de los americanos. Muchos alimentos procesados contienen harina procesada baja en fibra, y a diferencia de la harina integral, no contienen ningún salvado de trigo.


La fibra es la parte de frutas, verduras y granos que el cuerpo no puede digerir. Alguna fibra se disuelve fácilmente en el agua (la fibra soluble) y asume una suave —como jalea— textura en los intestinos, mientras que otra pasa casi inalterada a través de los intestinos (la fibra insoluble). Ambos tipos de fibra determinan que las heces sean suaves y fáciles de transitar por el tubo intestinal. La fibra también previene el estreñimiento.


Una dieta rica en fibra dietética, especialmente la insoluble, puede ayudar a prevenir la inflamación y hasta aliviar esta condición tan dolorosa. Cuando se reduce el estreñimiento y las evacuaciones dolorosas, se reduce la presión en el colon. Cuando las bolsitas atrapan pedazos de residuos éstas se inflaman o infectan causando mucho dolor. A esta condición se llama diverticulitis.


Fui diagnosticado de diverticulosis hace aproximadamente cuatro años. El galeno que me dio la noticia no me informó (no sé si por ignorancia o negligencia) de la necesidad de intervenir preventivamente a través de la cirugía. Simplemente, me indicó que la diverticulosis podría mantenerla a raya siguiendo un régimen estricto basado en ingesta de fibra. Sin embargo —después del sufrimiento que he pasado tras una intervención quirúrgica que debió haberse realizado preventivamente y en mejores condiciones— quisiera aconsejar, a quienes padecen de la diverticulosis, no esperen que los divertículos se perforen ocasionando un cuadro de peritonitis, sino que acudan a su médico y soliciten orientación acerca de una cirugía preventiva que les ayude superar este síndrome.


La lucha por la vida

Cuando salí del quirófano eran ya las 10:30 de la noche. Cuando abrí mis ojos, las luces provenientes del techo, del largo corredor que separa la sala de operaciones del área de hospitalización, me informaban que estaba vivo… Que ese natural pero profundo temor —que deben de experimentarlo todos los que entran a un quirófano— de no volver a abrir los ojos, había sido infundado… Que aún seguía entre los vivos, a quienes veía moverse entre los pasillos imbuidos de una terrible fuerza que se llama amor…


Porque desde ese momento —y este es el propósito de estas memorias que escribo agradecido— mi vida comenzó a experimentar la dimensión del amor en los actos y en los esfuerzos sacrificados de muchas personas a quienes nunca terminaré de pagar.


Mi hermano Lucho, el mayor de todos mis hermanos, hizo el papel de mi ángel guardián. El hizo hasta lo imposible para reunir el financiamiento y hacer frente a los gastos de la operación quirúrgica. Nuestros pocos ahorros eran insignificantes ante la magnitud de una intervención como la que tenía que enfrentar. Pronto se reunieron mis primas Zully y Elvira, y mi sobrina Lilette. Ellas aportaron su cuota de apoyo material y espiritual. Mi hermano Carlos viajó inmediatamente desde la ciudad de Chiclayo, dejando a un lado sus responsabilidades laborales. Su rostro amoroso y preocupado fue el que con más nitidez vislumbré en el preciso momento en que muchas manos y brazos me depositaban suavemente sobre una cama en el área de hospitalización. No recuerdo qué vino después pero sentía que un cinturón de amor me rodeaba, y esto traía paz y esperanza a mi dolor…


Al día siguiente me ví en una habitación acompañado de cinco pacientes más. A mi derecha se encontraba un hombre que tosía con mucha frecuencia. Pero el que más me impresionó en esa sala fue un hombre que se encontraba frente a mi cama. No sé qué enfermedad padecía pero tiritaba diciendo “ay, taitito, ay taitito”, al tiempo que castañeaba los dientes, llenando de frío no sólo la habitación sino también mi frágil estado de ánimo. También muchas personas lo rodeaban, y yo sentí mucha pena porque parecía que el calor de ese amor no era suficiente para calmar su sufrimiento… Al rato llegaron unas enfermeras y traían una lámpara para colocarla a su lado, intentando paliar el frío que le atormentaba.


Cuando aquel hombre dejó de tiritar entonces se quedó dormido, y yo comencé a reparar en mí. Estaba solo. No había nadie a mi lado y comencé a sentir un leve dolor en la superficie de mi vientre. Cuando levante la manta que me cubría, mis ojos no podían dar crédito a lo que veían. En el centro de mi vientre, a la altura del ombligo, había una tremenda gasa de aproximadamente quince centímetros, y a la izquierda, una bolsa plástica, con una abertura circular por donde ingresaba un terminal de mi intestino. “Dios mío, ¿qué me ha pasado?”, pensé nervioso. Y mientras contemplaba ese escenario de guerra, mi hermano Lucho interrumpió mis pensamientos colocando su mano sobre mi hombro derecho. “Te han realizado una colostomía”, dijo, tratando de esconderme el dolor por que el había pasado en las horas previas, luchando por mí contra la muerte.


¿Qué es una colostomía?

La colostomía es un procedimiento quirúrgico en el que se saca el extremo del intestino grueso a través de la pared abdominal y las heces que se movilizan a través de dicho intestino se vacían en una bolsa adherida al abdomen. Este procedimiento usualmente se realiza después de una resección intestinal o lesiones y puede ser temporal o permanente.


El procedimiento se lleva a cabo bajo anestesia general (con el paciente inconsciente y sin dolor) y se puede realizar en forma invasiva, con cirugía abierta o en forma laparoscópica (varias incisiones pequeñas). El tipo de aproximación utilizada depende de qué otro procedimiento sea necesario realizar. En general, se hace una incisión en el abdomen y se practica la resección o reparación intestinal en la medida de lo necesario.


Para la colostomía, se pasa el extremo del colon sano a través de la pared abdominal y se suturan los extremos a la piel de dicha pared. Luego, se coloca una bolsa de drenaje adhesiva, llamada dispositivo de estoma, alrededor de la abertura para permitir el drenaje de las heces.

La salud de mi país
“Pero no te preocupes, es temporal…”, me dijo mi hermano Lucho tratando de calmarme. “Después de algunos meses te van a realizar otra operación para restaurarte, y volverás a ser normal otra vez…”. Yo no podía creer por lo que estaba atravesando. Apenas ayer, en la noche, había estado con mi mejor amigo en el teatro Municipal, en un homenaje a los Veteranos de la Guerra con Ecuador, luego nos devoramos una bolsa de yucas chinas con gaseosas, y ahora… ¡estaba postrado en la cama de un hospital con el vientre casi expuesto al aire libre!


No podía llorar. Soy una persona que le cuesta mucho llorar. Sólo recuerdo haber llorado francamente en tres oportunidades. La primera, cuando me dieron la noticia de la muerte de mi padre en circunstancias que me encontraba laborando en una editorial jurídica; la segunda, cuando besé la frente de mi madre muerta; y la tercera, cuando mi hijo ingresó a la universidad.

Conversé con mi hermano por algún tiempo y luego me quedé dormido para despertar aquejado de un terrible dolor en la cintura. Una artrosis lumbar, que me diagnosticaron también algunos años atrás, había comenzado a hacer de las suyas. El dolor era casi insoportable y mis quejidos alertaron al personal de turno. Pronto me inyectaron y el dolor comenzó a desaparecer dejando en su lugar un gratificante sosiego.


Ese mismo día me trasladaron a otra sala. De la cama 21 pasé a ocupar la cama 6 del área de cirugía de varones. Cuando me colocaron en mi nueva cama, el dolor de la cintura volvió casi con la misma intensidad de antes. Este dolor me acompañó por una semana más hasta que los analgésicos que me inyectaban diariamente hicieron que la artrosis sea controlada, para dar paso a una neumonía intrahospitalaria…


En mi país, los establecimientos públicos de salud atraviesan una severa crisis. Junto con el sistema educativo público, es el área que menos atención tiene de parte del sector gubernamental. Salud y educación sólo son materia de atención cuando se produce una campaña electoral cada cinco años. Luego, se realizan reformas que no están inspiradas en una solución integral del problema sino en presentar paliativos que justifiquen los jugosos sueldos de los burócratas en el poder.


En el hospital Belén, donde estuve internado, lo único rescatable es la vocación de las personas que laboran en ese nosocomio. Realmente, estas personas trabajan en condiciones dignas de un Premio Nóbel de la Paz. Cuando veo en los medios de comunicación alguna queja airada de parte de alguien afectado, pero dirigida contra los galenos, enfermeras o personal técnico que trabaja en los centros de salud de mi país, no puedo menos que indignarme por la injusticia que se comete contra ellos, pues por las condiciones en que laboran, las protestas deben ser reorientadas contra quienes están en el deber de revolucionar el sistema de salud pública del Perú.


La luz enceguecedora
Adquirir una neumonía intrahospitalaria es en mi país es uno de los primeros temores que tienen los médicos sobre sus pacientes hospitalizados. Las malas condiciones higiénicas y de salubridad que existen en los centros de salud públicos permiten que el ambiente de sus diversas áreas y salas sea un caldo de cultivo de todo tipo de gérmenes resistentes a los antibióticos de última generación, de modo que, una persona que ingresa afectada de una dolencia diferente, pueda hasta perder la vida por una neumonía intrahospitalaria.


La neumonía es una dolencia no sólo mortal en sus efectos sino insufrible en su padecimiento. El anhelo por llenar inútilmente los pulmones de aire es desesperado. Es una dolencia que afecta también el sistema nervioso pues produce una terrible depresión en las personas que lo padecen. Cuando mi prima Zully y mi sobrina Lilette se turnaban en las tardes para acompañarme, no podían disimular entre ellas su desencanto por el estado en que la neumonía me había postrado. Mis músculos se habían contraído, mi rostro se había desencajado y mis ojos despedían esa lánguida mirada, típica de los pacientes neumónicos que luchan por arrancarle a la vida un poco más de oxígeno.


Fue en estas circunstancias en que me sentí completamente solo. Allí entendí al hombre que gritando “ay taitito, ay taitito” se quejaba en medio del amor de tanta gente que le amaban. Hay un momento —en la crisis de una grave enfermedad— en que no hay nadie más en el universo que tú. Es un momento en que hasta el sentimiento de la existencia de Dios es puesto a prueba… Es el instante en que Jesús, clamando a gran voz y colgando del madero, dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.


He pensado mucho en estos días acerca de la naturaleza de ese extraño y desagradable sentimiento de soledad. Creo que es una fase que nos inicia en el desligamiento del mundo en que vivimos para pasar a una etapa de la crisis final, en que el organismo comienza a prepararse para el encuentro con una nueva dimensión: la dimensión de la eternidad. La sensación de soledad es catastrófica. El abandono es total. Miras a tu alrededor y ya no encuentras sentido ni en los rostros de las personas que te aman. El tiempo transcurre más lentamente. La fiebre te sumerge en una desmotivación fatal, mientras tu cerebro, en la penumbra de un estado que no se sabe si es sueño o vigilia, imagina cosas, siluetas, vértigo, y una luz más intensa que el sol…

Testimonios de personas que han tenido experiencias al borde de la muerte relatan de manera casi constante que al final de este pasadizo se percibe una luz hermosa e intensísima, que no impide observar cuanto les rodea; “una luz que parece inundarlo todo y desprende una formidable radiación de amor”. Después se aproximan a una suerte de frontera —simbolizada por un río, una puerta, una niebla gris...— entre esta vida y un estado sucesivo. No quieren volver atrás y “desean entrar en esa luz esplendorosa…”, “una luz intensa y de gran belleza, a veces cegadora”.


En otoño de 1975 apareció un librito titulado Vida Después de la Vida. Su autor, Raymond Moody Jr., había sido profesor de filosofía y en ese momento estudiaba cuarto curso de medicina. Sin grandes pretensiones, la mayor parte del libro está dedicado a los testimonios de personas que tuvieron experiencias cercanas a la muerte (ECM). En el libro aparece la secuencia de hechos, supuestamente previos a la entrada en el más allá, que luego se haría famosa: una sensación imposible de describir, escuchar el anuncio de la propia muerte, un sentimiento de paz y quietud, un ruido, entrar en un túnel oscuro, la salida del cuerpo, el encuentro, generalmente con familiares fallecidos; el ser luminoso, la revisión de vida, la frontera y el regreso. Según Moody, estos pasos —o la mayor parte de ellos— los atraviesan todas aquellas personas que han estado a punto de morir.


En 1977, Kenneth Ring, un psicólogo de la Universidad de Connecticut, decidió comprobar los resultados de Moody, que en el libro no mencionaba cómo seleccionó los testimonios ni el porcentaje de gente que cumplía la secuencia completa o, por lo menos, lo que Ring llamaba la Experiencia Central: el sentimiento de paz, la salida del cuerpo, la entrada en la oscuridad, la visión de la luz y la llegada a ella. Su investigación mostró que si bien un 60% de los que sufrían una ECM tenían la sensación de paz, solo un 10% experimentaba la entrada en la luz. Moody aseguraba que casi todas las personas que han estado cerca de la muerte han vivido una ECM; los estudios realizados desde entonces demuestran que únicamente entre un 22% y un 48% sufren alguno de los pasos y alrededor del 10% una ECM completa.


En uno de esos estados retrocedí a los años de mi infancia en Huanchaco, cuando vivía con mis tíos, mi mamá, primos y hermanos en una de las casas más grandes del pueblo. La casa tenía un portón de madera muy grande que se abría de un ala para pasar al patio, en donde se destacaban dos pilares de madera, que nosotros utilizábamos como “arco de fútbol”. Pero justo a la entrada, apenas cruzando el gran portón, a la mano izquierda, había un pequeño cuartito de apenas tres por cuatro metros que se empleaba como depósito. El cuartito tenía una única ventana, sin lunas, que daba al patio, y en mi niñez, tenía que colocar algunos ladrillos para observar a través del ella su interior oscuro y desordenado conteniendo muchas cosas que sólo usaban los adultos.


En ese estado de sopor ví a mi tío Manuel —apenas fallecido dos meses antes de mi hospitalización— que me llamaba para entregarme un caja de esténciles. En esa época mi tío era el dueño de esa casa grande y se ganaba la vida tipeando tesis de grado. Como no existía la fotocopiadora, mi tío picaba esos esténciles de seda en una máquina de escribir y luego reproducía el contenido empleando un aparato llamado mimeógrafo. Yo lo veía trabajar hasta altas horas de la noche, y me dormía con el sonido de la máquina de escribir que se escuchaba taladrante en el vasto silencio de la madrugada. Esas imágenes de mi tío Manuel, y su pasión por todo lo que tenía que ver con las palabras, las letras y la redacción, quedaron grabadas en mi niñez marcándome para siempre. Cuando era adolescente, comencé a ayudarle en la corrección de los esténciles y también en la impresión de las tesis y libros en el mimeógrafo, ganándome mis primeros soles de la vida.


En mi visión, mi tío Manuel, me entregaba una caja de esténciles, la que dejó en la ventana del cuartito-almacén. Yo coloqué un ladrillo sobre otro para subirme a la ventana y cumplir con el encargo de mi tío. Una vez en la ventana, y con los esténciles listos para ser corregidos, algo llamó mi atención hacia el interior oscuro del cuartito. Era un pequeño hueco, del tamaño de una moneda de a sol, que se abría en el centro del piso. Del interior de ese pequeño hueco salía una luz tan intensa que me enceguecía… La luz crecía hacia el interior del cuartito y era tan fuerte que me obligó a retirarme bajando prestamente de la ventana.


Una segunda experiencia —y la última— consistió en la visión de una puerta de gran tamaño que estaba cerrada, pero de cuyos bordes, especialmente del borde inferior, comenzaba a penetrar la misma luz intensa y enceguecedora. La luz era tan penetrante que mis ojos no podían resistirla, por lo que tuve que levantar mi mano izquierda para cubrirme de los haces brillantes que ingresaban por la parte inferior de esa gran puerta. Cuando desperté, mi mano izquierda la tenía levantada, como tratando de proteger mi vista de algo que me perturbaba…


Otras visiones recurrentes consistían en encontrarme con mi madre (fallecida en enero de 2005), pero no podía acercármele porque ella simplemente me ignoraba. No existía la luz brillante y enceguecedora. Sólo estaba una fría e inexplicable indiferencia de mi madre hacia mi persona, y una horrible angustia e impotencia por no poder llegar a captar la atención de ese ser que encarnó en mi vida la bondad, la abnegación y el amor.


¿Cómo interpretar estas experiencias? Pues la pugna por su interpretación mantiene ocupados mayormente a los esotéricos que a los científicos. Y como dice Miguel Ángel Sabadell “las ECM no son objetivo prioritario de investigación y se han realizado pocos estudios serios. La influencia de la cultura, el papel jugado por el tipo de proceso que lleva a ese estado –el túnel se ve más con un ataque cardiaco–, los efectos secundarios de los medicamentos... apuntan a un proceso del cerebro moribundo. Quizá sean un estado mental de quien nada puede hacer por aumentar su probabilidad de sobrevivir a una crisis, una forma de acallar el sistema nervioso y conservar la energía. Seguramente, la explicación no resida en un único fenómeno, sino en la suma de varios: fisiológicos, bioquímicos, psicológicos... El tiempo lo dirá”.


En lo que a mí concierne, la interpretación que les doy es que no era mi hora de abandonar este mundo. Mi rechazo de la luz, y la actitud de mi madre hacia mi persona, los interpreto como claras señales de que mi tiempo de partir aún no había llegado, y que la vida aún me reserva los desafíos, las luchas y las vicisitudes propias de una existencia marcada por una encarnizada lucha entre el bien y el mal.


¡Viva la vida!

Cuando salí de ese estado —que no sabría calificar como ECM, aunque los médicos y familiares me han confesado ahora que mis probabilidades de sobrevivir eran escasas— el mundo comenzó a parecerme realmente bello… ¡incluso el hospital Belén!


De allí en adelante mis sueños se trastocaron por otros más gratificantes. Como llevaba semanas sin probar alimento alguno, mis visiones consistían en frutas jugosas y vistosas que se presentaban a mis ojos como dones provenientes del Cielo. Se apoderó de mí, casi como una obsesión, el deseo de beberme un vaso de jugo de papaya. “Cuando salga del hospital”, decía emocionado a mis familiares y amigos, “lo primero que haré será tomarme ¡un jugo de papaya!”.


Hasta a mis ocasionales “torturadores” (como así los llamaba cariñosamente) comencé a ver con buenos ojos. Todas las mañanas se turnaban los internos de las facultades de medicina de mi ciudad para limpiar una herida en mi vientre de 16 cm de largo por 2 cm de ancho, que los cirujanos habían dejado abierta para que cierre naturalmente. Esta sesión de limpieza inicialmente me hacía dar de gritos, angustiando no sólo a mis familiares sino también a mis ocasionales compañeros de sala. Pero ahora, una nueva fuerza, un nuevo impulso, se había apoderado de mi corazón, dándome la fe y la esperanza para salir adelante y vivir el tiempo que aún me quede por vivir, soportando estoicamente el sufrimiento que entraña sobrellevar un proceso de recuperación total de la salud.


Sin embargo, la señal más elemental, de que me encontraba en el mundo de los vivos, la percibí cuando solicité mis estados financieros. No sólo estaba en bancarrota sino que mis perspectivas de trabajar y generarme nuevos ingresos eran todavía remotas. Tenía obligaciones no sólo con el hospital Belén sino también con mis tarjetas de crédito. ¿De dónde sacaría dinero para enfrentar estos compromisos? Si la única perspectiva que tenía ante mí era el reposo para hacer frente a una nueva intervención quirúrgica ¿cómo obtendría los recursos para cumplir con mis acreedores? Debo confesar que el temor y una desagradable sensación de inseguridad, nunca antes experimentados, se apoderaron de mí obligándome a echar mano de algo que hasta el momento había permanecido latente: mi fe.


El Espíritu de Dios revivió en mi mente un pasaje que me impresionó mucho en la época que decidí poner mi vida en las manos de Cristo. Era un texto de los escritos de Helen Gold de White dirigidos a los miembros de la iglesia. El texto decía más o menos lo siguiente: “Si la iglesia tiene alguna necesidad, entonces pídase a la iglesia”. La consagrada escritora cristiana no concebía que la iglesia deba atender a una necesidad empleando los métodos de financiamiento propios de las instituciones mundanas. Yo apliqué esta exhortación a mi vida y al estado por el que estaba atravesando. Dios puso en mi corazón los nombres de muchos de mis hermanos de la iglesia, amigos y familiares. Oré intensamente por ellos y con la ayuda de mi hijo Juan Pablo, escribí sendos e-mails informándoles de mi estado, de la forma cómo el Señor me había sacado de un trance espantoso, y solicitándoles su apoyo económico en calidad de préstamo. ¡La mayoría de ellos contestaron positivamente concediéndome créditos no reembolsables! Incluso Dios movió los corazones de mis primos a quienes sólo había visto de muy niños antes de emigrar con sus padres a los Estados Unidos de América. Mis ex compañeros de la universidad y ahora colegas de profesión —incluso uno que trabaja en el lejano Japón— también se aunaron a esta cruzada de amor en mi favor. Los hermanos y hermanas de mi iglesia local no sólo me visitaron para elevar sus oraciones sino que acompañaron a esa invaluable asistencia espiritual valioso apoyo económico. Y si todo esto no fuera suficiente, el Señor me acompañó no solamente en los trámites ante el Seguro Integral de Salud (SIS), que cubrió el cien por cien de mi tratamiento en el Hospital Belén, sino también en la reprogramación de mis pagos con mis acreedores de las entidades financieras, las que se mostraron —con la excepción de una que no diré su razón social— providencialmente flexibles y colaboradoras.


Epílogo

Cuando abandoné el hospital lo hice experimentando una mezcla de dolor, nostalgia y agradecimiento. Dolor por los recuerdos del sufrimiento experimentado; nostalgia por las personas que aún permanecían luchando por sus vidas; y agradecimiento por el trabajo altamente profesional y entregado del personal médico, técnico y administrativo de este nosocomio, que pese a las graves carencias y desmotivaciones de todo orden, hacen su trabajo con vocación, sacrificio y solidaridad.


Hoy me encuentro en un proceso de franca recuperación de mi salud, prolegómeno de una nueva intervención quirúrgica a la que seré sometido, Dios mediante, la primera quincena de setiembre de 2008. He llegado a este punto de recuperación gracias al amor activo de muchas personas que han demostrado —con sus oraciones unos, y con su apoyo material otros— comprender con eficacia que la obra de Dios en la tierra sólo es posible a través de almas que —independientemente de su credo o visión sobre la vida— están dispuestas a ser empleadas como canales de bendición.


Esta gran experiencia me ha ayudado sobremanera a ampliar mis horizontes sobre la vida y la muerte. Me ha demostrado lo vulnerable y débil que soy como ser humano frente a procesos existenciales ante los cuales no tengo ninguna posibilidad de control. Me ha ayudado a abrir mi mente y mi espíritu hacia una concepción menos maniqueísta de la existencia y más integral de la vida en todas sus dimensiones posibles. Me ha demostrado que la realidad y la irrealidad constituyen un todo por el que transitamos —como los salmones que pasan de los ríos a los océanos y de los océanos a los ríos— alegres o sufrientes en nuestro viaje hacia la verdad. Me ha permitido experimentar en carne propia una cuota del sufrimiento de mis hermanos postrados por diversas enfermedades en mi país y en el mundo entero.


Las cicatrices que han marcado mi cuerpo —y que permanecerán hasta el día que cierre temporalmente los ojos para volver a abrirlos nuevamente en la eternidad— serán las señales que me hagan recordar que tengo una deuda de humildad y de amor con todo el género humano. A todas las personas que me han ayudado, en especial a mis hermanos Lucho, Carlos y Raúl; a mi hijo Juan Pablo; a mis primas Zully y Elvira; a mi sobrina Lilette; a mis primos Ana María, Raúl, Jimmy, Lilia e Ítala; a mis tíos Walter, Consuelo y Udeth; a mi amiga Rina; y a mis amigos, ex compañeros de trabajo, de estudios en la universidad, de la iglesia, a ellos, les agradezco infinitamente sus muestras de amor y solidaridad hacia mi persona. A estos últimos no quiero nombrarlos para que Dios “que ve en lo secreto sepa recompensarlos en público”. (Mateo 6:3,4).


No sé cuál será el desenlace de la próxima intervención quirúrgica que me habrán de realizar en el mes de setiembre, pero sea cual sea el resultado, me presentaré enriquecido no solamente por esta grandiosa experiencia de fe que he vivido desde el 30 de mayo hasta el momento que escribo estas memorias, sino también por la firme convicción de que “en nada seré avergonzado, y, antes bien, con toda confianza, como siempre, también será magnificado Cristo en mi cuerpo, tanto si vivo como si muero, porque para mí el vivir es Cristo y el morir, ganancia”. (Filipenses 1:21,21).

sábado, 3 de mayo de 2008

DECIDIR QUIÉN VIVE Y QUIÉN MUERE



Por Carlos E. Ortiz Regis - Médico

La prensa italiana se ha hecho especial eco de un episodio ocurrido en junio en Milán, pero divulgado a finales de agosto. Una mujer, en espera de dos niñas gemelas, es informada que una de ellas padece el síndrome de Down, por lo que decide practicar un aborto selectivo. Pero en el quirófano —por una “fatalidad”, se dice— se elimina a la niña sana (y luego también a la Down).

Recuerdo con gran intensidad que en las aulas universitarias de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Trujillo, uno de nuestros más destacados maestros nos decía que los médicos éramos algo así como “semidioses” porque junto al Hacedor del mundo compartíamos la posibilidad de luchar contra la muerte y de alguna manera producir vida. Qué medico no recuerda la frase que con frecuencia nos repiten nuestros pacientes adultos mayores: “después de Dios, ustedes los médicos”, que reafirma los conceptos y conductas paternalistas en los que nos hemos estado desenvolviendo los profesionales de la salud.

Sin embargo, el desarrollo del comportamiento ético de los médicos en el mundo está variando, adoptando caminos divergentes. Por un lado, se marcha hacia una relación medico-paciente más horizontal, impulsada por el empoderamiento de los usuarios quienes tienen cada vez mayor conocimiento de sus derechos, lo que nos obliga a informar al paciente en un lenguaje sencillo y accesible a su nivel cultural y educativo, sobre todo lo que atañe a su estado de salud así como a pedir autorización para la realización de cualquier procedimiento y el tratamiento que se le va a realizar, presentándole todas las opciones que sobre su caso específico la ciencia médica ofrece (consentimiento informado) y, por otro lado, en países de Europa —en un mal entendido respeto por la autonomía de la paciente— se viola la autonomía del no nacido y se cometen las aberraciones que hemos descrito al inicio de este artículo.

Para aquellos padres que la vida los lleve a una encrucijada como la de nuestro ejemplo, queremos aconsejarles que, antes de decidir si de las vidas de los gemelos la del sano vale más que el portador del síndrome de Down, sería conveniente consultar a los padres de otros niños Down y que además tienen hijos sin este síndrome: ¿a quién quieren más y de quién disfrutan más sus progresos? y ¿cómo toda la nación se siente orgullosa cuando en las Olimpiadas Especiales estos niños nos dan más lauros deportivos que ninguno de los profesionales de las diferentes disciplinas?

El mundo del consumo, los cánones de belleza y salud de quienes no ven más allá de los sentidos, venden la idea de la perfección física como la fuente del éxito y, en ese contexto, los que no se acercan a estos insensibles estándares simplemente “no deben nacer”.

Esto nos lleva a concluir que mientras por un lado avanzamos hacia una relación médico-paciente más horizontal, haciéndola un acto más humano y poniendo los servicios de la salud con un enfoque centrado en el usuario, por otro lado, es como si estuviéramos retrocedido a los tiempos de la Alemania nazi, en donde se llegó al extremo de considerar que la “raza aria perfecta” era la única que debería sobrevivir y, por tanto, se justificaba el aniquilamiento de millones de judíos y de otras etnias que no calzaban con sus malévolos estándares. ¿Son ahora los nasciturus imperfectos los herederos de este destino fatal? No cabe duda que la posición de Benedicto XVI —cuando expresa: "La libertad de matar no es auténtica libertad sino una tiranía que reduce al ser humano a la esclavitud" e "inequívoca inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural"— marca un derrotero por el que los médicos chiclayanos debemos caminar, siempre en defensa de los más sagrados principios que la ética medica nos exige: la defensa de la vida; especialmente de aquellos que todavía no tiene voz para defenderse.

miércoles, 30 de abril de 2008

MIS ENCUENTROS CON VALLEJO


Por Freddy Ortiz Regis
Abogado


Mis primeros encuentros con César Vallejo datan de mi adolescencia. No digo de mi niñez porque recitar los Heraldos Negros de paporreta no representaba un acercamiento al poeta nacional al que por ese entonces, en la candidez de mi niñez, comprendía menos de lo que ahora lo comprendo:

“HAY GOLPES EN la vida, tan fuertes... Yo no sé.Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,la resaca de todo lo sufridose empozara en el alma... Yo no sé”.

…Y como era de esperarse ese niño lo único que comprendía eran las últimas palabras… “Yo no sé”.

En el glorioso “San Juan” de Trujillo, mi encuentro con Vallejo fue a la fuerza. Me tocó como profesor de Literatura el recordado “Chayo” Vásquez. Con la mano derecha siempre escondida en el bolsillo de su saco oscuro, la voz chillona y esa mirada mochica ancestralmente penetrante, el “Chayo” nos martirizaba con la Literatura, obligándonos a leer libros tras libros, a salir al frente a hablar sobre ellos, y en el peor de los casos, a dramatizarlos. Aún está fresco en mi recuerdo el día que me agarró y me colocó frente a frente. Salí de su presencia completamente humi-llado, maldiciéndolo entre dientes y deseándole se le seque también la otra mano.

—Es usted un inútil al que sus padres no sé por qué razón premian indolentemente — me dijo con esa fuerza del maestro que sabe que sus palabras tiene poder para levantar a los muertos.

No me quedaba alternativa: tenía que elegir uno de los poemarios de Vallejo…, y elegí aquel cuyo nombre me parecía más inteligible: “España, aparta de mí este cáliz”.

Versos van versos vienen, la lectura de este poemario me tenía completamente atónito:

…cuadrumano, más acá, mucho más lejos,al no caber entre mis manos tu largo rato extático,quiebro con tu rapidez de doble filomi pequeñez en traje de grandeza!

Unos mismos zapatos irán bien al que asciendesin vías a su cuerpoy al que baja hasta la forma de su alma!¡Entrelazándose hablarán los mudos, los tullidos andarán!¡Verán, ya de regreso, los ciegosy palpitando escucharán los sordos!

Mas desde aquí, más tarde,desde el punto de vista de esta tierra,desde el duelo al que fluye el bien satánico,se ve la gran batalla de Guernica.Lid a priori, fuera de la cuenta,lid en paz, lid de las almas débilescontra los cuerpos débiles, lid en que el niño pega,sin que le diga nadie que pegara,bajo su atroz diptongoy bajo su habilísimo pañal…

Cuando terminé de hacer el ridículo delante del “Chayo” Vásquez, esta vez no me gritó ni me humilló. No sé cuánto duró aquel silencio suyo. Pero cuando abrió su boca, pequeña y amoratada, como si siempre se la estuviese mordiendo, sentí que había sido exculpado:

—Le doy la oportunidad de escoger el autor que usted quiera — me dijo. —Tiene hasta fin de año para poder aprobar el curso…

Yo salí de su presencia completamente liberado. Y cuando terminó el curso de Literatura, yo salí aprobado porque había elegido a José María Arguedas, y no sólo había leído su Todas las sangres, sino también El sexto, El zorro de arriba y el zorro de abajo y Los ríos profundos.

Pero lo más grande fue que no sólo el alma de los Andes se había cobijado definitivamente en mi corazón sino que además el “Chayo” Vásquez se había hecho mi amigo, y seguí frecuentándolo hasta el día que me hice grande y el mundo del “Chayo” me quedó pequeño…

Pero no pude escaparme de César Vallejo… Cuando estudié en Moscú, el sentirme rodeado de miles de estudiantes de diferentes lenguas y naciones, provocó en mi corazón el irrefrenable anhelo de conservar y expresar mi peruanidad. Para colmo me tocó como compañero de cuarto —además de un africano y un ruso— un chileno…

El ruso no dejaba de hablar de su Tolstoi, de su Dostoievsky, y de su Ovstroksy. El africano no hablaba de ningún escritor, sólo preparaba unos guisantes que hasta ahora me pican; y el chileno… ya se imaginan: Neruda y Gabriela Mistral, además de todos sus novelistas revolucionarios, machacaban mi cabeza con esa falsa humildad con que los chilenos suelen disfrazarse cuando están entre nosotros.

Una tarde de esas, en que con mis amigos salíamos a recorrer las calles de Moscú, me topé en una librería con la Obra Completa de César Vallejo, la que compré sin pensarlo dos veces. De allí en adelante, la Obra Completa, se convirtió en mi libro de cabecera. El ruso no me entendía nada cuando le explicaba:

YO SOY EL coraquenque ciegoque mira por la lente de una llaga,y que atado está al Globo,como a un huaco estupendo que girara…

Chasquido de moscón que muerea mitad de su vuelo y cae a tierra.¿Qué dice ahora Newton?Pero, naturalmente, vosotros sois hijos.

ME DA MIEDO ese chorro,buen recuerdo, señor fuerte, implacablecruel dulzor. Me da miedo.Esta casa me da entero bien, enterolugar para este no saber dónde estar.

No entremos. Me da miedo este favorde tornar por minutos, por puentes volados.Yo no avanzo, señor dulce,recuerdo valeroso, tristeesqueleto cantor.

No pocas veces sorprendí al chileno hojeando mi libro de cabecera. Nunca me preguntó nada, y yo tampoco le expliqué nada. Pero en mi corazón se movía un orgullo indomable por ser el connacional de un hombre cuyo pensamiento era tan telúricamente pétreo como los bloques de Machu Picchu…

Después de Vallejo vinieron Lorca, García Márquez, Stephen Zwaige, Herman Hess, Cortázar, Borges, Isabel Allende… y el evangelio de Jesucristo.

Las verdades de Jesús me permitieron acercarme a aquella prístina luz que los hombres —como la Luna— sólo reflejan pálidamente del Sol de Justicia que es Cristo. Y el pensamiento de Vallejo —y su Obra Completa— fueron quedándose más y más en la penumbra de un ayer signado por la orfandad, la autosuficiencia y el antropocentrismo.

Pero no es fácil alejarse de César Vallejo… Estas líneas que escribo son el fruto de la paciencia y tenacidad de mi amiga, la escritora y docente universitaria, Mara García. Ella sabe los encuentros y desencuentros que he tenido con el vate universal a lo largo de mi vida. Una vez se los confesé y estoy seguro que ella los procesará en el contexto de su vasta experiencia intelectual y espiritual.

Pero de César Vallejo —ahora que he vuelto a repasar su Obra Completa— nadie podrá decir que fue un hombre que escribió pensando en el premio Nóbel (y no porque no existía en su época) o que escribió esforzándose para llegar a ser un entretenimiento más de la gente.

No. Allí está su obra que nos la ha dejado no como un legado literario sino como una escultura palpitante y trascendente de su mente para todas las generaciones. He allí su Obra Completa como una tomografía viviente de la fisiología de su cerebro atormentado y agonizante. Porque en Vallejo, al revés de lo que se nos revela en Juan 1:14, el hombre se hace verso y habita entre nosotros lleno de dolor y esperanza…

A la mesa de un buen amigo he almorzado
con su padre recién llegado del mundo,
con sus canas tías que hablanen tordillo retinte de porcelana,
bisbiseando por todos sus viudos alvéolos;
y con cubiertos francos de alegres tiroriros,
porque estánse en su casa.
Así, ¡qué gracia!
Y me han dolido los cuchillosde esta mesa en todo el paladar.

Quizás la máxima oportunidad que un hombre pueda tener para acceder a los lóbulos de junco y capulí de Vallejo, sea ser liberado —como lo hizo misericordiosamente conmigo mi profesor en la adolescencia— del deber de entender su obra para ejercer el derecho de llegar a ser un hombre capaz de vivir, amar y escribir en libertad:

“…que 1/3 de luz es equivalente a un tiempo y medio tiempo de mar,
que tus cabellos son como agujeros negros desperdigados por el universo a la espera de un beso curvado por la distancia,
... y que el amor es incapaz de sobreponerse al tiempo, ciego ayo de la muerte… de esa muerte tan querida como el café y los castaños frondosos de París”


Este artículo ha sido publicado en la Edición Especial del "Heraldo Vallejiano" del Instituto de Estudios Vallejianos de la Brigham Young University, Utah, USA.

¡BEBAMOS DE LA FUENTE DEL CONOCIMIENTO!


Por Mara L. García, Ph.D
Brigham Young University

Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano. (Isaac Newton)

La búsqueda del conocimiento es una de las inquietudes más apremiantes del ser humano desde su origen. Abrevar de la fuente del saber no es una utopía sino una realidad necesaria que complementa nuestras vidas, de ahí, la gran preocupación de los padres por legar a sus hijos una educación sólida, una cultura universal, el desarrollo de sus habilidades y por supuesto, una profesión. La trascendencia no radica en la carrera u oficio que se elija, lo importante es tener la convicción que mientras bebamos de la fuente del conocimiento seremos individuos autónomos con aspiraciones propias. Cada persona es dueña de su entendimiento y lograrlo, demanda de mucho denuedo.

La fórmula del éxito la conocemos y la tenemos en nuestro poder. Como seres racionales, pensantes e inteligentes entendemos que estamos viviendo en un mundo globalizado donde las oportunidades y la satisfacción de una vida plena, se encuentran al alcance de quienes utilizamos dicha pauta. La educación y la preparación de nuestros hijos es importante pero no se limita a ellos únicamente, también nos concierne a los adultos como una responsabilidad, necesidad y compromiso con uno mismo.

Estamos viviendo en un siglo con grandes retos que nos exige actuar y sobresalir sin importar la edad ni la diferencia de sexo. No sacrifiquemos nuestro intelecto por un auto último modelo. No descuidemos nuestra educación y oportunidades de aprender por cosas superfluas y efímeras. Después las obtendremos. La excelsa Sor Juana Inés de la Cruz se cortaba su pelo cuando no cumplía sus metas de aprendizaje: “No me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias”. Cortemos de tajo los momentos de inactividad y aprovechemos nuestro tiempo en la lectura de buenos libros, visitas a las bibliotecas, museos, eventos culturales, espectáculos de arte, que tanto nos enriquecen. Que la Universidad no se convierta en un imposible sino en un compromiso de vida. Nunca es tarde para el aprendizaje. Empecemos visitando los recintos universitarios y los centros del saber para posteriormente formar parte de ellos.

Quienes somos profesionales en nuestros países, debemos luchar por convalidar nuestras carreras en los EEUU. Si no sabemos leer bien, empecemos por el abecedario. Si el idioma es una traba, comencemos a saltar esas barreras. Si nuestra profesión u oficio están incompletos, terminémoslos. La fuente del conocimiento es inagotable y sus aguas siguen vertiendo para los que tienen sed de aprendizaje y deseo de superarse. Dejemos las excusas o pretextos y hagamos un cambio en nuestras vidas. La sabiduría humana es infinita y es el regalo que Dios nos brinda a los seres humanos.

Las escuelas y las universidades, como fuente de conocimiento, nos ofrecen la mayor satisfacción que como individuos podamos tener. Una mejor preparación nos permite aprovechar las oportunidades que apuntan a una vida a plenitud; sin embargo, lo más gratificante es alimentar nuestra mente y espíritu con el conocimiento que perdura para siempre. El maestro Andrés Bello se preocupó por la educación de la juventud cuando las nuevas repúblicas americanas estaban surgiendo. Todos somos como esos jóvenes que el maestro Bello, alentaba al progreso e incitaba a conquistar la independencia del pensamiento.

Lograr una educación requiere sacrificio y renunciamiento temporal. Muchas veces se torna difícil, más no imposible. Seamos astros centellantes, aportemos nuestro legado a este país que nos ha acogido y no dejemos para mañana la decisión de educarnos.Niños, jóvenes, adultos, mujeres y hombres siempre estaremos a tiempo para lograr nuestros objetivos. Acerquémonos a la fuente del conocimiento y bebamos en sus frescas aguas. Como decía Bias de Priene, uno de los siete sabios de Grecia: “El saber es la única propiedad que no puede perderse”.

BASES DE UN VERDADERO LIDERAZGO



Por Freddy Ortiz Regis

Abogado





“Ser nosotros mismos nos causa ser exilados por muchos otros. Sin embargo, cumplir con lo que otros quieren nos causa exilarnos de nosotros mismos”. Clarissa Pinkola Estés

El líder más grande que la historia de la humanidad ha conocido ha sido sin duda alguna Cristo. Su liderazgo ha sido tan trascendente que la historia ha quedado dividida en “antes de Él” y “después de Él”. ¿Qué hizo Jesús para que su liderazgo sea tan eficiente? ¿Qué métodos empleó?

Estas y muchas preguntas más son las que nos hacemos quienes tenemos algún compromiso con el liderazgo en medio de un mundo donde cada día se abren más las puertas para que las personas asuman sus identidades, sus virtudes y defectos, sus ventajas y debilidades.

Quienes vemos en Cristo un líder indiscutible —independientemente de nuestro credo— no podemos menos que asumir la hermosa tarea de investigar sus métodos más poderosos. No cabe duda que Jesús tenía un grupo al que Él denominó seguidores (el término apóstoles es que los estudiosos de los Evangelios dieron a los seguidores de Jesús). Sobre este grupo de seguidores Jesús dijo que ellos eran “la luz del mundo” (Mateo 5:14). También les dijo que eran “la sal de la tierra”. Les pidió que no juzguen a los demás para que no sean juzgados (Mateo 7:1). Les exhortó a que no pongan la mano en el arado y sigan mirando hacia atrás (Lucas 9:62). Les pidió que nunca pierdan la fe (Mateo 8:26). Los eligió de entre aquellos que el mundo concebía como malos o mediocres (Mateo 9:9). Les dio autoridad (Mateo 10:1). Les recomendó ser tolerantes con quienes no concuerden con ellos (Mateo 10:14), y a ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Mateo 10:16). Les mostró sin rodeos lo débiles que eran (Lucas 22:31-34). Les reveló que el verdadero líder no es alguien que se aprovecha de los demás sino que es alguien que sirve al grupo (Lucas 22:27). Y lo más importante: los llamó amigos (Juan 15:15).

Sobre la base de estas reflexiones nos planteamos la siguiente interrogante: ¿Pueden ser útiles los métodos de liderazgo de Cristo para las exigencias del mundo moderno?

No cabe duda que la respuesta es positiva. Pues a través de la metodología de Cristo podemos comprender cómo este grupo de personas sencillas, humildes, con defectos de carácter tan marcados, y que nosotros conocemos como los apóstoles de Jesús, realizaron una labor tan grandiosa que la humanidad tuvo que ceder ante sus enseñanzas, ejemplo y testimonio. Ellos habían tenido un líder de verdad. Alguien que trabajó en sus mentes y en sus corazones de una manera personalizada ayudándolos a conocerse a sí mismos y a descubrir el tremendo potencial que una vida transformada puede hacer en favor de los demás. Fue un líder incapaz de sobreponerse a ellos sino que sentó las condiciones para que ellos se acerquen a Él con confianza, anhelo de conocimiento y, sobre todo, con amor.

Como corolario de estas reflexiones en torno al Líder frente a los participantes del grupo en el contexto del liderazgo cristiano podemos decir dos cosas muy sencillas:

La primera, es que los métodos de Jesús en su liderazgo con un grupo al que El llamó seguidores sí tienen vigencia en el mundo moderno de hoy. En un mundo caracterizado por el anhelo irrefrenable de escalar posiciones a toda costa, de alcanzar la máxima eficiencia, la excelencia total, en una sociedad cada día más anónima, en donde las relaciones familiares y amicales se han enfriado por la falta de tiempo y el desarrollo de tecnologías que nos mantienen absortos en un mundo virtual, las enseñanzas de Cristo Jesús caen como la lluvia sobre un mundo sediento de métodos humanizados, de procedimientos fundamentados en la confianza, el cariño y la tolerancia hacia los demás.

La segunda, es que el líder puede llegar a ser capaz de desarrollar en su grupo un sistema de comunicación que tenga como ejes principales: el desarrollo y crecimiento de la autoestima de sus integrantes; la tolerancia para saber aceptar los errores de los demás y corregirlos en un marco de ayuda mutua; el deseo de superación y capacidad para dejar atrás aquello que estorba o entorpece el crecimiento de las personas individualmente y como grupo; y la fe para creer en sí mismos y en lo pueden llegar a hacer.

Finalmente, nuestra mayor recomendación es profundizar en la vida y enseñanzas de Jesús como métodos genuinos de liderazgo y crecimiento personal.